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Full text of "Antonio Grompone 1932 Filosofia De Las Revoluciones Sociales"

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Biblioteca de Publicaciooes Oficiales de la Facultad de 
Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Montevideo 


ANTONIO M. GROMPONE 

Catedrático de Filosofía del Derecho 


FILOSOFIA 

DELAS 

REVOLUCIONES 

SOCIALES 


MONTEVIDEcf 
* 1932 




Biblioteca de Publicaciones Oficiales de la Facultad de 
Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Montevideo 


SECCION IH 
IV 


ANTONIO M. GROMPONE 

Catedrático de Filosofía del Derecho 

FILOSOFIA DE LAS 
REVOLÜCIONES SOCIALES 


1932 

Peña Hnos. — Imp. 
Montevideo 




Un libro o un pensamiento valen para el 
autor, por la vida desarrollada mientras fue- 
ron concebidos. Después, ni tiene la no- 
ción de lo que ellos pueden representar in- 
trínsecamente, ni de la importancia que 
alcanzarán frente a los otros espíritus. Quien 
analice demasiado con la preocupación de lo 
que otros encontrarán en lo pensado, segura- 
mente no llegará a terminar la obra, y si 
la termina, no la publicará. 

Es necesario eliminar esa pesadilla del 
libro que vive nuestra vida, aunque sea en 
pensayniento, y que fué un momento de nues- 
tra emoción más honda, aunque no se trans- 
parente eso para todos. 

Siempre existirá alguien que pueda consi- 
derarse como él animador, como la fuerza que 
lio impulsado a la acción cuando no sea el 
espíritu acogedor y benévolo. A él, pues, se 
consagran estás páginas, y él percibirá, qui- 
zás, todo lo que vibra la vida detrás de las 
palabras. 




Introducción 


1. Las revoluciones sociales. 

2 . Organización y concepciones individuales. 

3. La mentalidad social. 

4. El reinado de la justicia. 




Al estudiar los antecedentes filosóficos del socialismo, se 
Ijresenta de inmediato como problema, no las relaciones de 
esa corriente con un determinado sistema filosófico, sino con 
el estado de espíritu de toda la época. Ese estado de espíritu 
se manifiesta en la vida social misma, en las instituciones de 
cualquier naturaleza que ellas sean, aún en aquellas más com- 
batidas por la nueva ideología, en las diversas corrientes de acti- 
vidad social que guardan entre sí una armonía desconcertante 
para quien solamente contempla las formas aparentes, de las 
cuales el pensamiento humano es una de las más fáciles de ana- 
lizar. 

El socialismo implica, aparentemente, una revolución social 
vale decir una sustitución de valores e instituciones sociales, 
una organización nueva que reemplaza a la existente. No 
puede, pues, asentarse sino en un pensamiento que no continúe 
la línea interna con el pasado, y en una organización social 
que no tenga su homología en alguna otra anterior. Es eso lo 
que diferencia a una revolución social de un simple cambio 
de hombres o de una convulsión sin influencia en el orden de 
las sociedades, y es ésa también la ilusión de todas las revolu- 
ciones sociales, y el extraordinario empuje de sus autores surge 
de la convicción que se rompe con el pasado y nace un período 
con elementos que nunca se habían presentado en el mundo. 
El único valor del pasado es servir de punto de apoyo para dar 
el salto. 

i Cómo pueden estudiarse las ideologías y las acciones re- 
volucionarias para tener una noción exacta del valor que repre- 
sentan en el período histórico a que pertenecen 4 

Al analizar un período histórico, se le estudia en toda su tra- 
yectoria y se le contempla fuera del movimiento: cuando se 



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ANTONIO M. GKOMPONE 


vive la historia, las pequeñas preocupaciones o conveniencias 
de cada uno hacen destacar lo que interesa individualmente 
y se pierde la noción de lo real. Mas para hacer aparecer la 
perspectiva es imprescindible tomar la altura necesaria colo- 
cando el movimiento como una actividad social que no puede 
ser forzosamente una excepción en la vida humana. 

Nosotros vivimos demasiado con la idea de que nuestra éjjo- 
ca es excepcional: midiéndola con otras aparece como todas y 
sólo tiene sus características propias dentro de una orientación 
que viene de atrás. 

La historia, tomada objetivamente y como una reconstruc- 
ción de vida desaparecida, como documentación prolija y ex- 
traordinario acopio de informaciones, es solamente una ilusión 
de los historiadores, quienes no dejan de utilizarla o presentarla 
como una demostración de sus convicciones. Estas figuran en 
último plano, si se quiere, aparecen más o menos emboza- 
damente, como esos directores de escena que detrás de un de- 
corado asoman la cabeza para dirigir el movimiento de la obra. 

Hay un modo de disminuir ese mal de las historias aparente- 
mente imparciales, y es traerlas a nuestra época para que nos 
den la noción de lo nuestro a modo de una perspectiva espiri- 
tual. Los hombres no han creado un abismo entre el pasado y 
el presente, y por tanto, si hay una historia verdadera, es la 
que creamos comparándola con nuestra época y si hay una visión 
de futuro posible, es la que nos hace ver con esa analogía al- 
gunas de las corrientes que pueden venir. 

Por eso se me apareció de inmediato la pregunta: el socialis- 
mo ¿ qué puede representar en nuestra época ? Y mientras 
muchos esperan confiados sus soluciones que traerán la paz y la 
justicia definitivas entre los hombres, es cuestión de preguntar- 
se si todo eso da una base para la esperanza. 

Es, pues, necesario compararlo con períodos análogos de otras 
épocas. Eliminando cada vez más los elementos particulares, 
aparecen las analogías con las revoluciones sociales que han 
convulsionado a otras épocas: el mismo ataque a un régimen 
que se considera injusto por la existencia de pavilegiados; el 
mismo deseo de un bienestar o de una felicidad que se espera 



FILOSOFIA 1>E LAS REVOLLOIONF.S SOCIALES 


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de la justicia; la misma necesidad de transformar radicalmente 
lo que se considera la base de la organización actual. 

La diferencia primera está en el elemento combatido y en 
las soluciones esperadas. Esas aspiraciones y movimientos co- 
lectivos se van produciendo no bruscamente, ni en un día, ni 
en una hora determinadas, sino en períodos que pueden durar 
cientos de años. Aparecen entonces dos cosas tangibles: la 
base de injusticia del régimen presente; la base de justicia del 
régimen futuro. Esa es la razón por la cual el pensamiento 
humano desempeña un papel preponderante, puesto que no 
solo ha de hacer la crítica de lo actual sino que construirá la 
ideología que ha de venir. 

El pensamiento humano, aún el más revolucionario e indivi- 
dualista que pueda presentarse, no trabaja aislado: los elemen- 
tos sociales van formándolo o deformándolo y toda la origina- 
lidad individual es solamente una lucha contra esa influencia 

)í- 

de las formas impuestas. Las soluciones van presentándose 
dentro de formas establecidas, a pesar de todas las audacias 
y de toda la tarea demoledora. Los que se aíslan, los que 
consiguen tener su lenguaje y su pensamiento propio, los que 
podrían expresar algo que fuera esencialmente distinto de la 
mentalidad corriente, van quedando al margen como incom- 
prendidos o ineficaces. Si no ocurre eso, quedarán talvez, 
como esas cimas que sólo pueden ver los ojos de los pro- 
fesores universitarios, un Kant, por ejemplo, quien da materia 
para toda la preocupación de hombres que viven alejados del 
ruido de las calles y las plazas, sin seguir el movimiento del 
presente. 

Todas las soluciones pensadas así, aisladamente, van cayendo 
en el vacío mientras no despierten un eco en los otros espíritus 
Y solamente pueden despertar un eco en la colectividad quienes 
estén en armonía con sus preocupaciones. 

Tanto la crítica como la esperanza han tomado por eso como 
elementos determinantes, organizaciones religiosas, políticas o 
económicas. La concepción humana necesita apoyarse en 
algo tangible para atacar o construir, para pensar, en una pa- 
labra, como necesita también de una imagen esquemática para 
apoyar su pensamiento abstracto, y aún los místicos embria- 



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gados en sus éxtasis, sólo pueden llegar a él a través de elemen- 
tos sensoriales y emotivos, y hasta su amor divino necesita de 
imágenes de amor humano para encontrar la expresión elevada. 

Por otra parte, no se debe suponer que en un momento dado 
toda la corriente social se orienta en un sentido. La vida social 
se va manifestando en una complejidad de la que nada podría- 
mos pensar, si no se anularan muchas manifestaciones para 
destacarse las posiciones opuestas. 

El pensamiento humano, para existir, requiere algo que deba 
eliminar. Y es lo más cómico que la majestad del pensamiento 
sólo tenga valor para la lucha. Tomad un diálogo de Platón: 
Sócrates debe tener siempre un contradictor o una idea contra- 
dictoria para efectuar el duelo que es todo el diálogo platónico. 
Sin Eutifron, sin Gorgias, sin Alcibíades, el pensamiento platóni- 
co no tendría razón de ser, y aun mismo cuando solo expone pun- 
tos de vista sin diálogos, hay siempre algo que debe corregirse, 
amTiliarse o eliminarse. Eso es, por lo demás, el símbolo de toda 
la actividad humana, espiritual o de otra índole. Dos hom- 
bres, espalda contra espalda, se apoyan mutuamente, pero 
para sostenerse deben hacer el esfuerzo como si uno quisiera 
eliminar al otro; suprimid a uno de ellos y el compañero se viene 
abajo. 

Por eso existe lo contradictorio aparente en cada período 
histórico de cualquier naturaleza que sea, y, por eso también, 
lá renovación social es una acción contra algo. 

Fuera del movimiento aparente que es una transformación 
brusca, las revoluciones sociales son la continuación de una 
época anterior, y se vinculan también al pasado. 

2. — Tanto en la revolución social como en las formaciones 
SfKÚales que la precedieron, predominan las mismas caracte- 
rísticas. 

?ío es una cuestión de lucha de clases sociales que tengan 
diferencias que defender; de un lado los nobles y del otro los 
l>lebeyos, por aquí los burgueses, y por allí los proletarios. El 
noble tuvo en sus siervos también sus defensores y el siervo 
pudo tener nobles que creyeran en su justicia. Es un doblé 
sentido de la vida que se va determinando por influencia de 
energías contradictorias. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


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La vida social se transforma por ese juego de actividades 
opuestas: los revolucionarios que tienden a transformar lo exis- 
tente, a romper la organización, a destruir las instituciones del pa- 
sado, porque ven en ellas la fuente de las desigualdades o de 
las injusticias; y los conservadores que defienden la organiza- 
ción y las instituciones porque tienen con ellas la seguridad y 
la calma. Esa lucha es el juego normal de la vida social que 
se exacerba y estalla en los momentos de crisis. 

Cuando los descontentos han adquirido la posibilidad de 
éxito llega el derrumbe de la organización y parece que todo 
naufraga definitivamente en una destrucción de privilegios y 
de derechos. Esto da también aparentemente la impresión de 
haberse aniquilado para siempre las desigualdades y la orga- 
nización nj fundamentada en el espíritu de justicia triunfante. 

Eesulta suficiente un momento de calma en las agitaciones 
de una sociedad para que lentamente se vaya creando la or- 
ganización que significa la seguridad o la esperanza de que se 
consolidará el estado en que se vive, de que eso mismo podrá 
trasmitirse, de que lo actual va formando trabajosamente el 
porvenir y los hombres defienden lo existente organizado, 
como una posibilidad de prever el porvenir. Porque se teme 
siempre lo inesperado. La incertidumbre, la angustia y el des- 
asosiego que ponen en ejercicio todas nuestras actividades, 
desgastan también nuestras energías, y, al final, se espera y 
se desea la tranquilidad y la confianza. Vida miserable o vida 
fastuosa, pero se quiere poder contar con el mínimun que se 
tiene ahora. La organización es, así, el resultado fatal de ese 
complot de todos los hombres para conquistar la seguridad, y 
las instituciones sociales se van creando con vistas a esa esta- 
bilización. ¿ Qué tiene de extraño, pues, que hayan surgido de 
acuerdo eon lo que la mentalidad de cada época requiere y 
que en el mismo momento en que hace crisis una revolución 
se prejiare la organización que ha de anular su obra ^ 

El hombre que defiende la propiedad como un derecho sa- 
grado e inviolable, es el hermano de aquel otro que mantenía 
la reverencia a lo religioso por necesidades sociales. En un mis- 
mo plano se van colocando el defensor del derecho divino de los 
reyes y el del valor de la política de partidos. El prestigio de 



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ANTONIO M. GROMPONE 


las instituciones no se aprecia por la eficacia de las mismas, 
sino por la convicción que provocan de que deben existir. 
El que defiende la monarquía ¿ es acaso partidario del rey 
raquítico, del rey jugador, del borracho asentado en su trono ? 
Existe el respeto por la institución en sí, por algo que tiene 
prestigio porque despierta el sentimiento de seguridad, de 
orden, de tranquilidad o de propia conveniencia. 

La organización se ha creado con un fin dado: no ha sido 
sólo un medio para obtener seguridad, bienestar para el hombre; 
pero la institución que la crea va adquiriendo valor por sí mis- 
ma y se la considera, ya, como un fin en sí, prescindiendo del 
objeto que la creó y de los resultados que se consiguen con ella. 
De este modo va pesando sobre las conciencias sin que responda 
a ellas. El derecho es así: su fín es obtener la realización de 
un principio de justicia, pero si ese derecho se convierte en una 
fórmula tirana, cuya aplicación e interpretación se hace con 
prescindencia de la justicia, el derecho ha perdido ya su única 
función y pertenece sólo al dominio de una técnica apartada 
de la vida social. 

Se olvida a menudo la distinción fundamental entre la posi- 
ción oficial, diremos, del hombre y su estado de espíritu dentro 
de una organización. Este hombre hace muchas veces la de- 
fensa de esas instituciones, ya como una hipócrita defensa de 
sí mismo, o como un medio de alcanzar ventajas y así, siendo 
en espíritu enemigo de su ética, defiende y ensalza la religión, 
la democracia, la justicia, exteriorizadas por las instituciones 
existentes. Las instituciones sociales no tienen, pues, valor 
en sí mismas sino simplemente un valor simbólico. Debajo 
de ese símbolo está la realidad social con todas sus miserias: 
la justicia cubriendo desigualdades, el desinterés político para 
ocultar apetitos, el humanismo presentado como amor puro 
de la inteligencia y sostenido por los que no son capaces de 
pensar libremente. 

Es claro que ese valor simbólico, diríamos, tiene las mismas 
características que lo que viene de afuera hacia adentro del in- 
dividuo, es decir, que éste podrá utilizar pero solamente adap- 
tándose a ello, y deformando su individualidad en ese ajuste, 
como ocurre con toda influencia de lo social. Es como el len- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


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guaje que nos obliga a acomodar nuestros estados de concien- 
cia, absolutamente personales y únicos, a moldes ya hechos 
para que los demás nos comprendan, o como la lógica que hace 
de nuestra conciencia con movimiento continuado como torrente, 
al decir de William James, un esquema que sirve para despertar 
convicciones externas. Por eso mismo, el prestigio y el valor 
de las instituciones sociales dependen de la mentalidad del me- 
dio donde se van manteniendo. Tiene que existir una masa 
que crea en ellas, que confíe en ellas o que suponga que ellas 
tienen valor y fuerza para mantenerse. Es que, en el fondo, aún 
dudando de su justicia, todos tiemblan por su desaparición, 
pero cuando caen se produce una sensación de alivio, pue , en 
realidad, no se ha producido ninguna catástrofe. 

El hombre que iba a profanar al ídolo, se aproximó con temor 
aunque aparentemente le dominara la audacia. En el momento 
mismo de derribarlo hubo en él una angustia terrible por lo 
que podía ocurrir, pero, después, una vez el ídolo en el suelo, 
todo su miedo se transformó en exaltación inconoclasta y fué 
poca su energía para hacer estallar su furia. El temor había 
desaparecido y el desastre no se produjo. 

Cada vez que una institución social se transforma, existe 
por una parte el impulso de quienes desean la transformación 
y que violentamente, apasionadamente, van imponiendo la 
necesidad de la reforma, y por la otra los conservadores que 
pasivamente al principio, apelando luego a tesis de defensa, a 
justificativos de grandes principios, combaten esa reforma, 
vislumbran la catástrofe, tiemblan por los cimientos de esa cons- 
trucción a cuya sombra viven confiados o en la que se han 
incrustado de tal modo que llegan a creerse imprescindibles para 
su sostén y no quieren desaparecer con el armatoste. ¿No hemos 
visto, acaso, defender así los sagrados principios de la familia 
ante el temor del divorcio, o los inmortales cimientos del patrio- 
tismo ante una acción anti-tradicionalista, anti- guerrera, anti- 
militarista ? ¿No se invocan las necesidades de la democracia 
en el reparto de puestos entre los políticos ? 

Vista de lejos parece que una lucha como la de patricios y 
plebeyos tuviera en los últimos una cabeza que hubiera ido 
dirigiendo conquista a conquista; todo fué sin embargo el 



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ANTONIO M. GKOMPONE 


resultado de dos inconsciencias: la de los qne pedían y amena- 
zaban y la de los que iban haciendo concesiones como medio de 
conservar algo momentáneamente, No es ésta, acaso, la obra 
de todas las transformaciones políticas qne ha originado la 
democracia actual ? 

El miedo inspira a los de arriba concesiones que servirán, 
suponen ellos, para mantener la situacáón política; pero el miedo 
es terrible consejero y el cálculo de los hombres sale casi siem- 
pre errado. 

3. — En las revoluciones sociales influye así un factor de- 
rivado de la mentalidad y que depende de la forma del pensa- 
miento de la época. Veremos cómo coinciden revoluciones 
económicas con períodos de crisis de ideas religiosas y políticas 
y con una concepción materialista o mecanicista de la vida. 
Lo económico es solamente un modo de pensar, como lo es tam- 
bién lo religioso o lo político. En ello sólo hay un esquema que 
nuestro pensamiento va construyendo para ir aprisionando la 
realidad, y es preciso confesar que la humanidad va aprisio- 
nando mucho y va dominando mucho en esa larga investiga- 
ción que es el tanteo y la creación de instituciones. Nuestro 
pensamiento mismo tiene sus necesidades aunque no tan im- 
portantes como se las ha soñado. La transformación de la 
manera de pensar y de orientar el criterio de la vida, la transfor- 
mación de las formas colectivas de la mentalidad de una época, 
tienen una influencia decisiva en la producción de esas convulsio- 
nes sociales. 

Sin transformación del modo de pensar no hay, pues, revo- 
lución, y eso es lo que las ha caracterizado a todas. 

Y aquí aparece un elemento poco considerado en todo esto: 
el individuo. Toda la sociedad existe por el individuo y es su 
mentalidad la que hace posible la existencia de determinadas 
formas de organización. El individualismo clásico lo oponía 
a lo social y el criterio de grupo luchaba con la concepción del 
elemento aislado. De lo que se dice antes aparece claro que ni 
uno ni otro son elementos aislados. 

En el individuo se reproduce todo lo social y lo social resulta 
de la acción del individuo. Este no puede concebirse tal como es 
sin la agrupación y esta última es una abstracción si se pretende 



FlLOi^OFIA PE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


JÓ 


imaginarla independiente del individuo: quedan sólo formas 
de pensar o reglamentaciones frías. Pero si el individuo no 
puede existir sin lo social, él reacciona frente a las influencias 
exteriores y en él se producen la renovación y la libertad. No 
puede ni debe imaginarse esto como la acción deliberada de los 
individuos: basta que sea lo que caracterice una individualidad, 
es decir que tenga su modo de ser propio aunque no haya sido 
el resultado de un pensamiento. El león no ha pensado primero 
y luego ha querido ser león; lo fué y se mantiene. El indió iduo 
que reacciona frente a las instituciones establecidas no procede 
de otro modo. 

Y por el individuo se insinúa el elemento de renovación, 
desde que, frente a criterios generalmente aceptados, por esa 
conformidad que hemos indicado antes, al presentar él su duda 
o su negación va preparando la crítica. Y en él se origina en- 
tonces el primer aspecto de lo esperado al indicar, frente a lo 
existente, lo que él espera o lo que sería necesario a su acción. 
La primera forma de toda revolución es, por eso, una aspira- 
ción a la libertad. La organización ahoga otras formas de ac- 
tividades individuales por lo cual la organización aparece como 
enemiga de la libertad, y es la libertad, ya sea ésta, religiosa, 
política, o económica, la que puede servir de medio para la ex- 
pansión del individuo. Cuando el individuo se detiene allí, 
surgen esas tentativas, tan extraordinarias a veces, de rebel- 
días, que sólo piensan eliminar el obstáculo, suprimir coacciones, 
sin llegar a obtener grandes cosas: ya sea la revolución de Cati- 
lina, la aspiración de perfección individual de Savonarola o el 
anarquismo de Stirner o Kropotkine, y es ése el primer estado 
de espíritu de toda iniciación de corriente revolucionaria. 
Luego, dentro mismo de la corriente nueva, se va pensando en 
la organización futura que es estabilidad y garantía, y aparece 
entonces la fórmula de justicia que ha de sustituir al estado 
actual. 

Hay, pues, en la acción social ese doble juego de tendencias 
que van produciendo toda la vida colectiva y, por influencia, 
determinando la vida individual, la organización y acción 
individual. El predominio de esto último hace surgir la nece- 



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ANTONIO M. GKOMPONE 


sidad de la revolución, el triunfo de la otra mantiene im ré- 
gimen dado. 

El adolescente que recién se presenta frente a problemas de 
grupo tiene siempre una tendencia de rebeldía, análoga al espí- 
ritu revolucionario. La primera impresión que se siente al tener 
que acatar instituciones sociales es la falta de lógica de las mis- 
mas. ¿Por qué, pues, acatarlas si son absurdas ? Es por eso 
que se reclutan siempre los grandes rebeldes entre los adoles- 
centes. Luego la vida va limándoles los ángulos y quitándoles 
la individualidad. 

4. — Pero sobre el elemento individual sólo actúan fórmulas 
que responden a estados de espíritu individuales. Cuando se 
encuentra el sistema que coincide con el estado de espíritu de 
muchos, van apareciendo esas corrientes revolucionarias, las 
que se organizan como formas colectivas y cuyas caracterís- 
ticas estudiaremos en esta obra. 

Para eso los hombres necesitan una imagen de lo esperado 
que responda a sus aspiraciones íntimas. En San Agustín, esa 
fórmula es la Ciudad de Dios que debe ser tomada como modelo 
para que la ciudad de los hombres pueda ir aproximándose a ella. 
En Santo Tomás de Aquino, la ley natural, que debe ser buscada 
por los hombres es la manera como ellos pueden participar de 
la ley eterna de Dios, y ¿ qué otra cosa sino lo perfecto, pero ya 
dentro de lo humano, es el criterio del derecho como absoluta 
garantía para los hombres, la garantía de libertad concebida 
como fin casi místico de la actividad social, que fué el ideal 
político de los partidos del siglo pasado í Kant dió racional- 
nalmente esa fórmula que parece sustituir un criterio religioso: 
la libertad concebida como la garantía de las libertades indivi- 
duales en una república de fines libres. 

Las utopías socialistas primitivas sustituían esa ciudad de 
Dios, de paz y felicidad, o esa organización política ideal, por 
la ciudad de felicidad en la cual los bienes eran de todos: son 
la dichosa edad y tiempos dichosos del Quijote, apareciendo 
bajo el aspecto de una forma práctica. 

Pretendieron escapar a esta confianza en la imagen de una 
ciudad ideal, las corrientes llamadas de socialismo científico, 
porque ellas hacían la crítica del régimen existente basadas en 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


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investigaciones de los hechos reales, j porque aplicaban a la 
economía política el procedimiento de las ciencias físico- na- 
turales, es decir, la ley natural independiente de toda voluntad 
individual, existiendo con una característica de necesidad ab- 
soluta. 

Escaparon realmente, en el hecho de que presentaron la fór- 
mula como derivada de la crítica, pero sutilmente y a pesar de 
todo, esa esperanza de la sociedad futura aparece una vez li- 
quidada la lucha de clases, sin desigualdades económicas, ter- 
minados para siempre los privilegios y en absoluto resuelto 
todo problema de lucha social. 

Disimulada entre las discusiones de problemas económicos y 
de concentración de capitales, aparece siempre la ciudad ideal 
y el utopista que sueña, porque solamente interesan los sueños 
y porque solamente adormece la angustia de las horas que se 
viven, la ilusión de que se está al término de la vida miserable, 
doliente y sin tranquilidad. He aquí como Carlos Marx marcha 
a veces, del brazo con San Agustín y cómo, a pesar de sus des- 
precios, el utopista tiene que aparecer siempre para mantener 
el ansia de lo que ha de venir. 

Por eso son también ineficaces las críticas hechas desde de 
lo alto de la cátedra. Las fallas lógicas importan poco a los que 
esperan. El movimiento no se produce por el raciocinio frío: 
es una mezcla de todas las influencias que se presentaron antes 
en síntesis. 

Y tan ineficaces como las críticas lógicas son también las 
morales que se construyen pensando en que han de imponerse 
a toda la sociedad. Lo único que queda es el esfuerzo de cada 
individuo que por impulso personal las adopta y frente a ello 
va pesando lo social. 

La ética, pues, es solamente eficaz desde ese punto de vista 
individual y es también la finalidad individual la que debe orien- 
tar toda formación de hombres, especialmente desde el punto 
de vista educacional. 

Fuera de esta influencia en individuos, todo el resto es inde- 
pendiente de la voluntad organizadora de los hombres. En 
4 La Guerra y la Paz » de Tolstoy el resultado de cada acción 
individual jiroduce en la batalla éfectos que no fueron ni pensa- 



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ANTONIO M. GROMPONE 


dos, ni esperados por los hombres (¿ue las realizaron. Ese es 
el símbolo de toda la actividad social y ése es también el resul- 
tado a que se llega cuando se realizan las revoluciones. Se han 
tomado, simplemente, ciertos elementos para determinar la 
acción, i>ero realizada ésta, esos mismos elementos actuarán 
ya frente a otros nuevos. Se piensa ahora como si lo actual se 
mantuviera inconmovible, pero lo actual se transforma y si 
tuviéramos la vida toda en nuestro pensamiento seríamos sus 
creadores. En cambio, ella presenta características que no 
hemos captado totalmente. 

Esa es la experiencia de la historia. Siempre una espera?i- 
za orientadora de esfuerzos, hace confiar en su solución; pero 
realizada ésta se produce el derrumbe de todas las ilu- 
siones y sobre las ruinas de ellas vuelve la agitación 
con otros aspectos, con otros problemas y otras solucio- 
nes. La estabilidad y el equilibrio son solamente formas de 
nuestro espíritu como lo es la lógica y el pensamiento ya cons- 
truido. 

Todo consiste en amontonar, en organizar, en construir, 
sin pensar que, humildemente al principio, pero cada vez más 
poderosa y más eficaz, está trabajando al mismo tiempo un 
elemento disolvente y que confía en otra ilusión, i El socia- 
lismo, aunque alimente las esperanzas, aunque transforme las 
sociedades, tendrá, al final, el mismo destino de toda concep- 
ción de ciudad futura ? 

ÍTo se puede actuar de profeta, pero se deben indicar las posi- 
bilidades. En los fenómenos sociales se destaca una línea general 
que modifican las actitudes individuales y los acontecimientos 
particulares. Sólo tomando períodos considerables de tiempo se 
ve aparecer la uniformidad en los acontecimientos. En las pá- 
ginas que siguen se trata de estudiar el valor de las revoluciones 
sociales en los diversos aspectos como se han presentado en la 
humanidad, independientemente de circunstancias accidentales 
de tiempo, de medio o de hombres. 

La experiencia quita importancia a las reforma*s en hí mismas 
y mantiene como valor efectivo al espíritu que las inspira y que 
a veces llegó a vivificar de tal modo una fórmula que parecería 
contener en esquema todo el secreto de la \ida. Desaparecido 



FILOSOFIA 1>E LAS KEVOLUCIONES SOCIALES 


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el fervor y la apasionada preocupación por realizarla vuelven a 
presentarse los problemas con la misma característica esencial 
aunque el aspecto externo o el modo de pensarlos pueda dife- 
renciarlos. 

Señalar esa experiencia, poner de manifiesto ese conflicto per- 
manente entre la pureza de las concepciones individuales y el 
triunfo aparente de las fórmulas es el objeto de este libro. 




Capítulo I 


1. Tendencias revolucionarias. 

2 . El socialismo. 

3. Convulsiones sociales y religiosas. 

4. Cristianismo. 

5. Budismo. 

6. Las revoluciones egipcias. 

7. El carácter de las revoluciones religiosas. 




1. — En nuestra época se han manifestado distintas tenden- 
cias a producir una revolución social. De todas ellas, la más 
característica es el socialismo, aunque deben destacarse tam- 
bién, como índice de orientación colectiva, principalmente el 
anarquismo y el sindicalismo. Las otras creaciones no tienen, 
como éstas, esa marcada orientación de aspirar a una total 
transformación de lo social y, sobre todo, a organizar la so- 
ciedad futura sobre bases de justicia rígida, aunque humana. 
Y las formas nacionales de revolución social que aparentemente 
no están dentro de esas tendencias, se diferencian solamente 
en lo exterior y en la denominación, pues en cuanto a la esen- 
cia, están estrechamente relacionadas con las indicadas antes. 

De todas ellas nos interesa estudiar, por ahora, el socialismo. 
¿ Es éste un fenómeno exclusivo de nuestra época ? Esta pre- 
gunta puede ser y ha sido interpretada de diversos modos: 
mientras unos se preguntan si el socialismo ha surgido ya en otras 
épocas y, por tanto, si esa tendencia actual es sólo, con otro 
nombre, el resurgimiento de viejas soluciones; otros quieren 
saber si el socialismo está vinculado de tal modo a otros pro- 
blemas, el religioso, por ejemplo, que solamente debe conside- 
rársele como un modo diferente, por lo menos en apariencia, 
de presentar cuestiones establecidas por la ética de una religión 
dada, el cristianismo, por citar alguna. Para nosotros, en 
cambio, la pregunta tiene otro sentido, y significa buscar qué 
hay en el socialismo, tomado no como sistema creado por pen- 
sadores, sino como fenómeno social, que sea característico y 
exclusivo de nuestra época, y qué es lo que en él tiene valor 
para todos los tiempos, es decir, lo que es una disposición per- 
manente del hombre en determinadas condiciones de la vida 
social. 



24 


ANTOKIO M. GKOMPONE 


2. — Es indudable que si se considera la forma concreta 
como se esperan resolver los problemas sociales y si nos atene- 
mos, por tanto, a las características económicas del socialismo 
y su origen inmediato, debe admitirse que es un fenómeno ex- 
clusivo de los siglos XVIII y XIX. 

En efecto: la finalidad principal que busca es una transfor- 
mación social del régimen de producción, para obtener la igual- 
dad entre los hombres y la supresión de las clases. 

Todo esto puede realizarse mediante la socialización de las 
fuentes de producción o por la « sujección de todas las funciones 
económicas o algunas de ellas que están actualmente difundidas, 
a los centros directores y conscientes de la sociedad ». ( i ) 

A través de todas las divergencias y de todas las divisiones 
de la corriente, ocasionadas por razones de táctica, de procedi- 
miento para la acción inmediata, o de personas, que han mo- 
tivado las luchas y separaciones, la socialización de los centros 
de producción es el punto común en el socialismo actual que 
permite indicar la finalidad idéntica en todas las sectas o par- 
tidos. 

Esa finalidad es, en realidad, sólo un medio de obtener un 
mayor bienestar y con esto aproximarse a un ideal de felicidad 
humana suprimiendo las injusticias del regimen económico y 
social. Se trata, por tanto, de realizar una aspiración anterior 
ál fin indicado como meta déla acción socialista, aspiración que 
es la verdadera inspiradora e impulsora del socialismo y sin la 
cual éste habría resultado uno de los tantos sistemas, sin mayor 
transcendencia para la acción, que se consideran necesarios o 
posibles para modificar la organización social. 

Anteriormente a la concepción socialista ha existido un deseo 
de renovación nacido del convencimiento de que la organiza- 
ción actual está cimentada en una irritante desigualdad que sólo 
puede justificarse aceptando el predominio de una clase sobre 
otra, y que las relaciones entre los hombres tienen por base 
una injusticia, origen de todos los males que afligen a la huma- 
nidad. 


( 1 ) Durkheim. Définition du Socialisme — Rev. de Métaph. et Mótale. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


25 


En todas las épocas han existido pobres y ricos; en todos los 
tiempos el proletariado y la clase dominada ha sufrido; en oca- 
siones, el sufrimiento de los hombres fué incomparablemente 
mayor que en la época actual; hoy mismo hay países en los cua- 
les los hombres viven la vida más miserable que puede imagi- 
narse, y no sueñan con cambiar ese estado de cosas. Siempre, 
también, el factor económico ha influenciado la organización; 
sin embargo, sólo en un momento dado aparece, así, extendiéndose 
cada vez más, el ansia de transformación y el anhelo de una 
justicia social. Este es, pues, el elemento común a toda corriente 
revolucionaria: el convencimiento de que la sociedad está fun- 
damentada en bases injustas, y que es posible esperar el adveni- 
miento de la justicia. 

Este convencimiento da origen, en las masas, a un estado 
de espíritu que permite la aceptación y difusión de cualquier 
sistema revolucionario y, por otra parte, las críticas contenidas 
en los sistemas socialistas responden a ese modo de pensar al 
destacar las injusticias, y presentar soluciones concretas para 
obtener la mejor organización social. 

Eesulta, así el socialismo, una aspiración de justicia y de ahí 
que seduzca su fórmula de traer la felicidad a los desheredados 
y a los explotados. Antes que él, la injusticia, la desigualdad, 
el dolor entre los hombres; después de él, la justicia, la igualdad, 
la felicidad: tal es la ingenua comprensión de las masas. Lo 
fundamental es, jiues, esa esperanza en la justicia que ha de 
venir; lo demás son sólo formas de cómo ha de realizarse, con- 
secuencias de los criterios científicos, económicos, morales, 
religiosos o políticos de los autores. 

3. I Pero es sólo la idea de j asticia lo que mueve a los hombres a 
esperar el triunfo de una revolución y a prepararla con su i)ro- 
pio esfuerzo ? 

Ningún período histórico se caracteriza tanto por las con- 
cepciones y esperanzas en una justicia absoluta, por la creencia 
de que debe venir el reinado del bien y de la felicidad, como la 
Edad Media y principios del Eenacimiento, en Europa. En 
ningún momento tampoco fué mayor la miseria de ciertos 
hombres y el dolor de ciertas clases sociales. Y aún en épocas 
posteriores se leen con profundo asombro aquellas expresiones 



26 


ANTONIO M. GROMPONE 


de La Bruyére sobre ciertos seres que se podían tomar por bes- 
tias, buscando, con la cara contra el suelo, unas hierbas para 
alimentarse y que son hombres medio muertos de miseria. En 
nin^n momento la desigualdad de las clases sociales pudo ser 
mayor, porque existían aquellos que carecían de lo más nece- 
sario mientras los otros tenían todo en sus manos. Las car- 
gas pesan sobre los colonos, la desigualdad existente en todos los 
órdenes caracteriza a una sociedad que no tiene noción alguna 
de cómo ha de conquistarse el bienestar de todos los hombres. 

En la misma iglesia, i no existen al lado de los magnates, los 
pobres frailes mendicantes ? El sufrimiento y la miseria existían, 
pues, ¿ faltaba, acaso, la noción de una justicia o faltaba la 
noción de una vida social de característica comunista 1 

Hubieron, en forma más o menos vaga, actos de protesta 
contra la miseria colectiva; existió el comunismo de hecho en 
los conventos y se tuvo también la noción de justicia, pero la 
revolución social no se produjo. 

Durante toda la Edad Media y principios de la Epoca Moderna 
se espera la catástrofe que terminará con las miserias humanas: 
pero esa catástrofe no será obra de los hombres, sino de Dios. 
Joaquín de Flora, que es de lo más representativo del siglo XII 
espera y predica con un espíritu de misticismo profético, el reino 
de los santos, sugerido por el Apocalipsis, donde los pobres, los 
humildes, los desesperados irán a sentarse al banquete diAÚno. 
Pero todo ello sólo vendrá con el reinado del bien en la tierra. 
La justicia será una consecuencia de la perfección moral, del 
triunfo del evangelio del espíritu, vale decir, del evangelio del 
amor. La lección es, pues, una acción de perfeccionamiento 
individual, una acción espiritual que traerá consigo el triunfó 
de la justicia y del bien. Tres siglos después, será también otro 
monje, Jerónimo Savonarola quien no sólo predicará la reforma 
social, sino que llevará a la realidad sus ideas provocando una 
verdadera revolución, también con esa característica de per- 
fección moral, de acción individual. 

Pero junto a una renovación espiritual hay siempre una 
crítica social, y si no, recordemos a los que atacan al papado, 
a los comunistas heréticos, o a los que esperan la catástrofe del 
milenario que predijo el Apocalipsis: el mismo Arnaldo de Bres- 



FILO^PIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


27 


cia, los Vaudois, los hermanos del Libre Espíritu, Be- 
ghardos, Lollards, los Taboritas de Bohemia y, más tar- 
de, iniciada ya la Eeforma, a Munzer dirigiendo la famosa 
guerra de los paisanos; a los Anabaptistas extendiéndo- 
se a Suiza, a Moravia, a los Países Bajos, donde instituya 
una nueva Jerusalem comunista bajo Juan de Ley den. ¿Qué 
queda de todo eso, y qué transformación producen ? Sólo que- 
da la que resulta de una aspiración individual; pero desaparece su 
efecto con la fe de los que pensaron el movimiento. Hablar a 
los hombres de salvarse con sus propios medios es ajjelar al 
valor humano, a la acción personal, a la voluntad sinceramente 
empleada, es decir, a medios que solamente existen como excep- 
ción. Es, por otra parte, exigir un esfuerzo más: y si los que 
viven angustiados hubiesen sido capaces de esfuerzo, no hubieran 
permanecido agobiados por su miseria espiritual, ya que las 
otras miserias no siempre hacen revolucionarios o rebeldes. 

íío es, pues, solamente un deseo de justicia futura lo que ori- 
gina revoluciones sociales, aunque pueda dar origen a movi- 
mientos más o menos generalizados de reforma personal o de 
influencias colectivas. 

¿ Acaso esa noción de justicia debe ir acompañada de la con- 
vicción de que existe una desigualdad social ? 

Durante el período antes citado se producen también con- 
vulsiones aleccionadoras. Las ciudades italianas, Francia, In- 
glaterra nos muestran casos de luchas que parecen representar 
de hecho, una revolución social. Pero quizás en ningún caso apa- 
rezca esto tan claro como en los Países Bajos. 

Durante los siglos XIII y XIV, todo el Brabante y Flandes 
son teatro de terribles conmociones sociales. Es una lucha real 
de obreros asalariados contra la clase dominante, una tendencia 
económica y democrática en la cual la emancipación está ins- 
pirada en una extraordinaria aspiración a la justicia. 

En un principio, la comuna tiene un carácter marcadamente 
liberal; « distribuye por igual los derechos y las cargas sobre 
todo el conjunto de ciudadanos, somete todos sus actos a la 
jurisdicción de un tribunal, verdadera emanación de la ciudad; 
todo eso fué otorgado por el patriciado, quien, en pleno feuda- 
lismo, confirió a un grupo de hombres, asociados por un interés 



28 


ANTONIO M. GBOMPONE 


común, una verdadera personalidad moral ». Este carácter se 
modificó al desaparecer la igualdad absoluta, por los golpes de 
fortuna del comercio y dió oportunidad a algunos individuos 
para separarse de la masa y tener sobre ella la superioridad que 
les daba su capacidad y su poder económico. Cuando la herencia 
trasmitió ese poder a los ociosos, a los que no valían personal- 
mente, ni habían hecho esfuerzo alguno, el pueblo empezó a 
despreciarlos y a considerar los privilegios de la fortuna como 
derivados de una injusticia. Si a eso se agregan los vejámenes 
y los ataques al honor que le prodigaban al asalariado, se confi- 
guran bien las causas de las revueltas populares. 

A pesar del triunfo de las masas lo único que se obtuvo fué 
una sustitución de personas: la organización continuada con otros 
individuos. 

Es que las ideas morales o las abstracciones místicas no pue- 
den por sí solas fundamentar una transformación social: tienen 
que ir acompañadas de una finalidad más inmediata y más sen- 
sible a la masa. 

Las aspiraciones de perfección moral tienen eficacia en la 
acción social, cuando van contra alguien o contra algún régimen. 
En los casos estudiados más arriba, encontramos la situación 
de Savonarola contra la nobleza y los plebeyos dominados por 
todos los vicios o contra la Iglesia, en la figura del Papa Ale- 
jandro VI. Pero una reforma moral es solamente posible en aque- 
llos que tienen voluntad para ello, pero no se impone a los otros, 
que oponen el odio a la crítica y aplastan en un momento dado 
al reformador y a su obra. 

De lo contrario, las ideas morales son tomadas simplemente 
como apariencias y bajo el fundamento de bondad se ocultan 
todos los crímenes. Es muy fácil hablar de justicia, de piedad, de 
honestidad mientras la vida activa se orienta en un sentido dia- 
metralmente opuesto, y así como en política se puede presentar 
el más extraordinario programa de acción sin deseo de realizar 
uno sólo de sus principios, en la vida, en general, nadie confiesa 
que rechaza la aspiración a un perfeccionamiento moral aunque 
sus acciones no respondan a deseo de perfección alguno. Calvino 
pudo hablar de piedad y de caridad mientras hacía conducirá 
Miguel Servet a la hoguera. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


29 


Por razones diversas tampoco pueden dar origen a transfor- 
maciones sociales, las luchas en las cuales el individuo es, o el 
eje del movimiento, como Catiüna en Broma, o el fin del movi- 
miento, como en las revueltas de Flandes y Brabante. Desa- 
parecido el promotor o el que provocaba el odio, todo se reduce a 
cambiar unos individuos o a suprimir unos nombres: los hombres 
continúan con el mismo procedimiento y la sociedad se asienta 
sobre las mismas bases. El pobre Toussaint Louverture al con- 
vertir una revuelta, que pudo aparecer como lucha social, en 
una imitación cómica de Bonaparte, da una idea típica de cómo 
los hombres considerados aisladamente y cuando no tienen una 
finalidad independiente de su pasión personal, son pequeños 
y odian de abajo, lo que ellos serían estando arriba. 

4. Parece en contradicción con este criterio, el resultado de 
las revoluciones ético- religiosas más corrientemente conocidas: 
el cristianismo y el budismo. Aunque en los dos casos no sea clara 
la finalidad de buscar la realización de la justicia, hay en ellos 
la necesidad de resolver problemas relacionados con el sentido 
y valor de nuestra vida, y especialmente la de satisfacer las an- 
gustias de espíritus que buscan su salvación. Si bien en ambos 
ejemplos a quienes se contempla es a los agobiados por el dolor, 
ese dolor no es siempre físico, como no es siempre a los deshe- 
redados y a los humildes a quienes se dirige. 

En efecto: los budistas se reclutan principalmente entre los 
tchatryas guerreros, y los cristianos, en la época de expansión, 
tienen muchos adeptos entre los esclavos y los libertos, pero 
también las clases ricas intelectualizadas, acuden a esta reli- 
gión nueva, para buscar soluciones a interrogantes personales 
que no resuelven las disquisiciones metafísicas. 

La primera impresión es, pues, que toda revolución social 
debe contar fatalmente a los humildes contra los poderosos. 
Esa creencia se inspira en el criterio, análogo al de Marx, del 
carácter económico de todas las luchas, como consecuencia de 
la esencia económica que diferencia las clases sociales; entonces 
es lógico suponer que si la revolución se produce, debe ser ella 
una sustitución de fuerzas, es decir, el cambio de los privilegia- 
dos por los desheredados. 



30 


AKTONIO M. GKOMPONE 


Fundamenta a primera vista tal interpretación, la existencia 
de experiencias que condenan las riquezas, que atacan a los 
grandes, que hieren directamente al lujo insolente y dominador, 
como puede aparecer en los padres de la Iglesia y en los libros 
budistas; pero todo esto es más una consecuencia que una causa. 

Lo que caracteriza esencialmente las revoluciones ético-reli- 
giosas es el deseo de quitar valor al formalismo o ritualismo rí- 
gido, a las instituciones y creencias, para agregar sentimientos 
nuevos y una tendencia de acción y emoción personal donde 
existe sólo la simple realización de una ])ráctica formal. Desde 
el punto de vista interno esto representa, evidentemente, el 
deseo de encontrar algo que contemple estados de espíritu indi- 
viduales vivos, y que no son tenidos en cuenta por organiza- 
ciones que se han ido perdiendo en complicadas fórmulas o sim- 
plemente en ritos o preocupaciones exteriores. 

El cristianismo debe ser considerado históricamente en dos 
momentos: uno frente al judaismo, otro, frente a las religiones 
y a la sociedad del mundo greco-romano. 

La ruina de Judá, las desgracias del pueblo de Israel desde el 
punto de vista político, habían provocado una verdadera crisis 
espiritual en el pueblo. Entonces, va naciendo y adquiriendo 
cuerpo la esperanza en el Mesías que ha de salvar a todos. 

Se concibe a ese Mesías más bien bajo el aspecto de un gue- 
rrero libertador que como un renovador religioso, pero esa es- 
peranza contemplaba mejor el orgullo del pueblo, que las preo- 
cupaciones individuales. 

Por otra parte, la religión, en sí, iba caracterizándose por un 
mayor formalismo y una menor espontaneidad. La creencia 
en un Dios se iba sustituyendo por la creencia en la ley de ese 
mismo Dios, que una vez dada no podía ser modificada ni por 
su autor, como se dice en el Talmud. El espíritu religioso se di- 
luía en medio de discusiones sutiles, y se iba creando tal género 
de complicaciones que sólo el estudio profundo de la ley daba, 
en cada momento, la noción de lo que podía hacerse. Las discu- 
siones de los doctores habían destruido el verdadero sentido de 
la religión, y debía ser torturante para todo espíritu degran 
sencillez, el pensar en la cantidad de prácticas y ritos necesarios 



FILOSOFIA DE LAS KEVOLL'CIONES SOCIALES 


3] 


para no caer en jieeadii, y cuyo alcance y caivo Renti«lo escapan 
a teda comprensión corriente. 

La religión espontánea y personal cede sri puesto a la práctica 
exterior, cada a cz más escrupulosa. Las preocupaciones de es- 
cribas y fariseos se orientaban en ese sentido. Desde entonces 
se ha mantenido esa rigidez ritual y todav ía, el judío creyente 
vive torturado por el fiel cumplimiento de las prácticas. Esta 
característica daba primacía frente al pueblo, a los doctores ejue 
constituían la esencia de una clase dominante. Pero los doctores 
por sí solos no se hubieran sostenido, si con ellos no hubieran 
estado los <iue dominaban materialmente. 

Dentro mismo de la sinagoga se reaccionaba a veces c(;ntra 
ese excesivo ritualismo y son clásicas en el Talmud las ense- 
ñanzas de Hillel, impregnadas de un espíritu amplio de dulzura 
y tolerancia, frente a las interpretaciones de Schammai, rígidas 
y llenas de sutilezas. Pero estos criterios menos rigoristas ax>a- 
recían sedamente como inteipretaciones de la misma religión 
judaica y no como sustituyéndose a ella. 

No era esa, sfti embargo, la actitud de los reformadores re- 
volucionarios que aparecieron frecuentemente en el período 
anterior al cristianismo y que pretendían introducir noA^edades 
en la religión, como otros intentaban convulsionar el estado 
social ndsmo, para transformar su organización. 

El cristianismo surge, entonces, desiniés de una preiiaración 
crítica, cuyo origen no ji^cde históricamente indicarse, pero 
que debe hallarse en toda esa lucha del espíritu de interpreta- 
ción individual, de búsqueda personal, de ansia emotiva, 
frente a esas organizaciones sistemáticas de las autoridades 
religiosas que ahogaban la esjiontaneidad de un sentimiento 
religioso sin ritos. 

El cristianismo aiiareció, pues, como una renovación espi- 
ritual en un medio en crisis, y debió satisfacer asy)iraciones que 
palpitaban en el ambiente: reacción contra el excesivo rigoris- 
mo legalista o ritualism:> escrupuloso; reacción que respondiera 
a las angustias del pueblo judío y a su esperanza de un reino 
de Dios o de felicidad. 

Para lo primero debía crear un estado de espíritu religioso 
espontáneo; de ahí r¡ue el cristianismo ensalzara a los hombres 



32 


ANTONIO M. GEOMPONE 


sencillos y especialmente a los niños y fuera contrario a las 
complicaciones de escribas y fariseos. Por esto formula el ata- 
que, áspero a menudo, contra los saduceos, aristócratas y ricos, 
a quienes parecen dirigidas las críticas délos Evangelios contra 
los privilegiados. Y finalmente el cristianismo tiende a hacer 
surgir una religión exclusivamente moral que realizará el rei- 
no de los cielos, el triunfo de la justicia entre los hombres, en 
vez de la aspiración mesiánica de Judá. Este primer aspecto 
del cristianismo se caracteriza, por tanto, por su tendencia 
crítica, por el deseo de responder al espíritu y esperanzas del 
ambiente sin recurrir a las complicaciones religiosas domi- 
nantes, eliminando el formalismo rígido de los fariseos, la aris- 
tocracia satisfecha de los saduceos y la concepción mesiánica 
que esperaba el resurgimiento y el poderío político del pueblo 
de Israel. 

Ese es, podríamos decir, el tema central de la corriente que 
no pudo ser la obra de un hombre, sino un motivo: aprovechó 
tendencias latentes, críticas ya formuladas, estados de espí- 
ritu de descontento o de falta de fe en las organizaciones ya 
existentes. Para responder a todo eso, se presenta esquemáti- 
camente la fórmula nueva con el aspecto tangible e inmediato 
de ataque al hecho que interesa y, por lo mismo que es fórmula 
y que es nueva, puede presentar las consecuencias esperadas por 
la imaginación de cada uno y que el pensamiento va insertando 
como derivado o como acccesorio a ello. Por eso se le vinculan, 
como en toda revolución, otros problemas y otras cuestiones 
no esenciales y que a menudo presentan ese aspecto contradic- 
torio o ilógico de las transformaciones sociales cuando se les 
quiere estudiar razonando dentro de un esquema dado. El 
pensamiento de un individuo es, en esos casos, deformado por la 
masa que es también creadora del movimiento y si en un solo 
hombre la acción y el pensamiento van resultando ilógicos 
cuando vive realmente sus concepciones espirituales, j cómo 
no serán contradictorias las acciones que resultan de un movi- 
miento social cuando pretendemos encontrarle vinculaciones 
con una idea orientadora ? Esa imposibilidad se encontrará 
siempre para explicar, no ya el cristianismo, sino cualquier 
renovación social, y así, no son las morales del Evangelio lo 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


33 


que puede destacarse, como lo hace Bayet al anaüzar dos co- 
rrientes que irarecen existir en el cristianismo primitivo, sino 
los distintos modos de ver en todas las concepciones, que fa- 
talmente han de aparecer en las acciones revolucionarias. La 
corriente arrastra todo y van en una misma avalancha la pureza 
desinteresada y los apetitos inferiores. ¿ Cómo puede, pues, 
señalarse un solo ideal en ese conglomerado ? 

Eso mismo puede explicar la segunda revolución cristiana 
que produjo el más importante triunfo en el mundo greco- 
romano. 

Alli también aparece en momentos en que se preparaba la 
ruina del mundo antiguo en lo religioso, político y económico. 
Quizás este modo de expresar la realidad no sea bastante claro 
y convenga indicar que lo único que se quiere decir es que las 
soluciones religiosas, políticas y económicas aunque se mante- 
nían en un mundo oficial iban perdiendo la eficacia para ser 
aceptadas por los individuos que vivían en una atmósfera de 
crítica a las mismas. 

En el mundo greco-romano la religión tenía entonces la mis- 
ma característica que tiene una vieja religión en todos los pe- 
ríodos en que hace crisis y que aparece una nueva: se convierte 
en religión oficial, profesada en público, desarrollada en medio 
de aparatosas ceremonias. El rito sustituye a la fe personal y 
por tanto no puede satisfacer las conciencias individuales. Los 
mismos misterios, órficos y de Mithra, principalmente, aunque 
mantenían sus fórmulas, habían perdido lo que fuera su carac- 
terística esencial: el deseo personal de salvación, la acción indi- 
vidual de perfeccionamiento moral y la fe en ese perfecciona- 
miento. 

Mientras en el pueblo las creencias se manifestaban en su- 
persticiones groseras y toscas, arriba se hacían extraordinarios 
esfuerzos por encontrar una solución viva al problema religioso, 
solución que armonizara con el pensamiento y la experiencia 
de la época, y especialmente apta para crear una ética indivi- 
dual. Eeligiones de países extraños, concepción de la propia 
mitología en la cual los dioses van apareciendo como seres jus- 
tos, buenos y puros desembarazados de leyendas Olímpicas; 
misterios donde bajo apariencia de cultos secretos cósmicos o 



34 ANTONJO M. GROMPONE 

simplemente, de reproducción de la vida de un ser sobrenatural, 
se intenta ensalzar la necesidad de una elevación espiritual: 
desarrollo místico de algunas formas de creencias tradicionales 
como los genios o demonios convertidos en una especie de 
ángeles de la guarda personal; bosquejos de criterios y hasta 
de teologías en las cuales la noción de pecado, de penitencia y 
de purifícación serán la base de las concepciones; elogios del 
ascetismo característico del estoicismo y que se difunde hasta 
en las extravagantes ideologías de un Apolonio de Tiana: todo 
fué ensayado y nada pudo obtener un triunfo definitivo porque 
todo aquello tenía el inconveniente de que, aunque de hecho 
significaban una crítica al politeísmo greco-romano, las solu- 
ciones propuestas se basaban en aspectos de ese mismo poli- 
teísmo, por lo cual no podían prescindir de un carácter artifi- 
cioso. 

¿ No era, entonces, una solución totalmente nueva, la única 
que podía hacer surgir la esperanza ? Para ello había que 
desechar real o aparentemente los viejos moldes, o por lo 
menos, afirmar que se desechaban, haciendo creer que las 
soluciones eran nuevas y que la fórmula también lo era. 

Los hombres buscaban en la eficacia moral de la religión 
algo que les hiciera salir, a unos, de la vida de miserias y desa- 
lientos, a los otros, del escepticismo en que naufragaban y a 
todos debía presentarles una felicidad en otro sitio, ganada por 
la propia acción individual y por el esfuerzo de purificación y 
de vida santificada. Es así una aspiración a la justicia repo- 
sando sobre una vida moral. 

Aún aquellos que vivían apartados de la religión, filósofos 
y moralistas, tenían la misma preocupación por la salvación 
personal. En la época de Marco Aurelio, dice Renán, el filó- 
sofo ocupa el puesto del confesor, y los que van al suplicio mar- 
chan acompañados por él, y él los reconforta. Séneca mismo 
representa ese espíritu de preocupación moral como una orien- 
tación de elegante a la moda. Cuando se llega a ese extremo y 
cuando las clases altas de la sociedad sobre las cuales resbala 
toda preocupación seria, toman como motivo aparente de sus 
inclinaciones, algo que no es habitual en su modo corriente de 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


35 


vivir, superficial e inútil, es que ese motivo está demasiado 
vinculado a toda la vida social. (^) 

Los hombres de los siglos I y II creyeron encontrar la dicha 
en la tierra en medio de una civilización cuyos refinamientos 
agotaron sin llegar al ideal soñado. En medio de una vida fas- 
tuosa y de placeres vieron surgir calamidades como las tiranías 
de Calígula, Nerón, Domiciano. Junto a una ostentación de lujo 
que a nada conducía, se destacaba una depravación moral que 
inferiorizaba a los hombres sin satisfacer sus necesidades. El 
hastío conduce fatalmente a interrogarse sobre el objeto de la 
propia existencia, y nada hace pensar más en la necesidad de 
un fin para la vida que el tener a mano todo lo que los otros 
conquistan trabajosamente, sin estar torturado por una preo- 
cupación seria, especialmente cuando se dispone de una menta- 
lidad orientada hacia la crítica. 

Séneca, Galiano, Apuleyo, y posteriormente Marco Aurelio, 
son sólo los intérpretes de esa preocupación, y eso explica cómo 
el pensamiento de ellos tiene, en ocasiones, analogías con el pen- 
samiento cristiano. 

Pero entretanto el neo- platonismo, a través principalmente, 
de los filósofos alejandrinos, preparaba la posibilidad de con- 
cebir al Dios único y contribuía a formar la teología cristiana. 
Era el elemento crítico con Platón, Plotino, Porfirio, el que más 
había de hacer en ese sentido, al presentar frente a las supersti- 
ciones corrientes, el ideal monoteísta. El estoicismo, por su parte, 
había llevado en algunos filósofos a la misma idea, y por lo de- 
más, había sabido construir un sistema metafísico destinado 
exclusivamente a fundar su moral, rechazando los placeres y 
tendiendo a establecer la fraternidad entre los hombres. Uno 
por su concepción filosófica, el otro por su moral, contribuyeron 
a transformar el pensamiento de su época y a hacer posible 
la revolución. 


( 1 ) Esto es lo que ocurrió en Francia durante el siglo XVIII con las 
críticas políticas que se hacían en los salones elegantes, y ocurre otro tanto 
en la época actual con el barniz socializante de jóvenes que estarían, de 
hecho, más lejos del socialismo por el pretendido refinamiento de sus gustos 
y cultura, y por la incapacidad real de crearse una vida propia. 



ANTONIO M. OJROKPONE 


3« 


En tales condiciones, j, por qué ésta no se produjo con esas 
solas influencias ? Si se analizan aliora las tendencias indicadas, 
ellas pueden dar todo lo que el cristianismo presentó después, 
menos una sola cosa: el elemento tangible, la reforma inmediata, 
la fórmula sensible que debía concentrar todas esas aspiraciones 
en una aspiración común y, sustituyendo un solo valor, dar la 
impresión de toda una corriente nueva. Había entonces en los 
hombres, la aspiración un poco vaga de una transformación del 
pensamiento y de la concepción filosófica de esos tiempos, como 
había también la crítica concreta y la débil esperanza; pero el 
ideal inmediato, sensible, la fórmula que despertando emociones 
y confianza del mundo interno, fué lo que Pabh) de Tarso con- 
(úbió vinculando genialmente la concepción del cristianismo judai- 
zante a las formas del pensamiento helénico: el Cristo, como sal- 
vador, la vida futura, la posibilidad de una felicidad de ultra- 
tumba y una manera de obtener todo eso en la fe y la creencia 
en el motivo central de esa religión nueva. Una conceijción aislada 
presentada como derivándose de las religiones antiguas 
no hubiera dado resultado. Mientras una religión con un ideal 
nuevo era lo necesario, especialmente cuando, como en este caso, 
ese ideal daba contenido a cada espíritu y a cada anhelo. 

Xo se pueden indicar todos los factores que determinan el 
éxito de una corriente, principalmente cuando es mirada des- 
pués de conocida su tayectoria. En un mismo momento nacen 
diversas doctrinas o diversas creencias: una de ellas es tomada 
en mejores condiciones y va haciéndose camino en la vida so- 
cial que le A'^a dando elementos y aspiraciones nuevas. Se arro- 
jan en un mismo lugar muchas semillas, y aunque al principio 
surjan muchas plantas, una sola, más fuerte o más afortunada, 
persiste y mientras ésta se forma árbol, las otras se aniquilan 
por lo que se les toma de vida y desaparecen, al final, dejando 
sólo el recuerdo de que existieron. ¿ Quién puede afirmar que 
en una semilla dada o en una de esas plantitas recién brotadas 
estaba ese árbol, hoy triunfante 1 Cualquier cirennstaDcia ex- 
terior, no favorable, hubiera terminado con una carrera de luchas 
y de triunfos. He ahí un elemento esencial para las revoluciones: 
el terreno apto para recibir y para continuar transformando. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


37 


En el mundo greco- romano fué frecuente el pasaje de lá fílo- 
sofía pagana al cristianismo y así éste, que no habla triunfado 
por su contenido filosófico, fué completándose poco a poco 
con una teología que se apoderaba de los materiales del medio. 
Para llegar a la fórmula que triunfó fué necesario hacer perecer 
miles de herejías que al principio tuvieron el mismo éxito apa- 
rente. Si hubiese empezado con una metafísica o con una concep- 
ción abstracta, el cristianismo hubiera carecido de eficacia en 
la acción. En cambio se halla primero en él la finalidad ética 
o de salvación personal como un efecto de la adaptación de la 
nueva fórmula o del nuevo culto. Luego, va apareciendo su jus- 
tificación y fundamento filosófico, el sistema teológico, en una 
palabra. Es así también como se produjo en el socialismo mo- 
derno primero, la revolución espontánea, la lucha revolucionaria 
con vagas justificaciones, antes de llegar al programa definido 
de Carlos Marx. 

Los hombres que preparan la revolución tienen como orien- 
tador, en estos casos, el propósito de comprender en las nuevas 
corrientes a todas las tendencias que tengan la misma finalidad 
ética, aunque difieran en el fundamento teórico. Al formarse 
la teología y al crearse los dogmas van desapareciendo las dis- 
crepancias, porque todos aquellos que discuten esos dogmas y 
no los aceptan, deben separarse de la reMgión constituida: el 
ritualismo y el formalismo que matarán a la ética individual, 
están ya en germen. Por eso el cristianismo oficial va dejando 
en el camino a los sabelianos, arríanos, valentinianos, gnósticos, 
en un principio, y va creando lo mismo que intentó destruir: 
una organización y un rito sin acción individual. 

Para el cristianismo primitivo fué, pues, de importancia 
extraordinaria que Justino pasara del estoicismo y neoplato- 
nismo a la nueva religión, y que con Tertuliano, Taeiano, Ire- 
neo, ocurriera lo mismo y contribuyeran a crear la filosofía 
religiosa que debía satisfacer a los espíritus superiores. San Agus- 
tín y la filosofía de los Padres de la Iglesia fueron una conse- 
cuencia de ese hecho. 

Aunque se avance en la historia, siempre quedará algo de ese 
espíritu revolucionario primitivo del cristianismo y así como 
hemos visto el retorno al viejo espíritu individualista en Joa- 



38 


ANTONIO M. GROMPONE 


quín de Flora y Savonarola, contra el ofíciaUsmo organizado, 
encontraremos también el recuerdo de los principios humildes, 
la pobreza de los primeros cristianos y la crítica áspera contra 
los saduceos ricos, en las ardientes expresiones de algunos Padres 
de la Iglesia contra las riquezas, o la exaltación mística de la hu- 
mildad en San Francisco de Asís. Es que en las organizaciones 
como en los hombres, siempre queda algo del origen, a pesar de 
las transformaciones de la vida. 

Bastan estos hechos para demostrar cómo la revolución cris- 
tiana se produjo en el momento de una crisis de la civilización 
y del pensamiento, crisis que había hecho perder valor, como solu- 
eiones vivas y personales, a las surgidas del formulismo de las 
organizaciones hasta entonces existentes. Preparado por tal 
•causa su triunfo, éste contribuyó a definir la acción contra el 
mundo antiguo. 

A la crisis moral y religiosa hay que agregar también la de 
los valores sociales y políticos. La acción de emperadores como 
Diocleciano, de los generales y los funcionarios había facilitado 
también la decadencia del poder publico que servía de sostén 
a las concepciones religiosas y aparece una terrible perturbación 
del espíritu social, « perturbación que se manifiesta en el hecho 
de que los esclavos tomaran parte en las grandes guerras civi- 
les, y se lanzan en armas contra la misma república »(^) 

En las dos revoluciones, el cristianismo apareció, pues, como 
una solución de justicia que traía la felicidad a los hombres, 
como una reacción contra organizaciones e instituciones exis- 
tentes que ya no respondían a las preocupaciones de las con- 
ciencias individuales de su tiempo. Pero también en ambos 
■casos presenta una fórmula sencilla y al alcance de los criterios 
más humildes, para obtener la felicidad y la salvación personal, 
ya sea simplemente en la dulce concepción de un Dios piadoso 
y bueno, « nuestro Padre que está en los Cielos », o en el Cristo 
que redime de los pecados. Las prácticas son todavía más una 
reacción contra los complicados ritualismos, con aquellos pater- 
nales ágapes de fieles, esa fraternidad de los hombres, esa igual- 
dad de todos en la humilde sensación de que somos demasiado 


( 1 ). G. Sorel. « La ruine du monde antique ». 



FILOSOFIA 1)E LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


39 


pequeños ante ese Dios tan omnipotente y justo. Pero todo esto 
no hubiera podido llegar a ningún resultado si las sencillas 
concepciones no hubiesen respondido a una necesidad de las 
mentalidades de la época. La psicología y la lógica de esas 
mentalidades armonizaron con la ideología de la nueva religión. 
He ahí el doble aspecto de la revolución religiosa. 

5. Análoga situación en cuanto al esquema puede desta- 
carse en la otra revolución religiosa a que nos hemos referido 
al principio. 

Al aparecer el budismo, la India estaba dominada por la ti- 
ranía de la casta sacerdotal que tenía al pueblo en una verdadera 
servidumbre. Por una parte, el excesivo formulismo de los brah- 
manes había hecho perder a la religión el carácter de solución 
viva, sentida por las masas. Por otra parte, la casta brahmá- 
nica había hecho de la religión, especialmente de los sacrifícios^ 
un medio de adquirir riquezas y al monopolizar la caridad tenía 
a todos los miserables bajo su dependencia. 

La necesidad de la sustitución de este régimen se hizo sen- 
tir por ese doble motivo. Antes de la aparición del budismo, 
muchos guerreros ( tchatryas ) en la imposibilidad de hacerse 
brahmanes dada la existencia de castas, se hacían monjes o 
ascetas y trataban de obtener de este modo la veneración del 
pueblo. El budismo fué una tendencia antiteocrática y anti- ri- 
tualista y reunió a su alrededor a los hombres de todas las castas: 
a la aristocracia guerrera, especialmente, sobre la cual se apoyó 
en primer término, porque aquella se sentía dominada por el 
poder de los brahmanes, y a la masa porque ansiaba una re- 
ligión que satisfaciendo sus angustias, llegara más directamente 
a su espíritu que la doctrina brahamánica, perdida en im ritua- 
lismo riguroso cuando no se basaba en ima metafísica que las 
mentalidades sencillas no podían penetrar. (^) 

Dentro del mismo brahmanismo las reformas han ido apa- 
reciendo hasta nuestros tiempos, pero siempre en campo redu- 


( 1 ) «Cuando hablamos hoy del budismo, pensamos principalmente 
en sus doctrinas; pero en el origen, la reforma de Budha tuvo más bien el 
carácter de una revolución religiosa. » « Si no hubiera hecho más que enseñar 
un sistema filosófico, apenas si su nombre hubiera llegado hasta nosotros * 
^Max MuUer. Historia de las Religiones ). 



40 


ANTONIO M. GROMNONE 


eido y formando sectas en las cuales entra por mucho la selec- 
ción personal, pero no tiene ninguna de ellas esa trascendencia 
que caracteiiza una verdadera revolución. 

Para realizar esa reforma presenta el budismo una serie de 
preceptos que constituyen el fondo moral de todas las religiones: 
no matar, no robar, no cometer adulterio, no mentir, no embria- 
garse; pero, al mismo tiempo, se refiere a una moral individual 
y hace la indicación más extraordinaria, que es como eje de toda 
la reforma, al colocar en el mismo individuo la potencia para 
salvarse del dolor de la vida: el deseo y lo individual traen la 
infelicidad. Debe, pues, suprimirse el deseo, eliminar la asj>i- 
ración a las riquezas, soportar los sufrimientos, inspirarse en el 
amor y caridad de los demás hombres. Con esto el budismo 
aparece no sólo como la antítesis moral del brahmanismo, sino 
como la antítesis ritual del mismo, desde que suprime todo lo 
que hacía la fuerza de aquél y presenta en una sencilla fór- 
mula lo que más debía impresionar: la igualdad desde el punto 
de vista religioso y la inutilidad de los ritos. La doctrina 
filosófica tiene muchos puntos de contacto con la del brahma- 
nismo, y no sería difícil encontrar en la vieja religión los 
elementos teológicos de la nueva; pero lo nuevo de ésta era esa 
ética individual, el acento de amor, de caridad y de dulzura, 
el encontrar la salvación en sí mismo, que tanto responde 
al ideal contemplativo y al ascetismo del oriénte. (^) 

Lo que caracteriza las revoluciones de la India es ese sentido 
de la acción personal, originado en una concepción déla vida esen- 
cialmente distinta de la de Occidente. Mientras aquí la felicidad 
y la justicia tienden a crear organizaciones, el concepto de feli- 
cidad y justicia en la India tiende a suprimir organizaciones y a 
colocarlo todo, en un sentido profundo de acción personal. 
Por eso, posteriormente a aquella crisis del budismo, se ha con- 
tinuado esa misma convulsión, sólo interrumpida en ocasiones 
por la influencia de la dominación inglesa que ha aportado un 
elemento nuevo a la vida de aquella civilización oriental. 

A esta última razón debe atribuirse, en este momento, la doble 


( 1 ) A. Barth. Le Bouddhisine. R. GrouBset. Histoire de l’Asie. Oldon* 
bei'g. Le Bouddlia. Max Muller ob. cit. 



FILOSOFIA DE LAS REA'OLL'CIONES SOCIALES 


41 


orientación revolucionaria de los indúes: una, política que, por 
la influencia de la civilización europea o a través de hombres 
con cultura europea sueñan con el nacionalismo o autonomía 
( Swadeshi ) y otra de característica espiritual, pero que es real- 
mente una solución económica inspirada en un criterio moral, 
como aparece en la doctrina de no cooperación con los domina- 
dores ( Swaraj ) cuyo apóstol es Mahatma Gandhi. (^) • 

6. Hay otros casos que pueden presentarse como típicos en 
la historia, por las circunstancias especiales como aparecen. 
El Egipto antiguo nos permite apreciar varios. 

En primer lugar, de lo que antecede se desprende que hay una 
doble corriente en la humanidad: por una parte, surgiendo de 
cualquier estado, anárquico, primitivo, se va organizando la 
sociedad, al parecer de un modo evolutivo. Estas evoluciones se 
orientan en el sentido de ir acumulando el poder y la influencia 
de las riquezas en una clase o fuerza dirigente de la sociedad: 
lo que debía ser en beneficio colectivo se aprovecha más bien 
para mantener una organización dada. Por la otra, parte, pri- 
mero bajo forma de ciíticas, luego bajo forma de acción efectiva, 
hasta llegar en ocasiones a presentar un estado de hecho revo- 
lucionario, se mantiene siempre un criterio individualista con- 
trario a esa organización que reclama su sustitución, en nombre 
de principios de justicia. A menudo este hecho no aparece bien 
aislado en un medio social, por influencias externas, guerras o 
conquistas; pero en países que puedan estudiarse durante un 
largo período de evolución tiende siempre a mostrarse con el 
esquema que hemos indicado. 

Como se dice antes, el Egipto se presenta como un caso típico. 
Toda la vida del Egipto giró alrededor del Nilo y las necesi- 
dades de su población dejiendieron de la manera racional de 
explotar la tierra que estaba a ambas márgenes de aquél. Las 
inundaciones del Nilo, la necesidad de estudiarlas y aprovechar- 
las convenientemente, las obras públicas que debían construirse, 
la correcta distribución de las tierras, hicieron del Egipto el 
modelo de un Estado cuya vida social dependió en absoluto de 
la organización administrativa. No es, pues, extraño que pasado 


( 1 ) R. Grrousset. Le icveil de l’Asie. R, Rollaud. Mahatma Gandhi. 



42 


ANTONIO M. GBOMPONE 


el primer período de incoherencia, cuando surge la monarquía 
menfítica, aparezca primero la monarquía de derecho diviao, 
el rey autócrata, hijo de Ra, y, por tanto encarnando la ver- 
dadera divinidad en la tierra. El Faraón acumulaba en ese mo- 
mento todas las funciones supremas: sacerdote, juez, jefe de 
ejército. Pero tiene necesidad de auxiliares para disponer del 
suelo, para las funciones religiosas, para toda la administración. 
Y así se va formando una casta privilegiada, la sacerdotal, que 
tendrá todo lo religioso a su cuidado y que irá poco a poco qui- 
tando al Faraón su privilegio exclusivo de la vida de ultratumba 
y de intérprete divino en la tierra. « Los sacerdotes, después 
los hombres cultos, se interesaron por los problemas religiosos, 
políticos, sociales, reflexionaron sobre el egoísmo sagrado que 
se revela en la institución faraónica. Hicieron prevalecer concep- 
ciones más morales, más humanas, en las cuales la Justicia y 
el Derecho encontraron un lugar más amplio en la sociedad te- 
rrestre y en la de ultratumba » (^) 

La clase sacerdotal y los funcionarios aprovecharon en pri- 
mer término de este desmembramiento del poder real. Y al 
llegar a la VI.» dinastía, los dominios del templo, vale decir 
de los sacerdotes, son sagrados y el Faraón mismo siente como 
un respeto religioso al mantener los privilegios acordados. Hubo 
aquí, sin duda, una verdadera revolución en la cual los monar- 
cas debieron conceder privilegios, para quedar ellos mismos 
sujetos a los privilegiados, creándose una oligarquía que es 
quien gobierna realmente. 

Una transformación paralela debió producirse en lo que 
se refiere a la clase de funcionarios, feudalismo nobiliario pro- 
vincial que, al principio todo lo tenían del Faraón y luego du- 
rante esa misma VI.» dinastía se jactan de su poderío. 

En este punto la organización que pudo ser beneficiosa para 
el pueblo, se hace el instrumento de ima clase. Las clases 
dominadas, los que carecían de todo, aparecen manifestando 
su descontento. Varias obras literarias de la época se han ins- 
pirado en esta crisis: ellas presentan las lamentaciones por la 
desaparición del respeto a los dioses, y a la autoridad; ellas in- 

( 1 ) Moret - Le NUetlaCiviliaatioaEgiptieune — E. A. Wallís Badge. 
The literatuTíi of the ancient Egyptians. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


43 


dican la existencia del odio y la violencia, y frente, a la seguri- 
dad en el destino qne caracterizaba los viejos tiempos, en el 
4 Diálogo de un egipcio con su espíritu », se transparenta el 
escepticismo y la duda sobre la finalidad de la vida. En la tum- 
ba de un rey se ha grabado esta expresión: «Sé, pues, feliz, 
sigue tu deseo mientra vivas . . . Haz lo que necesitas hacer en 
la tierra y no turbes tu corazón hasta que venga para tí el día 
de la lamentación fúnebre. El Dios de corazón tranquilo ( Osi- 
ris ) no oye tu lamento, y las quejas no pueden salvar a nadie 
en la tumba ». Como lo indica Moret este escepticismo y el 
materialismo de la literatura representan un espíritu revolu- 
cionario. El individuo, harto de una organización que lo opri- 
me en beneñcicio de una oligarquía, ha empezado por sentir 
la injusticia de esa opresión y ha negado todo lo que servía 
de fundamento a aquélla. ¿ Qué podía presentarse como fór- 
mula que no fuera ésa que aparece en la inscripción transcrip- 
ta, es decir, la absoluta indiferencia de los dioses y la inutilidad 
de toda religión ? El individuo, libre de esas trabas, ha provo- 
cado la caída del régimen y ha sostenido frente a él su derecho 
al placer y a la felicidad. 

Hay un período de doscientos años ( 2360 a 2160 ) durante el 
cual no queda nada de lo que caracterizaba los períodos ante- 
riores; monumentos y edificios elevados para la pompa de un 
Faraón o de los privilegiados. 

Fue necesaria la invasión Tebana de la XI. dinastía para 
que se «consolidara» el poder, como dicen los historiadores, o 
para que se volviera a oprimir al individuo. 

Pero ese mismo período Tebano va a ofrecer el más extraño 
caso de revolución religiosa, esta vez iniciado por un monarca 
en contra de la casta sacerdotal. Amenophis IV., en efecto, 
intenta reaccionar contra el formalismo religioso que hacía 
de los sacerdotes los verdaderos dueños de Egipto, pues durante 
la XVIII dinastía el clero de Amón tiene casi en tutela a la 
familia real. Un tercio del suelo de Egipto, pertenece al clero, 
que es así dueño de riquezas materiales considerables, del mismo 
modo que tiene a sus órdenes a las potencias divinas. Ellos 
pueden hasta dar legitimidad al soberano, y ellos tienen los se- 
cretos de los dioses, que sólo llegan a los hombres con sus ritos. 



44 


ANTONIO M. GROIIPONB 


La revolución'la hace el mismo Faraón, Amenophis IV., quien 
introduce el culto de Atón, el dios solar, pero también el dios 
de la justicia, y se produce una reforma no sólo religiosa, sino 
de política anticlerical que trae consigo una transformación 
completa del país. Es un dios monoteísta el que surge, con un 
carácter de universalidad que satisface más la aspiración re- 
ligiosa de los individuos, que hace desaparecer el formalismo 
y, en cambio, crea la igualdad de los hombres para dirigirse 
a él. Es casi una tendencia mística, originando una ética más 
personal y de perfeccionamiento individual, con un dios único, 
creador, providencia que ayuda a los hombres y encama una 
fuerza universal en vez del dios local o nacional. Pero este cri- 
terio constitutivo de carácter ético se agregaba al otro no me- 
nos importante de carácter práctico: eliminación del clero y de 
su fuerza, supresión de una clase de privilegiados. (^) 

7. En todos estos casos la revolución religiosa atrajo a sí 
elementos diversos, políticos, económicos y sociales que se trans- 
formaban por el mismo impulso renovador. Pero los hombres 
creían o sentían que la solución de justicia estaba sólo en la 
sustitución de la organización religiosa. Buscando su propia 
solución, varia e indefinible en cada uno, se agmpaban alrededor 
de un solo ideal. Mientras la nueva solución mantuvo esa cali- 
dad de satisfacer las esperanzas individuales fué fuerza bastan- 
te para orientar a los descontentos e impedir que el conven- 
cimiento de la mala organización social inspirara revueltas. 

Con una mentalidad dada, la transformación religiosa es el 
ideal que satisface espiritualmente a los hombres. No es que 
solamente lo religioso influya, es que solamente lo religioso se ve; 
lo político o lo económico podrán inspirar, como lo inspiraban, 
ideales de renovación, pero para poder aparecer así es impres- 
cindible que los hombres esperen que esos elementos les traigan 
la felicidad y la justicia anhelada. 

Con eso tenemos ya la posibilidad de comparar las revolu- 
ciones religiosas con la revolución económica a la que aspira el 
socialismo: es que en la época moderna los hombres han per- 
dido su fe en las soluciones sobrehumanas y confían sólo en el 


( 1 ) Moret, Rois et Dieux d’Egypte. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


45 


elemento humano. En el período de decadencia del Imperio 
de Menfis vimos que el materialismo sustituye a la esperanza 
de una vida futura. 

Veremos también más adelante que las mentalidades del 
siglo XIX van adqidriendo también la desconñanza de toda 
solución que no contemple su bienestar inmediato y por tanto 
su situación económica. La diferencia no está en el hecho, 
desde que junto a lo religioso antiguo aparecen las ventajas 
materiales, como junto a lo económico actual se siente el ideal 
de algunos hombres con caracteres de elevación mística. En 
ambos casos los hombres buscan y encuentran soluciones con 
los medios de que disponen, y ya apelen a las fuerzas sobre- 
humanas o se inclinen ante las leyes de la naturaleza, es siempre 
el espíritu del hombre el que piensa y solamente se diferencia 
en la manera cómo concibe conscientemente la solución. 

En todos los casos lo que importa es que la mentalidad social, 
que no es sólo la de una clase, confíe en la solución. En las 
mismas revoluciones religiosas, cuando ya una creencia se ha 
extendido, va perdiendo algo de la fuerza que la hacía aparecer 
como respuesta a una esperanza individual y se va convirtiendo 
en una institución que se sostiene por la inercia de una masa y 
por el interés de la organización. Los pensadores oficiales la 
ju>stifican de conformidad con la lógica corriente. 

Es así como el cristianismo primitivo se fué convirtiendo en 
una teología por la obra de San Agustín, Alberto el Magno y 
Santo Tomás, y la moral que en él se inspiraba y que había te- 
nido en un principio como base de su eficacia la propia creación 
individual o la adhesión de su personalidad, se transformó 
en un sistema de moral revelada, de constitución lógica, desti- 
nada principalmente a satisfacer las exigencias científicas e 
intelectuales de cada época. El cristianismo dejó de ser, en 
general, la solución del problema de la vida, y los hombres 
empezaron otra vez a buscar nuevas orientaciones. 




Capítulo II 


1. Revoluciones políticas. 

2 . La mentalidad revolucionaria. 

3. Características de las revoluciones sociales 




1. Cuando las religiones no han dado origen a una organi- 
zación que se haga pesada a los hombres o que aparezca como 
una injusticia porque detenta privilegios mientras el resto de 
la sociedad vive en el sufrimiento y en la miseria, el elemento 
que provoca las convulsiones sociales es la constitución del 
Gobierno, por ser el elemento visible de toda desigualdad. 

La dificultad es mayor cuando se estudia una revolución polí- 
tica que cuando se trata de una revolución religiosa. En todo 
tiempo han existido y han perdurado gobiernos de hecho que se 
impone por la fuerza y por el temor que inspiran a sus súbditos. 
Si éstos llegan a reaccionar contra esas tiranías lo hacen impul- 
sados por un setimiento de hostilidad hacia la persona del go- 
bernante y buscan, por tanto, \ma sustitución de personas, y 
no de régimen. La historia antigua o moderna presenta frecuentes 
casos así y nuestras revoluciones civiles americanas no tienen 
otro carácter. Cambiar un nombre por otro, un partido político 
por otro partido político, es todo el programa, aunque acceso- 
riamente puedan presentarse algunas diferencias de matices 
que mantienen siempre, sin embargo, el misoio régimen de or- 
ganización política. 

Además, los pueblos no han vivido siempre en calma y las 
guerras o luchas exteriores han modificado muy a menudo su 
constitución política, por lo cual la transformación en este orden 
de cosas se ha producido con mayor frecuencia que en otra acti- 
vidad social. 

Y, por último, solamente en determinadas sociedades, se 
ha presentado de un modo definitivo la justificación de la forma 
de Gobierno, independientemente de las personas que lo com- 
ponían o lo detentaban. Cualquiera de los emperadores de orien- 



60 


ANTONIO M. GROMPONE 


te era ensalzado por sus contemporáneos en su persona, y, mucho 
más tarde, ya en los tiempos modernos, Machiavello se preocupa 
más de justificar la existencia del Estado que de una forma dada 
de gobierno. Toda su obra presenta soluciones de cáracter con- 
dicional: si se desea organizar un gobierno democrático debe pro- 
cederse así, si se desea organizar un gobierno militar, de este otro 
modo, etc. 

Las convulsiones de esta clase no pueden, por tanto, servirnos 
de base para llegar a otro criterio que al de la significación de 
la sentimentalidad social. 

En los mismos casos en que se presenta la posibilidad de una 
revolución religiosa, aparece también una revolución política. 
Ya vimos antes que en las organizaciones religiosas que determi- 
naban la constitución del Estado, como en el Egipto del Imperio 
de Memphis, la revolución no se reducía a transformar el culto, 
sino que producía como consecuencia una transformación 
política. 

l^ormalmente, en estos casos se empieza por una convulsión 
cuyo fin inmediato es quitar privilegios a las instituciones reli- 
giosas y cuando se pierde la esperanza de un resultado satis- 
factorio, porque realizada la reforma se comprende que todo 
consistió en cambiar de privilegiados, el punto de vista se dirige 
a lo político. Lo mismo que en Egipto ocurrió en Atica en el 
siglo VI. Los grandes detentaban todos los poderes, justicia, 
riqueza, fuerza militar. Los Eupátridas se trasmitían las costum- 
bres y las interpretaban a su antojo. Hesíodo pinta esta triste 
situación, pero debe pensarse que Zeus vigila a los mortales 
y que Diké, la justicia, su hija, denuncia las iniquidades; parece, 
pues, confiarse en una reforma moral y religiosa. Pero esa es- 
peranza mística desaparece y nace la noción de que la justicia 
solamente puede venir de una transformación de las organi- 
zaciones políticas. (^) 

Para que aparezcan revoluciones con este carácter se requiere, 
por una parte, una organización que pretenda tener justifica- 
ciones frente a las reclamaciones de los que no tienen privilegios 
y por otra, que estos últimos aspiren a transformar esa organi- 


( 1 ) G. Glotz. Le travail dans la Gréce Ancienne. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


61 


zación sintiendo esto como un anhelo de justicia y como el modo 
tangible de eliminar sus propias miserias y penurias. 

Toda la lucha de la Eoma anterior al Imperio tiene ese carác- 
ter político y las transformaciones que se van produciendo son o 
preparaciones de grandes convulsiones o la revolución misma. Lo 
económico aparece siempre, pero las soluciones adoptadas son 
simplemente consecuencia de lo político. Los que están abajo van 
confiando en que la felicidad vendrá con un cambio en el modo 
de organizar el Gobierno. Las dos leyendas de Lucrecia y de Virgi- 
nia han sido presentadas por loshistoriadores clásicos como provo- 
cando las dos revoluciones que terminan, la primera, con la 
eliminación de la monarquía etrusca, y la segunda, con el triunfo 
del derecho de la plebe en la organización republicana. Por 
esta organización, los plebeyos obtenían que las leyes codifi- 
cadas no fueran fórmulas caprichosamente interpretadas por 
los patricios. Ellas representan cómo confiaba la imaginación 
popular en una transformación política para obtener la seguridad 
personal y el derecho a su propia felicidad y cómo esa trans- 
formación era presentada como un ideal de justicia. 

Toda la actividad que giraba alrededor de tres cuestiones 
brutales, las deudas, el problema agrario y el frumentario, gi- 
rará después alrededor siempre de una modificación deformas 
de gobierno y del acceso de los plebeyos a las magistraturas. 
Las soluciones momentáneamente pueden ser otras, pero se 
persigue con tesón el ir quitando al patriciado la exclusividad 
y el privilegio de ocupar determinados puestos, y la adquisición 
de una legislación civil que contemple a la plebe. (^) 

Grecia presenta tal variedad de estados, tal complejidad de 
vida social que no permite destacar fácilmente una conclusión 
sobre sus transformaciones. Las luchas internas se pierden a 
menudo en las luchas contra otras ciudades y la expansión eco- 
nómica hacia las colonias da un derivativo a las aspiraciones 
de los miserables. Una ciudad presenta más facilidad para el 
estudio: Atenas. Cuando la organización de la Genos creaba 
la desigualdad, la reforma de Solón tiene el carácter de una ver- 
dadera revolución política, al abatir las barreras que se inter- 


( 1 ) León Horno. Lee Inetitutions Politiquee Komainee. 



52 


ANTONIO M. GKOMPONB 


ponían entre la familia y el Estado, al crear un sistema fle- 
xible de clases, y al dar origen a la verdadera democracia ate- 
niense. Pero donde la solución de organización política aparece 
en los problemas económicos, es en el hecho del babeas corpus, 
la liberación de la persona, la interdicción de comprometer su 
cuerpo en garantía de una deuda. 

El pueblo, interviniendo en las gestiones de gobierno, mantuvo 
el derecho de propiedad como sagrado. El individualismo ate- 
niense impedía la formación de una organización que absor- 
biera al individuo y, por más que existieran las desigualdades 
sociales, esto dificultaba la creación de las clases ricas y la apa- 
rición de los miserables. La crítica de la existencia de esa des- 
igualdad podrá aparecer, pero la revolución social no, porque 
falta el elemento inmediato contra el cual debería reaccionarse. 
Aristófanes ridiculiza el simplismo de los que aspiran a un re- 
p^arto de todos los bienes y a la igualdad de las fortunas. En cuanto 
al comunismo de Pitágoras, de Hippodamus de Mileto, de Pla- 
tón, son formas aristocráticas que no pueden provocar una co- 
rriente de acción social. Existe la crítica, pero no se une a una 
solución inmediata y tangible, por lo cual todo se pierde en 
concepciones individuales sin provocar la reacción colectiva. 

El caso típico de una revolución política es el de la Revolu- 
ción Francesa. Basta destacar sus puntos esenciales: la larga 
preparación de la mentalidad corriente con los filósofos y polí- 
ticos del siglo XVIII, el desprestigio del gobierno existente, 
el sufrimiento del pueblo y la esperanza en una mejora, la con- 
fianza en que la supresión de los privilegios daría el bienestar 
a los hombres, y, especialmente, el sentimiento de la justicia 
de una nueva organización basada en la decisión de los ciuda- 
danos y no ea el poder de una clase o de un individuo. De ahí 
esa preocupación por los derechos del hombre y esa confianza 
mística en los derechos y garantías individuales que, sintetizada 
principalmente en Rousseau, será la característica de todas las 
revoluciones americanas, al menos en teoría, e inspirará todos 
los programas políticos del siglo XIX. 

La Revolución Francesa viene a aclarar la característica 
•de las revoluciones romanas y griegas. La forma de mentalidad 
•común consiste en creer que todo está resuelto cuando se tiene 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


53 


igualdad de derechos, y que garantiendo las libertades indivi- 
duales y creando idéntica posibilidad para todos, desaparece 
de hecho la injusticia, y los hombres pueden vivir en armonía 
y seguros de su destino. Es la convicción de que el gobierno 
es lo único que, cuando se organiza mal, puede perjudicar a los 
hombres y crear desigualdades. 

En América todavía se mantiene ese criterio. De eso deriva 
la preocupación por la perfecta organización democrática, que 
es también aquí casi una mística de los partidos políticos. Con 
ello se crea, no la tiranía del gobierno, sino la tiranía de la or- 
ganización partidaria, y el individuo desaparece frente al par- 
tido, mientras la acción del gobierno en sí misma queda total- 
mente desplazada. El político profesional ha creado de este 
modo un privilegio. 

Por eso todas las revoluciones políticas extendieron solamen- 
te el círculo de privilegiados entre los mismos elementos de las 
clases poseedoras, pero no transformaron las desigualdades so- 
ciales ni resolvieron los problemas del bienestar individual. 

El triunfo de las revoluciones de esta índole significó siempre 
el fracaso de las esperanzas puestas en esas ideas. En Koma, 
la plebe obtuvo la igualdad a que aspiraba y que era patrimonio 
del patriciado. Triunfante la plebe se creó una nueva clase 
social: la aristocracia patricio-plebeya y continuaron las mi- 
serias y las angustias, originando las nuevas convulsiones de la 
clase desheredada que ya no se agitaba por el problema de ob- 
tener su puesto en el gobierno, sino para obtener mejoras eco- 
nómicas inmediatas, como las aspiraciones agrarias, o para sa- 
tisfacer su odio a los dominantes, creyendo .que con una acción 
personal todo podría desaparecer, como ocurrió con la conspira- 
ción de Catilina. 

Fué ésa la consecuencia también de las revoluciones políticas 
del fin del Imperio de Menphis, y en los tiempos modernos, 
triunfantes en apariencia las tendencias que dieron origen a la 
Bevolución Francesa, mientras por un'a parte los hombres 
nuevos confían en perfeccionar el mecanismo creado, existe 
siempre una cantidad de gente que no ha ganado nada y ve 
privilegios aunque de otra especie: el capital y lo que se ha 
dado en llamar burguesía. 



54 


ANTONIO M. GKOMPONE 


En las revoluciones americanas el hecho tuvo las mismas ca- 
racterísticas y en los países en los cuales el indio predomina, 
la miseria de éste ha sido tan atroz como en tiempos de la colo- 
nia. Para el pobre mexicano de Yucatán, la desaparición del fun- 
cionario español sólo significó un cambio de amo y hasta estos 
últimos tiempos el dueño de organizaciones económicas explota- 
ba su trabajo y la legislación que había garantizado sus derechos 
individuales, garantizaba también el derecho de sus explotadores. 

Se pone, pues, de manifiesto el fracaso de la esperanza en la 
política. Es que los gobiernos tienen eficacia para el mal; 
pero carecen de la potencia necesaria para transformar por sí 
solos las relaciones sociales. Y pasado el primer momento 
de convulsión, hay siempre un grupo de hombres que utilizan 
sus medios de adaptación al nuevo estado de cosas para ase- 
gurarse una situación estable, mientras continúan perjudicados 
los que accidental o permanentemente no están en condiciones 
de crearse su propio destino. Porque siempre habrá, frente a los 
individuos que tienen solamente aptitudes para vivir y hacen 
casi instintivamente lo que su medio o la organización social 
exigen para el éxito, otros que, por incapacidad o por fuerte 
individualidad, no pueden hacer lo mismo. 

El confiar en las fórmulas de gobierno hace surgir una doble 
organización. Por una parte la libertad y las garantías legales 
permiten adquirir fuerza y estabilidad a elementos sociales 
que se apoyan en sus medios económicos, propiedad, capital, 
dando origen así, al poder del capitalismo como verdadero direc- 
tor de la organización colectiva; por otra parte, las necesidades 
de gobierno hacen aparecer elementos que tienen asegurada su 
estabilidad con el mantenimiento del mismo: políticos y 
burócratas. El resto empieza ya a pensar en otra solución. 

De todo esto vemos surgir la necesidad de un nuevo ideal 
que no puede inspirarse ni en la ética individual o religiosa, ni 
en las soluciones políticas. Las soluciones podrán confiar en 
el esfuerzo individual como transformador del elemento social; 
pero sólo servirán para destacar algo que deforma las indivi- 
dualidades: las instituciones sociales mismas, que se mantienen 
independientemente de los individuos. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


56 


Se creyó que el pensamiento humano era el creador de su 
propio destino y se verificó que el pensamiento humano indi- 
vidual era una fuerza que tenía que encauzar su acción en la 
forma como se lo permitieran elementos exteriores físicos o 
sociales. Este factor que va apareciendo como influyendo en el 
régimen social, es el factor económico. 

Porque las experiencias realizadas han dejado de colocar en 
la categoría de esperanzas a las soluciones religiosas y políticas 
es que suenan tan a hueco y parecen tan artificiosas^ las solu- 
ciones que indican políticos y religiosos, para satisfacer el ansia 
renovadora de las sociedades modernas. Hablar de fraternidad, 
de organización, de buenos gobiernos, de extensión de la demo- 
cracia, de voto libre, a los que sueñan con el reinado de la jus- 
ticia y la realización de la felicidad es como presentar solamente 
un juguete al que necesita acallar el hambre. Todo ha existido 
y se ha ensayado; los buenos propósitos de los individuos se 
han estrellado contra la realidad, el voto más o menos libre se 
ha aplicado sin obtener nada, y los hombres esperan todavía 
la solución que les traerá la felicidad. Ese es el estado de espí- 
ritu de los pueblos revolucionarios y ése fué el estado de espí- 
ritu de los hombres del siglo XIX que confiaron en las solucio- 
nes económicas del socialismo y pusieron su esperanza en el 
triunfo del nuevo ideal. 

2. — Los hombres han puesto, en distintas épocas, su espe- 
ranza en soluciones económicas. Ya indicamos ese mismo es- 
tado de espíritu en Egipto, coincidiendo, no sólo con la crisis 
de organizaciones políticas, sino con un modo de pensar en el 
cual aparecía un materialismo claro. El romano, práctico y 
utilitario, tenía de por sí el criterio de que debía buscarse lo 
útil para la vida real. 

En una civilización totalmente distinta de la nuestra, la china 
de la dinastía de Soung, aparece una revolución económica de 
lo más interesante. En una época de grandes discusiones de 
ideas, en la cual puede sostener Wang-Ngan-chi que todos los 
acontecimientos obedecen a causas fijas y determinadas que los 
hacen ocurrir necesariamente, y que los fenómenos naturales 
no se relacionan con las acciones de los hombres, por lo cual es 
inútil ayunar para evitar un terremoto, mientras en la poesía 



56 


ANTONIO M. GROMPONE 


aparecen expresiones como ésta: « V os y yo somos uno con la 
materia », surge la necesidad de transformar el régimen social, 
y la solución es económica. El mismo Wang-Ngan-chi crea el 
crédito agrícola y comercial, el impuesto sobre la renta, la regu- 
lación de precios, imponiendo sobre tasas a los ricos, y quitando 
gravámenes a los pobres. Los graneros del estado proporcionaban 
las semillas y al final éste se convirtió en vendedor y comprador 
único, cediendo, sin beneficio, a los consumidores, todas las 
mercaderías de primera necesidad, y creando un régimen de 
igualdad de tierra y productos. (^) La oposición de los manda- 
rines tiene toda la característica de una defensa de las institu- 
ciones existentes, que concluyen por vencer al reformador. 

Así, pues, en medios diferentes se ba creído en la necesidad de 
reformas económicas y se ha confiado en ellas. Las tendencias 
revolucionarias de nuestra época son solamente reproducciruies 
de las habidas j^a ? 

Hay en todas ellas, religiosas, políticas o económicas, elemen- 
tos comunes que ya hemos destacado: la esperanza en una fór- 
mula de justicia y la crítica a un régimen establecido. La pri- 
mera es distinta según la mentalidad de cada época y de cada 
pueblo. Se confiará en una solución religiosa, cuando los pue- 
blos tengan todavía el espíritu en condiciones de creer; en so- 
luciones políticas cuando piensen que ahí está el mal y que puede 
corregirse; en soluciones económicas, cuando el criterio domi- 
nante sea el de que nuestra felicidad solamente depende del bie- 
nestar material. Pero al lado de estas semejanzas deben desta- 
carse las diferencias que caracterizan a toda época y que hacen 
de nuestro socialismo un producto del siglo XIX especialmente. 

El otro elemento común con otras revoluciones es el crítico. 
Para ello debe existir una organización que se considere como 
imposibilitando el reinado de la justicia, y contra ella se dirige 
el ataque. A una esperanza, que hace surgir un estado de espí- 
ritu de aceptación lógica de una fórmula, se une lo crítico que 
quita la posibilidad de adhesión a lo ya establecido. Hay, pues, 
una crisis de creencias, una transformación de la mentalidad 
social, no sólo con respecto al hecho en sí que provoca la revo- 


( 1 ) Grou6set. Hietoire de l’Aeie. 



FILOSOFIA PE LAS KEVOLÜCIONES SOCIALES 


57 


Ilición, sino al pensamiento de toda la época: es una desapari- 
ción de la confianza en instituciones sociales con nuevos modos 
de aparecer la mentalidad colectiva. Y es por ese estado de 
espíritu, que el individuo surge como elemento renovador y 
como indicador de soluciones frente a las organizaciones que 
aplastan la individualidad. El espíritu individual o colectivo 
es de por sí un valor. 

El individuo descontento por sí solo no provoca sino reacciones 
personales. En el orden intelectual pueden existir los Werther 
de cualquier sociedad, como dentro del régimen de la familia, 
existen los Jacques y las Indiana que tanto popularizó Georges 
Sand influenciada por sus propias desdichas matrimoniales; 
pero si ello crea un sentimiento de que en todos esos casos existe 
un problema a resolver, ese problema no podrá interesar a toda 
la colectividad como para provocar una reorganización de la 
misma. El descontento individual debe, pues, coincidir con una 
corriente colectiva. 

Este descontento individual y la falta de adaptación o de con- 
fianza en las posibilidades de la vida actual, hacen surgir el pe- 
simismo o una inadaptabilidad de distinto orden. En el siglo 
XIX, el romanticismo, al exaltar todas las formas de indivi- 
dualidad, hizo también la apología de una reacción pesimista 
personal: el suicidio. Ninguna decisión puede tener como ésta 
su origen en una mayor convicción de que la vida no tiene 
atractivos, de que no existen vínculos morales y de que debe 
seguirse la inpiración que señala el más profundo descontento. 
Durkheim indica que el aumento de los suicidios en los últimos 
tiempos es producido por lo que se llama la corriente de tris- 
teza colectiva y el malestar personal (^) El suicidio obedece 
al mismo criterio seguido por el revolucionario de que no bastan 
las soluciones actuales: el descontento hace, pues, rebeldes o 
pesimistas'. Si tuvieran una ilusión en la vida o una finalidad a 
realizar dentro del orden existente no habría ni suicidas, ni re- 
volucionarios. Es, pues, sintomático que socialismo y pesimismo 
hayan aparecido en el mismo momento con relativa intensidad. 
Ambos responden a una misma causa y ésta es la crisis de las 


( 1 ) Durkheim. Le suicide. 



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ANTONIO M. OROMPONE 


creencias, religiosas, morales o políticas. El siglo XIX nos pre- 
senta el paralelismo de los dos fenómenos. 

Así, el siglo se inició revolucionario, pero fue también el siglo 
de la literatura apologista del suicidio, como liberación, rebeldía 
o resistencia a soportar una vida que carecía de atractivos. 
Hasta el romanticismo que ensalza al revolucionario, hace tam- 
bién del suicidio un gesto hacia la libertad. (^) 

3. Ese descontento es, pues, el punto común de todas las 
revoluciones sociales: la diferencia está, se dijo, en la técnica 
de las soluciones. 

Estas tienen en cuenta, en primer término, la organización 
colectiva que predomina y tiende a favorecer un mismo estado 
de espíritu en los que se consideran solidarios en la acción. 
Es lo que se ha llamado el espíritu de clase, es decir, el espíritu 
de un grupo que se siente vinculado por intereses o caracterís- 
ticas comunes que los diferencian de un modo más o menos 
claro de los privilegiados. Esas características no surgen de ins- 
tituciones legales, sino, especialmente, de costumbres. (^) 
No se determinan sus peculiaridades de un modo perfecto y 
con límites fijos, pero hay algo que hace que un hombre del 
pueblo del tiempo de los Gracos espere todo de las reformas agra- 
rias, como existe un sentimiento común en los artesanos de 
Flandes que se colocan frente a los mercaderes ensoberbecidos 
del siglo XVI, en los plebeyos frente a los nobles, y en los pro- 
letarios actuales frente a burgueses o capitalistas. 

El segundo elemento es motivado por las crisis de creencias 
que tienen su forma de acuerdo con la civilización en que 
se producen. Por una parte, la sociedad pierde su impulso de 
acción confiada en im progreso y al anaUzar su propia obra pierde 
la fe en la misma y prepara el pasaje de una forma de civili- 
zación a otra. Los pueblos que tienen la seguridad de desempeñar 
una misión providencial, como le pasa a los Estados Unidos en 
la actualidad, son poco propicios para esas corrientes revolu- 
cionarias. La confianza en el porvenir nacional, en unaideolo- 


( 1 ) Bayet. Le suicide et la uiorale. 

( 2 ) G. Goblot. La barriére et le niveau. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


59 


gía, en una empresa colectiva cualquiera, hace imposible la 
revolución: pero la derrota o el fracaso originan el escepticismo 
y el análisis de lo que no puede ser ideal. 

Pero no solamente en ese sentido de negación influyen los idea- 
les o el pensamiento dominante: su aspecto más interesante se pro- 
duce cuando se convierten en una afirmación. El siglo XIX con 
un entusiasmo casi místico en el progreso indefinido de las cien- 
cias puso también su esperanza en una solución de organización 
social que respondiera al criterio científico. La preocupación 
por la organización económica representa, por una parte, la 
falta de confianza en las organizaciones políticas, pero por otra 
representa también la seaiiridad de que se está en presencia de 
una solución que responde a la lógica de la técnica actual, como 
veremos más adelante. 

En ese sentido, pues, el socialismo tiene características co- 
munes con las tendencias revolucionarias de todos los tiempos 
y, a la vez, sus características propias. 




Capítulo III 


1. El estudio del socialismo. 

2. Definición. 

3. Los problemas. 

4. Los sistemas y la mentalidad social. 

5. La esperanza en la justicia. 

6. El socialismo y nuestra época. 




1. — El socialismo ha adquirido ya los caracteres de un acon- 
tecimiento histórico con influencia en toda la organización 
social. Es tan considerable su importancia que es imposible 
reducir su estudio a una determinación de caracteres, o a un 
análisis de sus propósitos. 

Sean cuales fueren las apreciaciones que se hagan de ese 
acontecimiento histórico, la calificación que recaiga en él no 
puede disminuir su trascendencia y servirá para caracterizar 
toda la revolución política, social y económica del siglo XÍX y 
principos del XX. 

Por lo mismo que es un fenómeno social se desnaturaliza su 
esencia ál considerarlo ya sea sólo como la concepción de un 
hombre o de un grupo de hombres, como la expresión de un 
tema filosófico, político, sociológico o económico, o bien exclu- 
sivamente como programa de transformación social. 

Esos son sólo aspectos del fenómeno social, cuyas proporcio- 
nes son más vastas y se relacionan con todo el pensamiento 
nuevo, producto de la transformación de la mentalidad moderna 
en todo género de actividades. 

Para realizar un análisis del socialismo es necesario destacar, 
pues, los distintos modos como puede efectuarse ese estudio. 

2. — En primer término, debe aclararse una cuestióai de nom- 
bres y de clasificación. El hecho de que el soialismo haya sido 
organizado con fines políticos ha serAÚdo para complicar este 
aspecto. Cada agmpación ha pretendido ser la única en repre- 
sentar la verdadera ideología excluyendo a todas aquellas que 
no tuvieran su programa de acción El comunismo de Marx 
trataba con desprecio a los que se titulaban socialistas y sólo 
tenían una concepción utópica del fin perseguido, y en estos 
últimos tiempos, las luchas dentro de cada país y en el movi- 



G4 


ANTONIO M. OROMPONJS 


miento mundial muestran siempre el ijropósito de cada grupo, 
de considerarse los únicos verdaderos representantes del mo- 
vimiento. 

A mediados del siglo pasado la cuestión de nombre tuvo su 
importancia. Una corriente transformadora surgió de los re- 
volucionarios políticos, pero solamente a partir de un momento 
dado esos revolucionarios dejaron de esperar las mejoras de 
un simple cambio de régimen de gobierno, para desear la re- 
forma de la organización social. Ya fuera como contrapuesta 
al individualismo, como lo expresa Fierre Leroux, quien pre- 
tendió ser el creador de la palabra, o bien como conjunto de 
asociaciones cooperativas en lucha contra el estado, como lo 
pensaba Owen; ya fuera una expresión para caracterizar las 
doctrinas que abandonaban los problemas políticos para pensar 
en los nuevos problemas morales y económicos, esa corriente 
titulada socialista, consideraba injusta la organización social 
del momento y deseaba su reforma. Es ese mismo propósito 
el que va a caracterizar, en general, al comunismo. Los fines 
de éste aparecen en el manifiesto de Marx y Engels del año 
1848 y en los socialistas que se denominaban colectivistas, en 
el Congreso de Basilea, del año 1869. (^) 

Pero, si la cuestión de nombres tiene su importancia dentro 
de la corriente y también para diferenciar sus propósitos de ac- 
ción inmediata, pierde su valor cuando se pretende estudiar el 
aspecto general del problema sin distinguir las líneas que siguen 
en particular los sistemas socialistas. 

Basta para este estudio caracterizar lo que debe entenderse 
como socialismo y a tal efecto es forzoso hacer una distinción; 
en general, y no sólo en la masa de socialistas sino en muchos 
teorizadores, lo que determina su acción es el deseo de obtener 
mejoras y de alcanzar el bienestar social reformando su organi- 
zación. En general, los creadores de sistemas tienen un propó- 
sito más definido: para lograr ese propósito de bienestar es 
preciso eliminar las desigualdades económicas que impiden a 
los hombres alcanzar la felicidad. El socialismo sostiene que 
todo eso puede obtenerse suprimiendo la propiedad privada o 


{ 1 ) Lalande. Vocabulaire Tecbnique et Critique de la Phüosophie. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


06 


individual j socializando, por lo menos, las fuentes de produc- 
ción. (^) 

2. — Queda así, de hecho, indicada una primera clasificación 
de cuestiones. En primer término la aspiración, cada vez más 
generalizada hasta llegar a ser el ideal de una masa o de toda 
una clase social, de esperar la felicidad, de reformas económicas 
más o menos vagamente concebidas. Frente a esa aspiración co- 
lectiva está la referente al estudio de las teorizaciones o siste- 
mas socialistas que pretenden, ya dar un fundamento lógico o 
científico a esa aspiración psicológica, o bien sintetizar en crea- 
ciones concretas el ideal colectivo de la reforma. 

El primer aspecto presupone el estudio de una corriente social 
que se va presentando por acciones de diversas índoles y el 
método a emplearse en su estudio deberá ser idéntico al que se 
utiliza para cualquier otro acontecimiento histórico. 

Podría estudiarse cómo aparecen estas corrientes revolucio- 
narias, cómo tienen su origen en una reacción contra determi- 
nadas fábricas, para extenderse luego, con las explosiones de 
furor popular, en una serie de atentados contra las máquinas 
y los establecimientos industriales, especialmente en el luddismo 
inglés, en las rebeliones de los tejedores de Lyon en 1831 y de 
Silesia, Peterwaldau y Langebielau en 1844, etc. 

Paralelamente a esas convulsiones de carácter obrero, han 
aparecido las revoluciones o intento de revoluciones de carácter 
político. Desde la conjura de los igualitarios encabezada por 
Babeuf, durante la primera Erepública en Francia, hasta las 
organizaciones de Mazzini, Leroux, Louis Blanc, Blanqui, etc., 
todas esas actividades tienen más la necesidad de una acción 
que el concepto de una reforma. 

Siguiendo hasta la actualidad la corriente socialista que po- 
dríamos llamar de hecho, tenemos como problemas históricos, 
su organización en partido ajustándose ya a un programa de 
acción dentro de cada Estado, después del fracaso de la Inter- 
nacional que imaginara Carlos Marx, las luchas en cada país por 
transformar, como se fué transformando, el criterio de la fun- 
ción de los gobiernos. Estos dejaron de concebirse como simple 

( 1 ) Hamon. Socialisme et Anarchisme. E, Durkheim. Définition du 
Socialisme. Rev. de Métaphysique et Morale. 28® année N.® 4. 



66 


ANTONIO M. GROMPONE 


función de garantía, para convertirí-'e en función predominan- 
temente económica, y tendiente a mejorar la 8itn ación de los 
individuos y el bienestar general. Comprende este estudio toda 
la evolución de la sociedad en la última mitad del siglo pasado 
y en el siglo actual, caso típico de cómo una tendencia puede no 
triunfar con sus hombres, mientras se va realizando con la acep- 
tación de sus ideas por sus mismos adversarios. 

Cada Estado ofrece así, una particularidad especial, y mien- 
tras algunos sólo se transformaron con la dolorosa experiencia 
de la guerra última, Italia entre ellos, otros adoptaron desde 
un principio soluciones socialistas dentro de organizaciones que 
responden al concepto más antiguo del estado, como ocurrió 
en Alemania a fines del siglo pasado, y hasta aparecen los casos 
de realización más o menos completa de las reformas soñadavS, 
como en Rusia, parcialmente en Hungría, etc. 

Un aspecto de la cuestión relacionado con la raza podría 
completar el cuadro. Se ha dicho que el verdadero espíritu re- 
volucionario es latino o eslavo. En las aspiraciones socialistas 
de los pueblos sajones se disocia el pensamiento y la acción, 
pues se orientan casi siempre hacia una ideología cuyo fin in- 
mediato no es la acción o bien hacia una acción inmediata que 
no pone su esperanza en la renovación social, como el tradeu- 
nionismo inglés, por ejemplo. Surgirán así, en la historia de 
los movimientos sociales, características de raza y de localidad. 
T, sutilizando aún más, hay un detalle interesante que suele 
interpretarse de modo diverso: lo que se ha dado en llamar in- 
fluencia judía en el socialismo. Una enorme cantidad de diri- 
gentes, empezando por los más importantes, Marx, Lasalle, el 
mismo Lenin, son de origen judío. 

La investigación de las causas que dan origen a todos estos 
hechos permitiría estudiar toda la actividad de los últimos cien 
años, desde el punto de vista social, político, económico y aún 
en los aspectos psicológicos e intelectuales. 

El estudio del socialismo sería considerado como hecho so- 
cial, como tendencia que se desarrolla en un medio dado y que, 
aún influido por las acciones personales, es, ante todo, una re- 
sultante de la mentalidad o de las características colectivas 
sin las cuales nada hubiera podido ocurrir. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


67 


4. Cuando se leen los innumerables volúmenes que se han 
escrito sobre el socialismo para dar idea de lo que significa ese 
fenómeno y de cómo ha evolucionado o cómo ha actuado se 
presenta como fundamental y determinante la aparición de los 
sistemas racionales creados por mentalidades individuales pa- 
ra criticar el régimen social existente y determinar cómo debe 
transformarse a fin de realizar el bienestar esperado. 

El método es conocido: empezando por los sistemas que Marx 
caUficaba de utópicos, desde Platón, Tomás Moro, Campanella, 
Morelly, Fourier, hasta las concepciones que toman las ideas 
de Marx y Engels como básicas, la producción socialista es in- 
mensa. La crítica de las mismas x)uede hacerse destacándolas 
del medio social en que aparecieron, como producciones intelec- 
tuales análogas a las de Grocio, Hobbes, Loche o Eousseau, que, 
si bien responden a problemas que se agitaban en un medio 
dado, tienen también un marcado sello personal. 

Si se estudia el origen filosófico de esos sistemas, aparecen 
relacionados con determinadas concepciones a las cuales se 
vinculan como unaconsecuenciaouiia continuación délas mismas. 
Es el caso de los sistemas de Marx y Engels con respecto a Hegel 
y Feuerbach, por una parte, y a la filosofía positiva o materia- 
lista, en general, por la otra. Así como aparece en otras menta- 
lidades la influencia de los teorizadores franceses de aquel 
período, se puede destacar en los socialistas y comunistas como 
Babeuf, Saint Simón, Blanqui, todo lo que deben a Eousseau 
y a los políticos de la revolución francesa. Al investigar el funda- 
mento filosófico de los sistemas socialistas puede procederse 
con ese criterio, rehaciendo, así, el trabajo que Engels realizó 
con respecto al marxismo y a sus propias ideas, relacionándolas 
con los sistemas de Hegel y Feuerbach (^). 

Este trabajo vincula un sistema de acción o de propaganda a 
un sistema especulativo, explicando cómo una construcción ideo- 
lógica puede llegar a convertirse en bandera de renovación 
social. En un sentido más amplio aún, esos sistemas se armoni- 
zan con el pensamiento de una época y tienen profundas re- 


( 1 ) Eiigel»: Anti Duhríng. Ib. Feuerbach y el fin de la filoBofía clásica 
en Alemania. 



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ANTONIO M. GROMPONE 


laciones con el concepto del hombre y del mundo que se tiene 
en un período dado de nuestra civilización. 

Las críticas que corrientemente se hacen al socialismo toman 
como esencial la existencia de los sistemas definidos. Parece admi- 
tirse que destruyendo las concepciones de los teorizadores 
desaparecería toda la aspiración social pues ésta se aterra a las 
esperanzas que aquéllas determinan como posibles. 

La indicación, hecha anteriormente de que, independiente- 
mente de los sistemas, y antes que ellos, han aparecido convul- 
siones sociales, demuestra la falta de lógica de tal criterio. 

En todos los tiempos han habido teorizadores que criticaban 
el régimen social de su época y presentaban modelos de organi- 
zación; ya hemos citado los más típicos. Platón, Campanella, 
Tomás Moro. Pero esas creaciones se mantuvieron a pesar de 
sus características aparentes, en el terreno de las discusiones 
teóricas. Sólo se presentaron como soluciones posibles dentro 
de un criterio racional, como consecuencias de una ética indi- 
vidual y no como derivados necesarios de hechos o fenómenos 
reales. jSTo respondían, por otra parte, a aspiraciones sociales 
del momento, ni encontraron eco en las masas. En efecto. Platón 
buscó inútilmente la realización de su república, a pesar de todo 
lo que esperó de Dionisio de Siracusa. 

Mientras las ideas se mantienen en el terreno de la investi- 
gación ideológica pura, no dan origen a ninguna agitación en 
las masas, ni siquiera llegan éstas a interesarse por ellas; pero en 
determinadas cireunstancias, se convierten en ideales éticos e 
impulsan a la acción colectiva, inspirando movimientos muy 
diferentes, a veces, a aquellos que les dieron origen. 

En casos así, los programas y sistemas de los teorizadores 
sólo representan índices para apreciar el otro fenómeno, el movi- 
miento social, fenómeno más importante, que valoriza y da efi- 
cacia a las mismas teorizaciones. En el socialismo, fué esa co- 
rriente social que indicamos al principio, esa aspiración colec- 
tiva de mejoramiento, esa ansia por encontrar un poco de bie- 
nestar, lo que hizo nacer los primeros movimientos y lo que, 
una vez determinada concretamente la reforma esperada, agrupó 
a todos los descontentos en tomo de los programas socialistas, 
comprendidos de diversos modos y muchas veces ingenuamente 



FIXOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


«9 


comprendidos. Discutir esos programas sólo significaría, por 
tanto, dejar de lado la naturaleza real del problema, porque sólo 
se considera aquí el contenido C/Spiritual del movimiento. 

5. Por otra parte, ese mismo movimiento social no puede 
explicarse sólo por el descontento de las masas. Hay en la ten- 
dencia socialista, considerada como actividad de Ips masas, un 
doble aspecto: mientras aparece el descontento por lo actual y 
se aspira, en general, a obtener un poco más de bienestar cuando 
no la felicidad en la vida, toda esperanza de mejoramiento se 
presenta no como solución de conveniencia, sino como el reinado 
de la justicia. No basta la felicidad: es preciso que ella sea un 
derecho y que nadie legítimamente pueda impedir el adveni- 
miento de los buenos tiempos. 

Este doble aspecto del socialismo como movimiento popular 
nos permite dar también un doble valor a los sistemas teóricos 
o a los programas. 

El primer valor es el de responder a esa ansia de bienestar y 
presentarla como posible; su éxito es consecuencia por tanto, 
de que la mentalidad social esté ya orientada de conformidad 
con lo que esos sistemas expresan. Y, además ellos elevan al 
terreno de la justificación racional, ( sea racional, simplemente, 
lo lógico o lo científico ) a esas mismas aspiraciones sociales, 
haciéndolas aparecer como justas y legítimas. 

Fué, por tanto, un momento trascendental para el socialismo, 
aquél que transformó las agitaciones revolucionarias haciendo 
que esas convulsiones desordenadas en contra del maquinismo, 
de las fábricas, de los capitalistas, como causantes de la miseria 
de una agrupación concreta, adquirieran coordinación, vinculán- 
dolas como resultado de un mismo mal, y justificándose ellas 
mismas al encontrar una concepción ideológica para determinar 
su finalidad ideal, lo que les daba al mismo tiempo, caracteres 
más vastos que los de simple conmoción con fines inmediatos. 
Esa ha sido la extraordinaria importancia del sistema de Marx. 
Por un lado desarrolla con criterio científico la crítica del ré- 
gimen existente, la injusta opresión del proletariado y muestra, 
por otro, como consecuencia fatal, la seguridad de la transfor- 
mación futura. 

Cada vez que una agitación puede, así, vincularse a una ideo- 



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ANTONIO M. GROMPONK 


logia, que reconoce la necesidad de la reforma y la justicia de la 
esperanza, el fracaso aislado no significa, en modo alguno, la 
desaparición ni del descontento, ni de la convicción deque, como 
es justa la esperanza, fatalmente debe realizarse algún día. 

Las revoluciones se produjeron con carácter permanente 
en las antiguas democracias de los Paises Bajos. Los tejedores, 
sobre todo, convulsionaron más de una vez la ciudad y más de 
una vez también, la revolución triunfó, como ocurrió después 
de Courtrai contra Felipe el Hermoso. Como faltó siempre el 
concepto de una nueva organización social, el efecto sólo con- 
sistió en un cambio de personas después de graves desórdenes. 
No se transforma, por tanto, ni el régimen judicial, ni el finan- 
ciero, ni el miütar. (^). 

Ya estudiamos cómo otra corriente revolucionaria, el cris- 
tianismo, adquirió importancia y extendió su influencia, cuando 
pudo verse libre de discusiones metafísicas y se convirtió en un 
ideal ético al transportar a la vida futura el reinado de la jus- 
ticia y de la felicidad. (^) 

Los sistemas socialistas tienen, pues, una característica especial. 
Creados para orientar la acción social transformadora del régimen 
actual, justifican esa corriente utilizando los procedimientos 
que pueden despertar una convicción de conformidad con la 
mentalidad común. Para que puedan armonizar con la revo- 
lución, deben surgir, de hecho, de un pensamiento que también 
se renueva. Esas ideologías deben responder, por tanto, a una 
transformación del modo de pensar del medio donde apa- 
recen. 

El primer problema que se nos presenta en nuestra investi- 
gación y que será el que trataremos de resolver en este estudio 
es, pues, a qué transformación del pensamiento del siglo XIX 
responden las ideologías socialistas, para que hayan tomado 
asiento en la realidad y hayan podido ser consideradas como 
el evangelio de las aspiraciones sociales, en una búsqueda ansiosa 
de felicidad y de justicia. 


( 1 ) H. Pirenne. Les anciennes démocraties des Pays Bas. 
( 2 ) E. Renán. Marc Auxele et la fin du Monde Antique. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


71 


6. — Al estudiarlo concretamente, el socialismo presenta 
aspectos múltiples, que se simplifican conforme se persigue su 
caracterización. Cuando se estudian las características especí- 
íicas de los sistemas, éstos aparecen como polarizados en la fi- 
nalidad ya indicada, de crítica económica al régimen social ac- 
tual y persecución de la socialización, en el futuro, de las fuentes 
de producción. Esta orientación teórica responde a la aspira- 
ción de la masa de esperar el reinado de la justicia en las rela- 
ciones sociales, y como consecuencia, la realización de la felici- 
dad en la vida. Está, pues, vinculado el problema al sentido 
y valor que debe dársele a la vida, lo que depende de toda; la 
oilentación espiritual de un momento dado. Así, vemos desarro- 
Ihivse el asunto concreto y relacionarse con el pensamiento de toda 
una época. 

Pero esa preocupación por la felicidad no es ima caracterís- 
tica de los tiempos actuales únicamente. 

Si las desigualdades ecxjnómicas fueran producto de nuestro 
tiempo solamente, se explicaría que movimientos como los del 
socialismo aparecieran sólo ahora. Pero las desigualdades ca- 
racterizan toda la historia humana y ¿por qué sólo en estos mo- 
mentos ponen los hombres toda su esperanza en la revolución 
económica t 

A primera vista, se considera el socialismo como un producto 
exclusivo del siglo X IX, y si bien considerado en particular, es 
un fenómeno de los tiempos modernos, considerado en su as- 
pecto general de aspiración social a ima mejora en la crganiza- 
cióit colectiva que traiga consigo la felicidad, no es caracterís- 
tico del siglo pasado ni siquiera de la civilización moderna. 

Ya hemos visto cómo en diversos períodos de la historia se 
pueden estudiar fenómenos análogos: en ciertos momentos 
han preocupado a los hombres los problemas qite se refieren 
al sentido y valor de la vida, y la esperanza de obtener la feli- 
cidad La puesto como objetivo a perseguirse, ya una revolución 
religiosa, ya una transformación del régimen político o econó- 
mico. Los pobres y los humildes confiaron en que la realización 
de ese ideal inmediato les traería el bienestar que terminaría 
con sus padecimientos. 

El budismo y el cristianismo, las revoluciones religiosas de 



72 


AN’l'OÍOlO M. GROMPONE 


Ameiiopliis IV y las convulsiones políticas y conómicas que se 
sucedieron en el Imperio de Menphis, las reformas agrarias de 
los romanos, representan episodios de esa lucha eterna de los 
hombres en busca de la felicidad. 

Pero esa lucha únicamente transforma el medio social y 
coordina las convulsiones aisladas cuando detrás del ideal apa- 
rente e inmediato, hay un criterio filosófico, político, religioso 
o moral, latente, que comprende problemas de más vasta pro- 
yección y que van sustituyendo el modo de valorizar la vida en 
los tiempos prontos a desaparecer. 

Resulta, así, el socialismo sólo un aspecto de un fenómeno 
que abarca toda una forma de actividad social, y al universa- 
lizarse en el tiempo deja de ser especial de nuestra época. 

Eso permite, al ampliar su alcance, comprender mejor su na- 
turaleza. 

Por lo demás, esa naturaleza se transparenta aún en el hecho 
de que las revoluciones regionales y nacionales originadas por el 
movimiento popular se extienden a países diversos, en los cuales 
existe la misma organización social y una mentalidad parecida. 

Deja, así, de tener interés la discusión de los sistemas. El so- 
cialismo es una corriente que no puede estudiarse con indepen- 
dencia de la mentalidad de la época. Y no pueden eliminar su in- 
fluencia las críticas que se le hagan desde el punto de vista de 
la lógica o de la dialéctica. 

Nuestro propósito es considerarlo como un producto del mo- 
vimiento intelectual y psicológico de la época, y, por tanto, 
como un fenómeno que toma su lógica y su razón de ser del me- 
dio mismo en que surge. Bueno o malo, es producto de su tiem- 
po y un producto normal; para que desaparezca se tiene que 
realizar parte de su programa económico, a fín de que las masas 
pierdan la esperanza puesta en esa transfoimación. 



Capítulo IV 


1. Psicología y socialismo. 

2. La. íorma de propaganda. 

3. Socialismo y religión. 

4. Las exaltaciones populares. 




1. — Los problemas psicológicos a que da origen el análisis 
del socialismo pueden variar hasta el infinito. 

Los hombres que han formado entre sus propagandistas 
o sus adeptos, han tenido su estado de espíritu individual y 
éste pudo variar como varían las características de todo hombre. 
Sancho persigue el gobierno de su ínsula, mientras Don Quijote 
va en busca de otros intereses menos tangibles. En todo mo- 
vimiento social hay siempre esa misma variedad de matices. 
Sería, por tanto, dasnaturalizar el problema preocuparse sólo de 
los individuos aislados. Estos pueden tener aspiraciones o idea- 
les no siempre de acuerdo aon el fin ostensiblemente perseguido. 

La otra cuastión a destacar, es que tampoco se tiene una 
noción exacta del movimiento cuando se concibe como si se 
produjera a consecuencia de una idealidad construida y acep- 
tada racionalmente: es una esperanza de felicidad que se conse- 
guirá con una fórmula dada y a la cual los hombres se adhieren 
por influencias psic<ológicas complejas, más afectivas que inte- 
lectuales. 

El sistema puede no ser lógico, pero tiene eficacia para inspi- 
rar una convicción, una fe en la solución propuesta. Los teo- 
rizadores, especialmente los universitarios de todos los países, 
que viven siempre en un mundo de artificioso racionamiento 
lógico, no pueden concebir cómo una creación que no contem- 
ple toda la maravilla del raciocinio escolástico, puede impre- 
sionar a las masas. Y sin embargo, el valor del sistema está 
principalmente en que tiene esa fuerza sugestiva que no resulta 
de un razonamiento. Sorel destaca en el socialismo, como pro- 
ductor especial de su eficacia revolucionaria, el mito de la huel- 
ga general. El mito puede ser ése u otro, según las circunstancias. 
El hecho cierto es que las discusiones sobre fundamento teórico. 



76 


ANTOÍCIO M. GROMPOME 


posibilidad racional de realización del sistema, no pueden des- 
pertar, ni despiertan, fe alguna en las soluciones. 

Esto explica la ineficacia de todo análisis de los sistemas so- 
cialistas, para destruir el valor de ellos. Harnack observa que 
los argumentos de Celso y Porfirio contra el cristianismo son 
todavía insuperables (mando se examina naturalmente esta 
religión como un sistema de doctrinas. A pesar de eso, el cris- 
tianismo triunfó y se extendió cada vez más en las masas. Las 
argumentaciones de Tertuliano eran más sentidas y respondían 
mejor al espíritu de entonces, quedos ataques de Celso y Porfirio. 

Toda creencia se caracteriza por esa adhesión afectiva que da 
valor a raciocinios sin significado, cuando se les analiza fría- 
mente. Es que lo esperado y lo deseado con fuerza, aparece 
como más posible a despecho de todo razonamiento, y aún coti- 
tra la evidencia misma de los hechos. El fanatismo de los viejos 
soldadí}S de Napoleón les hacía dudar de su desaparición del 
escenario político, y aún después de su muerte les mantuvo 
la esperanza que retornaría para reanudar su carrera de triun- 
fador. 

El razonamiento es sólo una excepción en el hombre. Nues- 
tra vida espiritual está hecha de impulsos y de adhesiones que 
no tienen una explicación previa. Los historiadores han con- 
tribuido a crear, en lo que se refiere a explicación de aconteci- 
mientos, la noción de que pudo existir una previsión racional 
en los mismos. Aún en aquellos acontecimientos vinculados a 
actividades espirituales, es inexacta. Los mismos historiado- 
res son la negación de ésto puesto que siguen su convicción 
más que el frío análisis de los acontecimientos. 

El error tiene su origen en la creencia de que la influencia de 
una doctrina o de un pensador se produce por el conocimiento 
del mismo. % Cuántos hombres han leído y pensado directa- 
mente a Kant, Descartes, o Bergson *? Más que productores 
de un movimento, los sistemas son índice de ese movimiento, 
formas de exteriorizarlo. 

Las ideas aparecen en el medio con una variedad extraor- 
dinaria; ¿ cuántas circunstancias independientes del valor 
intrínseco de las mismas producen el éxito ? 



FILOSOFIA PE LAS REVOLPCIONES SOCIALES 


77 


Al estudiar un período de agitación espiritual intensa, como 
el período alejandrino, por ejemplo, sentimos una impresión de 
estupor: de tener que elegir la convicción más lógica, el espí- 
ritu se abismaría. ¿ Por qué se eligió una concepión del cris- 
tianismo más que otra ? No fué la lógica la que predominó, 
sino la característica psicológica del momento. 

Eso es también verdad con respecto al socialismo. De las 
primeras concepciones, vagas, imprecisas, de principios del 
siglo XIX, a la discusión sistemática del siglo XX hay un 
abismo. Pero no fué la lógica la que lo determinó todo: las 
características sociales indicaron la marcha que debía adoptar 
el pensamiento. 

He aquí por cpié las tesis contrarias al socialismo son, en ese 
período, de una vulgaridad de criterio aplastante; la argumen- 
tación es inferior, el pensamiento no se eleva, todo es pobre. 
Es que solamente tienen sentido común, frente a una ideología 
renovadora que responde al estado de espíritu de la época. 
A una orientación indiscutiblemente generosa oponen una argu- 
mentación de imposibilidad, y frente al convencimiento de que 
existen injusticias, de que hay miserables y hartos, indican so- 
luciones ya experimentadas que ni tienen el atractivo del ideal 
no realizado, ni hacen nacer la esperanza de que la justicia rei- 
nará de un modo definitivo. Pero, es que en el fondo, se siente 
que el verdadero inspirador de esta actitud es el egoísmo de 
conservar posiciones adquiridas, el deseo de justificar una si- 
tuación que es dolorosa para muchos. 

Aún los opositores al socialismo sienten la necesidad de cam- 
biar algo en el estado social del momento, y por eso su condi- 
ción espiritual no puede ser íntegramente igual a la de los viejos 
tiempos. Una argumentación lógicamente impecable de acuer- 
do con los conocimientos actuales, resulta, así, una triste argu- 
mentación. 

Tal vez en el porvenir todos esos razonamientos tengan un 
sentido. El socialismo se ha ido realizando, y en los países 
(X)mo Rusia, donde el éxito inicial ha sido completo se han pre- 
sentado algunos de los hechos previstos por los opositores. Sea 
cual fuere la explicación que se les dé a aquellos hechos, quizás 
cuando el actual estado de espíritu haya desaparecido, esas 



78 


ANTONIO M. GROMPONE 


argumentaciones, pobres b(>y, tendrán el valor de las de Celso 
frente a Tertuliano. Y en un caso como en el otro nada signi- 
ficará el aspecto racional frente al psicológico: el éxito de la 
corriente renovadora no depende de aquél. 

2. — Una característica que ha contribuido a fomentar el 
desarrollo del socialismo, pero que también ha sido elemento 
principal de la influencia de las esperanzas fundadas en la ima- 
gen de una sociedad futura y el predominio de los factores 
sentimentales, ha sido el hecho de que se ha propagado, en 
gran parte, por las asambleas, y, en los últimos tiempos por 
la propaganda de prensa. Estas circunstancias han contribuido 
de un modo fundamental a crear la mentalidad colectiva y a 
uniformar el espíritu del socialismo. 

Lo doctrinario aparece así, solamente como una fuerza mis- 
teriosa que se presenta como fundamento a las cálidas explosio- 
nes de la crítica a lo actual y a la esperanza del porvenir. 

Por lo demás, es un hecho perfectamente conocido que en 
una reunión de hombres que tengan algunos puntos de contacto 
afectivos, hay una influencia recíproca que concreta en el mis- 
mo sentido la actividad psicológica. Puede discutirse la exis- 
tencia de una psicología colectiva cuando se trata de estudiar 
la mentalidad de todo un pueblo, pues es, entonces, difícil 
precisar en qué consiste este espíritu, sobre todo cuando no se 
tiene un hecho concreto, un punto de referencia, un estado 
afectivo individualizado. Pero el asunto es más fácil de deter- 
minar si se estudia una forma de la actividad personal en lo que 
ella tiene de común, con esa misma forma en una agrupación 
de hombres. 

Las asambleas han dado carácter propio a la corriente so- 
cialista y han formado una mentalidad especial orientada 
en sentido afectivo. Esto solamente es comparable con lo ocu- 
rrido cuando la difusión de las antiguas religiones, las que 
también fueron propagadas por medio de asambleas o reunio- 
nes de prosélitos. Las religiones, como las corrientes revolu- 
cionarias, sólo se extienden por medio de apóstoles, categoría 
especial de convencidos que realizan la difusión de las concep- 
ciones. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLVCIONES SOCIALES 


79 


3. — To^fliS estas analogías han hecho pensar que entre el 
socialismo y las religiones hay, no una coincidencia, sino 
una identidad profunda de elementos. 

Ya hemos visto que sólo tienen formas comunes de aparecer, 
puesto que son expresiones de movimientos revolucionarios 
y que, en cambio, en cuanto a soluciones en sí, son perfectamente 
diferenciadas. 

Ahora se destaca la otra similitud de formas en lo refe- 
ferente a la mentalidad del revolucionario. Se ha dicho que los 
religiosos de Persia tienen una extraordinaria predilección por 
tomar para sí todo lo que les parece interesante en las creencias 
de los demás y asimilan los principios más contradictorios acep- 
tan o los más opuestos dogmas. (^) 

En realidad este fenómeno es característico de tod período 
de verdadera religiosidad, desde que no se razón , un ; mística 
o una religión, sino oue se expresa especialmente por imágenes 
no lógicas. Y eso es también un aspecto de t da ideología re- 
volucionaria. 

E efecto, no preocupa que ésta tenga principios contradic- 
torios, porque el único objetivo espera o, la única aspiración 
intensa, es obtener la transformación del régimen social de 
acuerdo con esa necesidad de renovar lo existente, de abolir el 
privilegio; y todo aquello que se considera bueno para provocar 
esa renovación se justifica por sí solo, aunque los medios ean 
inconciliables. Es en el momento de realizar la ideología, cuan- 
do aparecen las divergencias de táctica. 

El razonamiento de las masas no permite construir u '. siste- 
ma completo y armónico ni tampoco encontrar la oposición 
lógica de dos ideas, cuando esas ideas contienen, por igual, 
principios de su agrado y esperanzas cuya realización se desea 
con la misma intensidad. 

Y esa misma falla se encuentra en toda concepción de la men- 
talidad colectiva, ya sea al desarrollar programas políticos, ya 
en construcciones morales: ¿ hay, acaso, algo más contra- 
dictorio que la preocupación simultánea por la organización, 
que disminuye el valor de lo individual frente a la institución 


( 1 ) Gobineau. Philosophie et Religions de TAsie Céntrale. 



80 


ANTONIO M. GROMPONE 


social, y por la felicidad del individuo que es la negativa de esos 
mismos fines colectivos ? Es que todas esas contradicciones 
no están en la realidad misma, sino en el criterio del que las 
analiza, al pretender medir una tendencia o un movimiento 
con una medida de creación artificiosa. El pensamiento es un 
modo de actividad espiritual, pero no es toda la actividad de 
la vida; luego, el pensamiento lógico solamente puede tomar 
algo de lo real, y lo que sea contradictorio para él, no carecerá 
necesariamente de sentido, en la profunda realidad. 

Descartada, por tanto, la identidad total entre lo religioso 
y el socialismo, % tendrá razón de ser ese paralelismo en otro 
sentido f 

La fe en la religión es necesaria para la transformación del 
individuo que presta su adhesión a una idea: en el socialismo 
es sólo necesario el convencimiento que vendrán los nuevos 
tiempos y que desaparecerán las injusticias actuales. En una 
palabra, el individuo, aún perteneciendo a una religión orga- 
nizada, acepta íntegramente todo lo que está en su fe, y es una 
adhesión íntima lo que hace que la religión tenga su eficacia; 
en el socialismo, el individuo confía solamente en el fin a al- 
canzarse: todo el resto es sólo un acto de adhesión a una orga- 
nización activa y deja, algo, por tanto, a la decisión de elementos 
exteriores a su propia voluntad. 

Existe, en cambio, el mismo sentimiento *? Las religiones 
presentan una mezcla compleja de estados afectivos que van des- 
de el simple temor, al amor super-humano por la justicia, la 
bondad o la armonía divinas. De un Ruysbroeck a un Mahoma, 
la diferencia marca todos los matices de las posibilidades reli- 
giosas. No hay un sentimiento religioso, hay variedad de sen- 
timientos religiosos. Lo que predomina en ellos, cuando la 
religión tiene característica propia y se ha organizado una ética 
como finalidad de la misma, es la creencia y la esperanza en 
una justicia superior a la humana. 

Ya vimos que las revoluciones sociales también creen y con- 
fían en la justicia; pero mientras en las religiones el reinado de 
la justicia vendrá por obra de la divinidad y del esfuerzo indi- 
vidual, en el socialismo el reinado de la justicia irá imponién- 
dose a los individuos por la organización social. 



FILOSOFIA DE l.AS KEVOEUOIONES SOCIALES 


81 


Jío pueden, pues, considerarse idénticas las concepciones re- 
ligiosas y las ideologías socialistas. Unas y otras han sido in- 
fluenciadas, como lo dijimos antes, por la misma aspiración ^ 
lá justicia y por el mismo deseo de suprimir los dolores humanos: 
no fueron, ni son, fines en sí mismos, sino medios para obtener 
estos otros fines. De ahí que existan las semejanzas porque 
ambas son episodios del esfuerzo del hombre por mejorar su 
propia suerte, para dar sentido y valor a la vida eliminando 
irritantes situaciones de sufrimiento. 

4. — Han existido corrientes psicológicas que han dado ori- 
gen, en los adeptos al socialismo, a dos estados de espíritu dis- 
tintos. 

Por una parte, los dirigentes como Babeuf, Blanqui, Barbés, 
Bernard Martin, Huber, actúan en las sociedades, en reuniones 
partidarias, en asambleas y tienen su programa de propagan- 
distas políticos, es decir, de hombres que aspiran a dirigir la 
sociedad, organizándola y reformándola, y que, para extender 
a un mayor número sus convicciones, forman elementos aptos 
para la propaganda. Por la otra parte existen las aglomeracio- 
nes espontáneas de asalariados, especialmente de aquellos que 
han provocado insurrecciones, ataques, destrucciones de fá- 
bricas o hechos de carácter violento contra el régimen existente, 
considerándolo, con un simplismo lógico, encarnado en las má- 
quinas que destruían ( luddismo inglés ) o en las fábricas que 
no les daba el salario que necesitaban para vivir, ( tejedores 
de Lyon o de Silesia ) como ya se ha indicado antes. 

Mientras en el primer caso se empieza por la crítica del ré- 
gimen social y la aspiración a una renovación, en el segundo caso, 
un hecho concreto, inmediato y tangible hace pensar en la nece- 
sidad de mejorar ese régimen. 

Sobre estas últimas masas, ansiosas y desesperadas por re- 
solver el problema, cae como una esperanza cualquier idea 
que les haga vislumbrar la posibilidad de que en el porvenir 
las relaciones entre los hombres estén basadas en un espíritu de 
justicia. Esas mentalidades sencillas no separan siempre la 
noción de justicia, del odio a los privilegiados que detentan todas 
las ventajas, y más de uno, quizás, interpretará el reinado del 
justo como la caída de los poderosos. 



82 


ANTONIO M GROIIPONE 


Esas dos corrientes coincidirán en un momento dado, pero 
no siempre se confundirán por lo cual en alguna oportunidad, 
será la masa, organizada o no en sindicato, la que luche contra 
los teorizadores en esa acción que alguien ha querido caracte- 
rizar como el espíritu revolucionario en actividad, siempre vivo, 
del sindicalismo, oponiéndose al sistema doctrinario del socia- 
lismo que piensa la revolución sin poderla realizar. 

Es, pues, la síntesis de este análisis, el sentar que la ideología 
de las revoluciones no puede tener las características de un sis- 
tema lógico, perfectamente razonado y pacientemente construido, 
y que tampoco puede considerarse liquidado un período revolu- 
cionario porque se le haya disecado en su doctrina aparente, 
indicando sus fallas o sus errores. Lo que nosotros llamamos ra- 
zonamiento lógico, lo sostiene con toda razón Eibot, es sola- 
mente un período posterior a la creación, y en el modo como se 
aceptan las ideas hay más imaginación, la cual pone de manifies- 
to las cosas, que comparación y prueba obtenidas por los pro- 
cedimientos racionales. La imaginación, fuertemente impreg- 
nada de estados afectivos, destaca todo aquello que responde 
a los sentimientos dominantes, eliminando al mismo tiempo 
todo lo que pueda contrariarlos. 



Capítulo V 


1. La ética del socialismo. 

2 . Individuo y sociedad. 

3. La iDúsgueda de la felicidad. 




1. — Iaos doctrinarios del socialismo han tratado de establecer 
qné criterio debia sostenerse y qué solución práctica se debía 
realizar con respecto a la organización del estado, de la familia, 
y, en general de las relaciones sociales, una vez producido el 
triunfo de la revolución. Dentro de las doctrinas se trata de 
formar una ética como ideal de renovación de la sociedad actual. 

En lo referente al Estado, las soluciones oscilan entre la que 
defiende la potencia de aquél aumentada aún en beneficio 
de la comunidad, como lo indicaron ya Platón, Tomás Moro 
y Campanella, solución sostenida por los socialistas de estado 
y los llamados de cátedra, y aquella que acepta la necesidad de 
sustituir lo actual por la dictadura del proletariado. Esta idea, 
cuyos orígenes podríamos encontrar en Robespierre y Saint 
Just, fué presentada luego por Marx y Engels y sirvió de base 
fundamental y de justificativo al comunismo ruso que pretendió 
realizarla al triunfar. 

En cualquiera de estas soluciones, desaparece el poder o 
autoridad con existencia y valor en sí mismo, para convertirse 
en una organización mantenida en beneficio de la comunidad. 
En el fondo, quizás, haya en esas diferencias un poco de con- 
fusión de palabras. En realidad, lo que se ha dado en llamar 
desvalorización del estado es simplemente, la posibilidad de que 
« el libre desarrollo de cada uno sea la condición necesaria para 
el libre desarrollo de todos.» (^) 

Las tendencias socialistas van diferenciándose en su modo 
de realización y es en el programa práctico donde aparecen 
las más grandes divergencias. Las apasionadas críticas de 


( 1 ) Manifieeto del partid* comunieta de 1848. 



ANTONIO M. GROMPONE 


8S 


Marx contra el programa de Gotha y contra las ideas de Lasalle 
se refieren, asi, casi exclusivamente, a formas de realización, 
a cuestiones de acción práctica. En cuanto a las diatribas vio- 
lentas de los partidarios de la III Internacional contra los so- 
cialistas reformistas, sólo destacan divergencias en los proce- 
dimientos, y la separación actual, entre el grupo triunfante en 
Busia y los revolucionarios excluidos del partido comunista, 
también tienen por causa modos distintos de concebir la acción 
práctica o de realizar la dictadura del proletariado. 

Cuando se mira sólo superficialmente esa lucha dentro délas 
clases revolucionarias, se supone que están separadas por 
divergencias esenciales o por una concepción realmente distinta 
del ideal definitivo, y asombra, al analizar los hechos, que todo 
se reduzca a una simple cuestión de acción inmediata. Es por 
tal motivo que, al estudiar la corriente ética del socialismo y el 
socialismo mismo como orientación general, debe prescindirse 
de esas divergencias para ir a la tendencia común. Haciéndolo 
así, se ve que toda la concepción moral depende del criterio 
sobre el individuo y la sociedad, y que es ése el problema fun- 
damental. 

He aquí lo que origina la verdadera separación entre las pri- 
meras ideologías socialistas, anteriores a la segunda mitad del 
siglo pasado, y las llamadas concepciones del socialismo cien- 
tífico. 

Las denominadas utopías socialistas se caracterizan por con- 
siderar al individuo como elemento determinante de las rela- 
ciones sociales, y admitir que todo depende y se subordina a la- 
acción individual. En realidad, lo perseguido únicamente es 
hacer que la organización social parta de los sentimientos indi- 
viduales o bien de un criterio ético o filantrópico presuponiendo 
siempre que la reforma debe empezar por el hombre. Los re- 
volucionarios y los creadores de sistema de principios del siglo 
XIX se inspiraron en ese criterio que fundamenta moralmente 
sus aspiraciones. 

El origen de todas ellas debe buscarse en Bousseau. Para él, 
todo consistía en sostener la igualdad volviendo al orden natu- 
ral en el cual no existía el derecho de propiedad, que surgió sola- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


87 


mente cuando a un hombre se le ocurrió cercar un pedazo de 
tierra y defenderla por la fuerza. (^) 

La base de toda esa transformación revolucionaria es suponer 
que el orden natural suprimirá las desigualdades creadas arti- 
ficialmente por los hombres y que lo más importante es obtener 
garantías de libertad que impidan se trabe la acción del indi- 
viduo. Perdura este criterio de tomar al individuo como eje, 
aún en sistemas posteriores. Tanto Proudhon como Lasalle, 
por ejemplo, sostienen que las clases sociales se forman por la 
acción voluntaria de sus componentes, mientras Marx y Engels 
afirman que la clase social existe con independencia de todo 
esfuerzo o acción voluntaria de los individuos. Con este último 
criterio se transforman las ideologías socialistas modernas. 

La evolución que se produjo en las doctrinas del socialismo es 
un pasaje del criterio individualista al criterio que mira al in- 
dividuo como una consecuencia de las características sociales. 
Lo primero es todavía una supervivencia de las ideas de la Re- 
volución Francesa, revolución política con moral individualista. 
Estas ideas influyen en todo el pensamiento de la primera mitad 
del siglo XIX, no solo en las concepciones de filósofos como en 
Kant, sino, en general, en la mentalidad social del mundo. 

Las concepciones individualistas responden a la concep- 
ción de la ética general, y se inspiran en el tipo de las morales 
corrientes que, tanto en Francia, como en Alemania e Inglate- 
rra parten de lo individual para fundamentar lo social. Senti- 
mentales, racionalistas o utilitarios, el punto de partida es siem- 
pre el mismo: el individuo, factor esencial, debe realizar la 
transformación social: su voluntad y su conciencia son los 
elementos determinantes de cualquier acción, personal o co- 
lectiva. 

Estas ideas, aunque pretendían transformar el viejo régimen, 
necesitaban de la mentalidad antigua para subsistir. Eso ex- 
plica el por qué de las contradicciones y vacilaciones que se 
han anotado en los teorizadores de ese grupo. 

La nueva corriente socialista inicia la ruptura con el mundo 
antiguo. Al considerar a las clases sociales como independientes 


( 1 ) J. J. Rousseau. Discours sur Tínégalité. 




88 


.ANTONIO M. GROJIPONE 


de la voluntad de los individuos, admite que la organización 
obedece a leyes análogas alas que rigen los fenómenos naturales, 
por lo cual las clases se constituyen con independencia de la 
acción de los hombres tomados aisladamente. La transforma- 
ción o revolución social no i)odría pues, producirse, porque la 
voluntad de algunos la obtuviera, sino como una consecuencia 
de los mismos fenómenos sociales: esa es la razón de que se 
atribuya importancia esencial, como se indicará en el capítulo 
siguiente, a la evolución económica, como característica de loa 
hechos que han de venir. 

El individuo se subordina así, simplemente, a la marcha de 
fenómenos que determinan su acción y deja de ser el punto 
central para convertirse en instrumento de acontecimientos 
que se producen sin que su voluntad los haya determinado. 
La ética social fundamentada en la extensión del individuo, se 
sustituye por la ética social fundamentada en las necesidades 
colectivas. Al indicar, pues, que el factor económico es orientador 
de todos los fenómenos sociales, la ética desaparece con su ca- 
racterística de orientadora del perfeccionamiento individual, 
para encontrar su finalidad en la organización social. 

Esa evolución de conceptos es la conspiración más formidable 
contra la nobleza de la vida humana. Parece obra de enemigos 
del hombre que van infundiéndole, poco apoco, el escepticismo 
del único poder que tiene o cree tener: el dominio de sí mismo. 
Se liquidan organizaciones sostenidas por la confianza en el pen- 
samiento y la voluntad, pero también se liquidan la voluntad 
y el pensamiento mismo. He ahí el primer aspecto de la ética 
revolucionaria moderna. 

2. — Pero esa organización no es exclusiva del socialismo: 
es el resultado de la transformación que va experimentando el 
pensamiento en el siglo XIX, en lo relacionado con la concepción 
moral. 

A partir del positivismo, se trata de presentar lo moral con 
un criterio diferente del sostenido hasta entonces. Por una 
parte, evolucionistas y biólogos lo consideran como una con- 
secuencia de principios científicos que se sustituyen al principio 
metafísico o racional; por la otra, se pretende estudiar lo moral, 
como un hecho independiente de la voluntad del individuo, y 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 




así, la ética, que pretendió hasta entonces indicar la conducta 
a seguirse, se convierte en un fenómeno social estudiado obje- 
tivamente como una cosa. Es una realidad, no sólo indepen- 
diente de la voluntad de los individuos, sino que se impone a 
éstos. Tal es la corriente que ha tenido como principales sos- 
tenedores a Durkheim y Levy Bruhl y que es análoga a la ten- 
dencia surgida en otros medios de hacerla derivar de una psi- 
cología o social, o de razas, o de pueblos. 

Es decir que la transformación que encontramos en el socia- 
lismo con respecto a la apreciación de los hechos humanos, 
es paralela a otras interpretaciones en campos totalmente in- 
dependientes. Esto corrobora más aún, la idea de que las so- 
luciones revolucionarias coinciden con un cambio de criterio 
intelectual y ético del medio, es decir, con una verdadera crisis 
espiritual. 

Y para hacer más patente el paralelismo, esas mismas vaci- 
laciones por apartarse francamente del individualismo, que 
indicamos en las concepciones de algunos socialistas, aparecen 
también en el campo de la moral. Eenouvier y Marión pueden 
fundamentar una solución social de solidaridad, partiendo de 
ideas kantianas; Belot y Eauh colocan el criterio social en pri- 
mer plano, pero vinculándolo siempre a la psicología individual. 

Considerando este asunto desde otro punto de vista, parece 
que a la finalidad clásica de fortificar la voluntad, se opusiera 
la solución moderna que hace imposible dar eficacia al propio 
esfuerzo. En los dos extremos se presentan, el lema estoico de 
sufrir y abstenerse, y la doctrina derivada de los tiempos nuevos, 
de que la voluntad se aniquila considerándose inútil e in- 
eficaz todo lo que signifique fortalecerla, ya sea soportando 
trabajos y dolores o concibiendo la posibilidad de crear fuertes 
individualidades capaces de reaccionar frente al medio. 

Se plantea así el conflicto de la mentalidad actual, cuya so- 
lución parece alejarse cada vez más, por lo menos en el terreno 
del pensamiento. 

Es que se comete un error al suponer que para resolver el 
dilema entre el mantenimiento de la voluntad como fuerza 
y la necesidad de la organización social, es necesario hacer 
desaparecer uno de los extremos, aniquilar una de las formas 



90 


ANTONIO M. GROMPONE 


de solución, es decir, o volver a la ética individualista, tal como 
la establecían las religiones tomando una voluntad fuertemente 
orientada, o bien desechar aquélla para aceptar sólo la influen- 
cia de la organización social sobre el hombre. 

Y este error es común a toda solución de problemas de di- 
ferente categoría que, directa o indirectamente, tienen relación 
con lo social. Ya se vió cómo la ética del siglo XIX tiende a 
eliminar el factor individual y cómo llega hasta pretender cons- 
truir una moral con prescindencia de la orientación personal 
misma. 

También en política, aún las más reaccionarias soluciones 
subordinan el individuo a una organización o a una colectividad. 
El nacionalismo, que iniciado en el campo político va invadien- 
do hasta el arte, surge con los caracteres más opuestos; ya como 
fuerza para dominar a otras colectividades o como fuerza para 
organizarse, cuando se trata de sociedades dominadas. En todos 
los casos, ese nacionalismo tiene en cuenta y va realizando trans- 
formaciones económicas y llega hasta confundirse con las so- 
luciones revolucionarias, como ocurre en algunos países de 
Oriente. 

Las soluciones políticas, dentro de las mismas organizacio- 
nes constitucionales, se caracterizan por el triunfo del grupo 
sobre el pensamiento individual, por el triunfo del partido como 
entidad, y por el aniquilamiento de las iniciativas o posibilidades 
individuales que no se ajusten al engranaje de aquél. Y los di- 
rigentes, pues de alguna manera habrá que llamarlos, viven 
sólo con la preocupación de auscultar el sentir de la masa y ver 
qué es lo que puede captar sus simpatías. Machiavello no 
proponía otra cosa para triunfar en política, lo que explica, 
quizás, el favor de que goza, por primera vez, en nuestros tiempos. 

La pedagogía misma contribuye a favorecer esa orientación, 
porque mientras manifiesta un sagrado respeto por la persona- 
lidad infantil, al dejarla abandonada a sus propias reacciones, 
al darle la noción de que es inútil el esfuerzo, que no tiene 
valor la resistencia humana al dolor, que es imposible el robus- 
tecimiento de la voluntad y del carácter, lo que hace realmente, 
es dejarla que sea un producto de las exigencias sociales, ma- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


91 


leable y dócil a todas las sugestiones exteriores, triunfando 
así la doctrina del menor esfuezo. 

La patología en boga, es, también, la patología de la no vo- 
luntad. 

Hay espíritus que presienten cuál es la falla del estado actual 
y mientras algunos buscan el resurgimiento del antiguo indi- 
vidualismo y hasta aparecen los teorizadores de la fuerza, frente 
al ideal de justicia, otros intentan fusionar las dos soluciones 
y crear el concepto de solidaridad, es decir, el mantenimiento 
del individuo vinculado a la colectividad. ( Durkheim, Bour- 
geois ). 

Pero el individuo para subsistir necesita poseer una orienta- 
ción propia, un ideal, una finalidad, esperar menos del medio 
social y más de sí mismo y todo eso falta actualmente y es lo 
que se busca. Son sintomáticas en tal sentido las obras que 
hablan del despertar de la religión, del espíritu, de la acción 
voluntaria, pero ese despertar carece de valor si no crece sobre 
lo ya adquirido y que ha sido obra de las corrientes revolucio- 
narias. En esa avalancha que aniquila al individuo no han 
desaparecido totalmente los esfuerzos para buscar el extremo 
opuesto y cuando estudiemos el anarquismo encontraremos 
aún más caracterizada esa rebeldía del hombre. 

La revolución social se va produciendo, así, con el triunfo 
de una fórmula que sustituirá a una organización por otra 
y el individuo que no se adapte al engranaje, desaparecerá, 
o se deberá mantener rebelde y en lucha contra los nuevos 
dominantes. Ese peligro encontrarán las organizaciones que 
van apareciendo y de ahí surgirá la ruina de su obra. 

Es, pues, una corriente general lo que ha tendido a colocar 
al individuo en el medio, y como producto de él; pero lo evidente 
es que, si bien esa acción del medio sobre el individuo impone 
la necesidad de contar con la organización como factor impor- 
tante, es preciso también recordar que, como ese individuo 
puede reaccionar frente al medio su capacidad tiene un valor 
y pesa en la accción. Si se elimina ese elemento, si no se le 
tiene en cuenta en la organización, se desecha la posibilidad 
de que vaya preparándose la reacción. Los grandes pueblos 
organizados del mundo. Boma por ejemplo, tuvieron como 



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ANTONIO M. GKOMPONE 


peligro inmediato la existencia de una enorme corrupción in- 
dividual junto a un gran esplendor nacional, lo que creó esas 
situaciones internas de crisis que aniquilaron toda la civili- 
zación. 

Soluciones conciliadoras no aparecen. Las tendencias opues- 
tas se mantienen así, reaccionando una frente a la otra y la mar- 
cha de la humanidad va produciéndose como una oscilación 
entre dos extremos. 

3. — Contribuye a impedir la existencia de ideales elevados, 
el criterio ético que ha inspirado el surgimiento de esas doctri- 
nas: el derecho a vivir, a vivir dichoso, a buscar la felicidad 
en la vida. «El socialismo ... se apoya sobre los derechos posi- 
tivos de la vida, y en todos los goces de la vida tanto intelectua- 
les como morales y físicos; ama la vida y quiere gozarla plena- 
mente «. ( Bakounine ). 

Esto que podía haber sido dicho por moralistas de tenden- 
cias absolutamente opuestas a las socialistas, como Guyau o 
Nietzche, no es, pues, una expresión aislada, sino que indica la 
orientación de todo el socialismo, desde los grandes creadores 
de sistemas a la masa de adeptos. La dicha es la finalidad 
buscada: « Queremos ser libres como los pájaros del cielo y 
pasar como ellos a través de la vida sin cuidados ni apuros, 
cantarines y alegres », decía Weitling, mientras Heine expre- 
saba también, el deseo de vivir dichosos aquí abajo y « que el 
vientre no consuma lo que con su fatiga crea el obrero ». El 
mismo Jaurés, al estudiar la realidad del mundo sensible pone 
como único valor a la sensación, siendo como se ha dicho, 
« un himno a la dicha ». 

La ética socialista inspirada en estos principios debe rea- 
lizar esa finalidad en este mundo,y toda la esperanza de los 
orientadores y de las masas ilusionadas está en realizar ese 
reinado de la felicidad. En esto también, coincide el socialis- 
mo con el estado de espíritu de los períodos revolucionarios 
que ya estudiamos y que caracterizaron, especialmente, el 
fin de las dinastías menfíticas y las reformas sociales de la di- 
nastía de los Soung. 

La causa aparente de esta tendencia es la crisis del senti- 
miento religioso. Parece, en efecto, que si no tenemos la s^u- 



riX.OSOt’IA OF, I,AS EEV01-tlCI0NE8 SOOl AI,I'',8 


93 


ridad de la justicia eterna y de la bienaventuranza más allá de 
la muerte, todo se espera de la vida terrena. Es la solución 
a que se llega siempre, cuando se ha eliminado la confianza 
en la religión. La fisica de Epicuro hacía innecesaria la exis- 
tencia de los dioses y de inmediato aparecía la felicidad como 
único ideal. 

A fines del siglo XIX las creencias religiosas empiezan a 
hacer crisis y enseguida, con independencia de todo espíritu 
revolucionario, surgen las soluciones de moral hedonista o 
utilitaria. Tal es el caso de los más conservadores entre los 
moralistas; Benthan y John Stuart Mili. 

Paralelamente, surge como criterio científico, la afirmación 
que el hombre y las sociedades dependen del medio en el cual 
viven. Malthus establece la imposibilidad del crecimiento 
indefinido de los pueblos, y da origen a la teoría que Darwin 
sostendrá después, de la supervivencia del más apto y así 
resulta una necesidad biológica lo que en un principio fué, sim- 
plemente, una reacción contra viejas creencias. El hombre es 
un ser vivo, con sus necesidades: su fin es vincularse a la na- 
turaleza. La conservación del individuo y de la especie es una 
consecuencia de las ideas de Lamarcky Darwin. Este deter- 
minismo biológico es otra razón para eliminar al individuo 
como creador de su vida y tiende a aniquilar aun más a la 
individualidad en la acción. La exageración máxima en ese 
sentido llegará cuando se intente reducir todo a una respuesta a 
fuerzas exteriores, eliminando características individuales co- 
mo se pretende hacer con la noción de los tropismos. 

Engels toma aquella orientación biológica como fundamento 
de sus teorías y en estos últimos tiempos Ferri trató de justi- 
ficar al socialismo buscándole un punto de contacto con el 
darwinismo. Se asimila así el individuo biológico a la sociedad, 
considerada ésta como un organismo. 

De todo esto se destaca, con carácter general, la preocupación 
de que el hombre, como ser vivo, tiene que satisfacer sus ne- 
cesidades y debe, por tanto, resolver el modo de realizar ésto 
para obtener su felicidad. 

Por otra parte, puesto que el medio tiene una influencia 
decisiva en el desarrollo del hombre, todo lo que signifique ex- 



94 


ANTONIO li. GROJáPONE 


plotación o dominio de ese medio contribuirá también a in- 
fluir en aquél. De ahí, pues, que la preocupación económica, el 
considerar ese factor como esencial, que fué una consecuencia 
de la ética social que tomaba la organización como lo más im- 
portante en las sociedades, aparezca, en un análisis más pro- 
fundo, como una consecuencia del pensamiento del siglo XIX, y 
como consecuencia también de considerar al hombre como 
elemento biológico que debe satisfacer sus necesidades y or- 
ganizarse en el sentido del mejor aprovechamiento del medio 
donde vive. Desaparece así el ser excepcional en la naturaleza, 
que había supuesto la filosofía anterior, con Descartes princi- 
palmente, como veremos más adelante. 

Esta filosofía ha implicado también una evolución en el com- 
cepto del derecho, el cual significaba para los hombres de los 
siglos XVIII y parte del XIX, sólo una garantía de las liberta- 
des, mientras en el siglo XX trata cada vez más de hacer que 
los individuos vivan en sociedad para obtener su bienestar, 
el desarrollo de su vida y la seguridad de la misma. Eso 
explica la mezcla de protección y libertad, característica del 
derecho de fines del siglo XIX y principios del XX, que hace 
nacer la legislación sobre el trabajo y la protección a las muje- 
res y niños, así como la organización de la asistencia social. El 
socialismo ha sido, en ese sentido, una fuerza que atrajo la 
atención de los hombres hacia esos problemas de legislación, 
una fuerza renovadora que ha ido imponiendo la necesidad de la 
reforma, y por eso, aunque no obtenga sus resultados ideales, 
ha realizado ya una obra valiosa. 



Capítulo VI 


1. Mentalidad social y colectiva. 

2. El origen del pensamiento actual. 

3. La destrucción del hombre del Renacimiento. 

4. La rebeldía del hombre moderno. 

5. Revolución metafísica. 

6. Las paradojas del progreso. 




1. — Casi siempre se estudia la influencia de la filosofía, espe- 
cialmente de la lógica y la metafísica, sobre el socialismo, como 
una influencia sobre las ideas y sistemas individuales, y muy 
particularmente sobre Marx y Engels. Este último trata en 
diversas oportunidades de aclarar lo que el pensamiento de Marx 
y el suyo propio considerado como el verdadero y único socia- 
lismo, ( comunismo, según la expresión de entonces ) deben 
a la filosofía anterior. Es así que esa influencia se refiere a 
Hegel y a sus continuadores entre los cuales cabe destacar a 
Feuerbach. 

Pero en esto conviene hacer una doble aclaración. Si bien 
Marx es actualmente el sistematizador de la teoría y aún de 
la práctica del socialismo, habiendo hecho algo perfectamente 
definido y habiendo creado conceptos concretos, que han tenido 
extraordinaria importancia, no sólo para la corriente revolu- 
cionaria sino para la marcha de la ciencia social, no es posible 
reducir toda la tendencia revolucionaria y el análisis de aquél 
a la concepción marxista. Antes que Marx, existía realmente el 
movimiento socialista y Marx fué impulsado por esa corriente. 
Su valor está en que sus ideas no se analizan, ni se discuten ni se 
aceptan como las ideas de cualquier otro pensador, sólo en los 
dominios de los políticos, sociólogos o conomistas, sino que 
aparecen a la masa como el evangelio de la justicia, despiertan 
una adhesión dogmática y se presentan como la expresión de 
la verdad que responde a todas las vagas aspiraciones de los 
hombres. 

En ese sentido, Marx puede representar lo que representó 
el pensamiento y la acción de Pablo, el apóstol, con relación 
al pensamiento confuso y bastante vago délos cristianos anterio- 
res a él. Como Pablo, aquél da una dialéctica y un sistema, pres- 


7 



98 


AKTONIO M. GROMPONE 


ta rasgos bien definidos a lo que no lo teníay unlversalízalo que 
se había considerado hasta entonces como un movimiento 
dentro de determinados países sin el carácter de acción inter- 
nacional que adquirió después, cuya necesidad justifica racio- 
nalmente Marx. Estudiado de este modo, el sistema no apa- 
rece como una creación aislada en un medio, sino que responde 
a influencias del ambiente y tiene éxito, no por la obra misma, 
sino por la mentalidad de la colectividad, que busca una solución 
y adhiere a la que se le presenta como respondiendo a sus inves- 
tigaciones. 

Y se presenta aquí la segunda aclaración: hay en el sistema 
socialista, una estructura aparente de pensamiento, que puede 
derivar de un sistema elegido o aceptado conscientemente por 
el pensador que lo formula; la lógica o el modo de pensar de Hegel 
en este caso. Pero existe una característica más honda de ese 
mismo pensamiento, que ya no es ni selección ni creación indi- 
vidual, y que tiene sus raíces y su causa en un modo de pensar 
y de sentir colectivo que adapta las mentalidades de una época 
y las orienta en un sentido dado, a pesar de ellas mismas, y 
sin. que tengan conciencia de esa influencia latente. 

En un período cualquiera de la historia se destaca un extraño 
parentesco entre sus pensadores, aun entre aquellos que más 
furiosamente parecen combatirse, como existe también esa re- 
lación en ramos diversos de la actividad humana. Políticos, 
comerciantes, artistas, hombres de ciencia, pensadores, tienen 
un punto de contacto inconsciente y que imprime ese extraño 
aspecto de unidad a las características de las sociedades que 
estudiamos en las perspectivas históricas. Extraña, en verdad, 
es esta vinculación espiritual que podemos encontrar éntrela 
concepción elevada de Leonardo, el cinismo del condottiero, 
que cambia de amo como cambia de traje, la objetividad im- 
pasible de Machiavello, la fría criminalidad de César Borgia, 
y el turbulento espíritu de Benv enuto CelUni junto con la com- 
pleja literatura del Renacimiento. Y no es menos extraña la 
vinculación que forzosamente ha de hacerse entre el puritanis- 
mo escrito de W. Wilson, la rapacidad imperialista de los tnists, 
la concepción profética de W. Whitman, el pragmatismo de W. 
James, la influencia dominante del cinematógrafo y esa his- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


90 


térica voluntad dé acción de los Estados Unidos en misiones 
científicas, en conversiones con la Biblia bajo el brazo, o en el 
dominio económico del mundo. 

Así, pues, hay un doble origen en toda concepción: uno in- 
mediato, más o menos consciente producido por la influencia de 
formas exteriores del pensamiento que viene impregnando esas 
mismas formas exteriores, llenándolas de un contenido, latente 
en todos los espíritus, y que da la expbcación de por qué, en uu 
momento dado, aquellas formas crean adeptos y se extienden. 
En el primer sentido vemos cómo se hizo el sistema, en el se- 
gundo por qué se extiende y por qué triunfa. Y así es un índice 
de la época, en vez de ser, como aparentemente parece, un for- 
mador de pensamiento colectivo. 

Estudiar los sistemas y las ideas, influyéndose por la estruc- 
tura de lenguaje no es acertado, como no puede aceptarse la 
influencia de un pensamiento sobre otro por el solo hecho de 
que tengan analogías en la manera de formularse. Lo que existe 
principalmente, son influencias de psicología, de orientaciones, 
hasta de expresiones que prevalecen en las formas de pensa- 
miento común. El resto lo hace cada uno. Lo individual es 
el modo de expresar el estado de espíritu propio, lo colectivo 
es el problema que constituye el eje de todo el sistema. De otro 
modo, las construcciones ideológicas carecerían de eficacia en 
lo colectivo. 

2. — Por tales razones, si bien tiene importancia conocer el 
fundamento filosófico de las ideas de Marx, también debe aten- 
derse a lo que dió origen al movimiento, que no fué por cierto la 
concepción de los filósofos alemanes, pues ésta fué no sólo 
posterior a la acción revolucionaria, sino demasiado compbcada 
para ser reducida a fórmula que pudiera impresionar a los sen- 
cillos apóstoles de la renovación. 

Por otra parte, si bien las convulsiones sociales con carácter 
de reacción inmediata contra el maqumismo o contra determi- 
nada industria, empiezan a estallar en distintos países, existe 
una política revolucionaria que se generaliza por toda Europa 
y que provoca un estado de espíritu esperanzado en la sustitu- 
ción de los regímenes existentes por otros nuevos. 



100 


ANTONIO M. GROMPONE 


Vinculadas o similares a la Revolución Francesa las tenden- 
cias son, en un principio, de carácter exclusivamente político- 
electoral, y la esperanza se pone en el sufragio universal o en la 
organización republicana ( Cartistas, revoluciones en Francia 
de 1830 y 1848; insurrección polaca de 1831 y 1832 ); pero poco 
a poco, ya sea por la organización obrera, ya sea por el surgi- 
miento de reivindicaciones sociales ingertándose en los progra- 
mas políticos, se va constituyendo un nuevo estado de espíritu 
que espera la justicia de la transformación económica de la 
sociedad. Es significativo que uno de los hombres que más in- 
fluencia tuvo en la formación espiritual alemana, H. Heine, 
fuera el poeta delicado que hiciera la síntesis de la fórmula de 
justicia económica. 

Todos los espíritus revolucionarios, sin excluir a Marx y 
Engels, se formaron en medios donde predominaban las ideas 
que orientaron la Revolución Francesa. Y es por esto que en 
esa formación espiritual tienen que destacarse los ñlósofos del 
siglo XVIII, quienes dieron materia a la inspiración revolucio- 
naria, el elemento que se adaptó luego a las formas de mentalidad 
de mediados del siglo XIX. Es, pues, el ateísmo de Voltaire y 
del Barón d’Holbach, las creaciones político- sociales de Rous- 
seau y Montesquieii, especialmente, lo que ha sido fuente de ins- 
piración, inconsciente a veces, clara en otras oportunidades. 
Y si bien los sistemas revolucionarios del siglo XIX pueden 
aparecer con fundamentos opuestos, la finalidad perseguida 
coincide en las líneas generales. Blanqui, Proudhon, Herzen, 
Marx, Engels, se vinculan por ese aspecto aunque la forma de 
organizar las ideas sea diversa y dependa de la influencia in- 
mediata que haya predominado en la estructura de las mismas. 

De ahí la necesidad de estudiar previamente la mentalidad 
de los siglos XVIII y XIX, mentalidad que conduce a crear una 
corriente revolucionaria, especialmente la de los filósofos de la 
Enciclopedia. Estos, por su extraordinaria divulgación pene- 
traron más extensamente en los espíritus, a tal punto que sus 
ideas las encontramos en socialistas y revolucionarios y tam- 
bién en todos los pacíficos liberales de ese tiempo, como asimis- 
mo en Kant y sus continuadores, quienes en muchas ocasiones 
sólo han puesto moldes diferentes a ideas ya formuladas. 



FILOSOFIA BE LAS REVOLT3CIONES SOCIALES 


101 


Es que el siglo XVIII empieza, sobre todo, una obra disol- 
vente desde el punto de vista religioso, político, social y aún 
humano. Al destruir valores ya consagrados no pudo sustitu- 
tuirlos por otros que pudieran ser admitidos colectivamente. 
Al eliminar ideales exteriores a la misma humanidad porque exi- 
gían que ésta aspirara a valores absolutos, alhacer déla religión, 
del derecho del pensamiento, simples reacciones de los hombres, 
hacía de éstos los únicos árbitros reales de su ropio destino. Y 
a ésto debe agregarse que el momento era singularmente pro- 
picio para las masas: las grandes agrupaciones humanas iban 
formándose por el surgimiento del trabajo colectivo de las 
fábricas, y la vinculación de los hombres era, sobre todo, la 
vinculación de los trabajadores. Sufragio universal, propaganda 
política, uniones de obreros; todo tendía a que se unieran los 
hombres que sufrían más en cada medio, los que fatalmente 
estaban condenados por los sueldos irrisorios ola falta de traba- 
jo y a quienes, para hacerles sentir un ideal, había que presen- 
tarles la fórmula que suprimiera esa miseria. 

Los grandes pensadores que continúan forjando esas cons- 
trucciones ideales, quedan fuera de esta intensa aspiración. 
No se puede hablar para elegidos: el pensamiento de los elegidos 
solamente tiene eficacia cuando se presenta como solución para 
las masas. He ahí el nuevo método y la nueva forma de pensar: 
ajustarse a las aspiraciones de la generalidad o encontrar el 
pensamiento que puede ser aceptado por los más. Los que quie- 
ren escapar a este modo nuevo no ahondan los valores más in- 
tensamente humanos, sino que van perdiéndose en sutilezas 
artificiosas, o en aristocratismos morbosos o arcaicos. Buscar la 
coincidencia entre un pensamiento de excepción y una latente 
aspiración colectiva: ése es el estado de toda preparación revolu- 
cionaria desde el punto de vista intelectual. Fué ése el estado 
de espíritu indicado históricamente cuando las masas van per- 
diendo la confianza en la religión, o en el Faraón, es decir en el 
sistema establecido. 

El siglo XVIII empezó esa obra y ya vimos cómo Voltaire iba 
contra la clase religiosa e indicaba su dominio como un producto 
de la superchería; Rousseau hacía de la organización política un 
meílio para el bienestar de los individuos; la felicidad de todos 



102 


ANTONIO M. GKOMPONE 


era, en fin, la finalidad buscada. Pero esta destrucción délo 
aparente había sido originada por la transformación de los va- 
lores que se referían a la concepción misma de lo humano. 

2. — En la filosofía que culminó en el siglo XVII predomi- 
naba la influencia idealista y matemática. El pensamiento, 
como modo de actividad lógica es lo esencial en el hombre y es 
lo que más nos puede aproximar a los valores absolutos, a Dios 
mismo. La verdad es una posibilidad del hombre como ser pen- 
sante. El centro y la esencia de toda actividad espiritual y de 
todo conocimiento, es la razón, y el hombre constituye un ser 
excepcional en el universo. El problema ético que surge de aquí 
es el de la liberación del hombre, así como el problema pedagó- 
gico es el de formar inteligencias, crear culturas humanas a 
base de manifestación del pensamiento. La identidad de la 
razón en el tiempo y en el espacio es una consecuencia de esto, 
por lo cual las organizaciones jurídicas, sociales o intelectuales 
en general, se identifican, cualquiera sea el momento y el lugar 
de la producción; el pensamiento clásico antiguo viene a vincular- 
se al pensamiento clásico moderno, así como los pensadores de 
España fraternizan con los pensadores de Flandes, de Francia y 
de Italia. 

Descartes lleva la idea de que la razón es lo esencial, a sus 
mayores consecuencias, cuando establece claramente que el 
pensamiento es atributo del alma y el espacio atributo de la 
materia, y crea con esos dos elementos, y partiendo sólo délos 
datos de la razón, toda su filosofía. 

La ciencia basada en las matemáticas y la mecánica misma 
que requería únicamente el elemento de extensión como carac- 
terística de la materia, servía para hacer más sólida aún esta 
posición subjetivista y para ensalzar las actividades espirituales: 
al conocimiento humano le basta la razón como instrumento y 
ésta tiene en sí misma elementos bastantes para actuar. La 
ciencia va penetrando la realidad y previendo los fenómenos 
con la anticipación de la razón, y los descubrimientos de GaÜleo 
son consecuencia de concepciones racionales, como los experi- 
mentos de Huyghens y Mariotte van creando la experimenta- 
ción física con base matemática. 



FILOSOFIA DE LAS KEVOLOCIONE8 SOCIALES 


103 


A pesar, pues, de que se hable siempre de experiencia, la co- 
rriente ideológica del siglo XVII, constituye el esfuerzo más 
grande realizado para defender el pensamento clásico y sostener 
el valor de lo subjetivo. 

Dos tendencias que plantean problemas diversos traen sin 
embargo, el elemento de disolución. Por una parte, la creación 
de las ciencias físico-naturales con prescindencia de las crea- 
ciones del espíritu, y por la otra, el análisis de las actividades 
de ese mismo espíritu, considerado como un fenómeno que res- 
ponde a influencias semejantes a las corporales, y la duda del 
valor absoluto de la noción del mundo exterior que puede tener 
el hombre. 

La primera corriente necesitó la influencia de los naturalistas 
de los siglos XVIII y XIX, para dar sus frutos. Resultó así ca- 
racterístico de ese período considerar como problema funda- 
mental, el de la vida, que no había sido separado hasta entonces 
del problema de la substancia o del problema del espíritu. La 
noción de vida manifestada en individuos que reaccionan en 
un medio dado sufre las influencias de todos los descubrimientos 
científicos y de la extraordinaria actividad de las ciencias natu- 
rales. Se teoriza, pero se observa también mucho y se crean mé- 
todos. Y en lo que al hombre se refiere, hay un hecho signifi- 
cativo y es que se le hace integrar el cuadro de la naturaleza, 
haciéndole perder cada vez más su carácter de excepción. Linneo 
al clasificar vegetales y animales asigna un puesto al hombre 
como ser vivo; y Bonnet pretende encontrar una ley de conti- 
nuidad que permite considerar a todos los seres como formando 
una cadena ininterrumpida que va de los minerales a los seres 
organizados y razonadores, fuera de la cual sólo queda Dios. 
Y mientras con o sin principios generales ordenadores se estu- 
dian de todos modos los seres vivos, yasea en las vulgarizaciones 
de Buffon, en las observaciones de Pabricio o Hubert, especial- 
mente sobre los insectos, en las concepciones teóricas de Bras- 
mo Darwin, Maupertuis, Lamarck presenta la concepción 
más atrevida de filosofía biológica que parece responder a toda 
la fatigosa búsqueda de esos tiempos. Con él surge el pensa- 
miento más revolucionario de la época: el hombre pierde de- 
finitivamente el carácter de ser aparte en el mundo y se con- 



104 


ANTONIO M. GBOMPONE 


vierte claramente en parte integrante de la serie animal: forma 
una especie como cualquiera otra, sujeta como todas ellas a 
un medio determinado y subordinada a las influencias de ese 
medio. Lo fundamental no es la concepción, sino que toda la 
investigación científica de entonces la hiciera posible, porque 
así aparece no como el pensamiento de un hombre, sino como 
el índice del pensamiento de una época, que lleva en sí un fermen- 
to de revolución social. ¿ Cómo preocuparse y ensalzar sólo 
al pensamiento, cuando éste es simplemente uno de los resul- 
tados de la actividad vital y para que exista se deben contem- 
plar las exigencias del hombre como ser vivo ? 

La noción del medio en el cual viven los seres será una adqui- 
sición del siglo XIX; Comte y Taine, especialmente, lo aplica- 
rán más tarde a la ciencia social; pero lo importante, desde luego, 
es que el individuo ya no puede considerarse aislado y como ca- 
paz de determinarse por sí solo y por obra exclusiva de su vo- 
luntad o de su pensamiento, creador él mismo, interiormente, 
de toda su actividad, puesto que esa acción interna debe ajus- 
tarse a lo exterior y la reacción que resulte determinará el sen- 
tido de su vida. 

El individuo no puede independizarse de su medio y de ahí 
dos consecuencias de importancia: la influencia social por un 
lado, la influencia económica por otro, desde que el individuo 
^1 adaptarse al medio natural se verá influenciado por éste y 
dependerá de él para satisfacer sus necesidades. Mientras al re- 
ferirse al animal se tendrá que recurrir al criterio de la lucha por 
la vida como explicación, en las sociedades se presentará como 
justificación de sus características, la organización económica. 
La historia natural y el problema de la vida condujeron, por 
tanto, de un modo fatal, a cambiar el criterio aceptado anterior- 
mente por el individuo y al vincularlo al medio natural o social, 
dejó de existir el hombre tal como lo concretara la filosofía car- 
tesiana y desapareció también toda la solemne concepción 
humanista del Eenacimiento. 

La tendencia orientada hasta entonces en el sentido deque 
el progreso en la vida social debía tender a fortificar al individuo, 
pierde terreno, y con ello se produce una reacción a favor de 
la sociedad, como ya lo vimos, o lo que es lo mismo, la especie 



FILOSOFIA DE LAS RETOl.rcrOXtES SOCIALES 


105 


predominará sobre el individuo, como lo dijeron gráficamente 
Dar-win y Spencer. Las únicas agrupaciones sociales que podrán 
subsistir son aquellas en las cuales los individuos se sacrifican 
por conservar la vida colectiva. Es ésa la primera influencia 
del criterio científico que aparece como reacción a la filosofía 
matemática anterior. 

La segunda reacción es una consecuencia de ese mismo cri- 
terio científico. El estudio de la realidad hace perder A’^alor alas 
creaciones espirituales, con lo cual se empieza a dudar de todo 
aquello que no se asiente en una base objeth^a. El materialis- 
mo científico triunfará, entre otras razones, porque responde a 
ese criterio: la realidad y lo tangible determinan todo el conoco- 
miento. Se reduce el campo del pensamiento y se limita la as- 
piración humana. 

El materialismo se aplica, en primer término, a la explicación 
de los fenómenos físico- químicos, y se acepta como eje de toda 
investigación la idea de la permanencia de la materia, y la in- 
mutabilidad de las leyes naturales se extiende a los fenómenos 
vitales y domina hasta la concepción del espíritu. El hombre es 
cada vez más un producto de la naturaleza y cada vez más 
también se tendrá que aceptar la influencia de lo económico 
en él. Por otra parte, el materialismo concebido así, excluye ala 
religión, y toda solución que se base en organizaciones espiri- 
tuales no responderá a ese modo de pensar que se justifica por 
la conciencia y lógica científica, determinada antes. 

Esa filé, pues, la obra de crítica y de construcción realizada 
por la filosofía y la ciencia de los siglos XVIII y XIX, que 
preparó las corrientes revolucionarias. 

3. — Otro problema de carácter filosófico cobra también 
caracteres especiales en el siglo XVIII. Hemos visto que con 
Descartes el conocimiento se fundamenta en la actividad in- 
terna del espíritu y, casi podríamos decir, elimina la orientación 
exterior. El hombre es el centro y es su razón la que compren- 
de al mundo. El gran problema que surge después es determi- 
nar cómo es posible un conocimiento de lo real dando valor 
sólo a la razón. 

Mientras la ciencia se mantiene en los límites de las mate- 
máticas aplicadas o no a la física, esa posición pudo ser mante- 



106 


ANTONIO M. 6ROMPONE 


nida. El mismo Leibnitz que presiente el nacimiento de las cien- 
cias naturales y las discusiones sobre la vida, acude a una ex- 
plicación un poco artificiosa, a la armonía preestablecida, para 
mantener el predominio déla razón como factor de conocimiento. 

Una corriente distinta sintetiza la revolución espiritual que 
se va produciendo. El empirismo inglés, iniciado con Bacon, 
continuado por Locke, culmina en Hume penetrando con su 
influencia en las discusiones científicas. El hombre de las ten- 
dencias idealistas mantenía su dominio por la razón, indepen- 
diente ésta de los sentidos que no podían reducirse a fenóme- 
nos naturales. El empirismo encontrará, en cambio, en los sen- 
tidos, la única fuente de conocimientos. 

Se da así, mayor importancia a funciones convsideradas hasta 
entonces como inferiores y al matar a la razón se hace posible 
aún, en el mismo dominio del pensamiento, la asimilación del 
hombre a los otros seres vivos, vinculándolo a la realidad. Esta 
filosofía constituye la esencia, casi, del pensamiento francés 
del siglo XVIII, y el sensualismo de Condülac es sólo un deri- 
vado del empirismo de Locke y Hume, traducidos y divulgados 
corrientemente en Franca en aquella época. 

La influencia de la filosofía empírica y sensualista fué de 
proyecciones extraordinarias. 

Una de ellas consistió en justificar el predominio de las crea- 
ciones sentimentales sobre las racionales, y produjo a fines del 
siglo XVIII, y principios del XIX un fenómeno extraño: el 
acrecentamiento del valor individual. El romanticismo que fué 
su consecuencia, se presentó como un producto contradictorio 
en ese ambiente, donde el individuo iba perdiendo forzosamente 
su independencia frente al medio fisico o social; pero esto, que 
es un resultado de ese modo opuesto de continuar el esfuerzo 
humano, y que es un contraste por el triunfo de la sensibilidad 
sobre la razón, es el primer efecto que produce en el hombre el 
sentirse cada vez más dependiente délo exterior, es la rebeldía 
que se siente al comprender que nuestra vida está vinculada a 
elementos que no actúan de acuerdo con nuestra voluntad, ya 
sean esos, elementos físicos, biológicos o sociales. La lucha en 
el terreno de las ideas es la misma que en los otros aspectos de 
la vida humana: en un mismo momento van trabajando en el 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


107 


sentido de la renovación concepciones contradictorias e incon- 
ciliables. 

La segunda consecuencia fué la eliminación de los antiguos 
dogmas y la imposibilidad de que alguno tenga como funda- 
mento una construcción racional. Se ha indicado ya la crisis 
de la religión, y de inmediato aparece la crisis de las nociones 
de estado, de derecho y de justicia. Ya no son posibles los con- 
ceptos absolutos y la verdad está relacionada con la apreciación 
de nuestros sentidos. Al dejar de tener valor como fines en sí, 
todas aquellas nociones deben someterse a una revisión que con- 
sidere al hombre como elemento del universo. Esta crisis de los 
dogmas tendrá una trascendencia enorme para la historia db 
la sqciedad de nuestros tiempos. 

Y, por último, en esta eliminación de valores absolutos está 
envuelta también la crisis de lo intelectual con respecto al co- 
nocimiento, y todas la soluciones que se buscan tienden a con- 
siderar, en primer término, el punto de vista sensorial. La ver- 
dad pierde su carácter absoluto y de interpretación definitiva 
de lo exterior. Es solamente una reación del hombre frente a 
un medio dado y el principal valor de todo esto, se encuentra 
en los sentidos del hombre. 

La antigua lucha entre teología y filosofía será reemplazada 
por la oposición de ciencia y filosofía, puesto que la ciencia to- 
mará como característica de su dominio lo objetivo, vale decir, 
lo que puede ser objeto de experiencias: la crisis de lo racional 
es el resultado de esta orientación. El positivismo sustituirá 
al racionalismo y todo girará alrededor de la experiencia que se 
caracteriza exclusivamente por lo que directa o indirectam^te 
puede influir en nuestro sentidos. La instrumentación que es 
imprescindible para experimentar es sólo un modo de ensalzar 
los valores de lo objetivo. Es claro que ese modo de encauzar 
la experiencia sensorial es, en el fondo, un modo también de 
ensalzar los valores racionales, especialmente matemáticos, de 
la explicación; pero no hace sino dar entrada en el campo déla 
investigación a un elemento disolvente que no se sabe, ni siquie- 
ra puede preverse, a qué consecuencias extrañas puede llevar. 

Las reacciones que puedan producirse frente a esta marcha 
continuada quedan fuera del campo de la generalidad o de la 



108 


ANTONIO ]f. GROMPONE 


masa, podemos decir. Tal es el intento de Kant de salvar el 
viejo espíritu, contemplando los nuevos hechos. Su filosofía 
es un desesperado esfuerzo para conciliar el empirismo de Hum 
con el racionalismo anterior, es decir, por dar un valor a lo cien- 
tífico sin quitárselo a la razón. De ahí esa audaz tentativa de 
explicación, que él titula análoga a la de Copérnico, para la 
cual la ley científica es solamente la adaptación de lo objetivo 
a lo racional como ley del espíritu. 

Si este criterio hubiese podido extenderse a la masa para for- 
mar un modo de pensar colectivo o se hubiese hecho una forma 
de la lógica colectiva, quizás la corriente revolucionaria se hu- 
biese tenido que orientar en otro sentido. El individualismo 
hubiera sido una consecuencia fatal y el dominio de sí mismo 
habría anulado toda persecusión de mejoramiento. Por eso los 
dirigentes, deseando defender el estado de entonces, se aferra- 
ron, sin saberlo, a Kant. Y aun ahora mismo, cuando se quiere 
reaccionar frente al predominio de las masas, o ante el triunfo 
de las aspiraciones colectivas, las soluciones que se van presen- 
tando tienen un parentesco curioso con esa solución kantiana. 

Es el mismo fenómeno producido con esas filosofías cómodas 
que adoptan soluciones para determinados momentos: el mis- 
ticismo, las teosofías o las religiones racionales adoptadas como 
recetas para satisfacer el ansia de espiritualidad de estos tiem- 
pos y que aceptan los buenos burgueses pero que no provocan 
esas corrientes de sincera adhesión que se extienden a pesar de 
la razón misma. 

En la creación kantiana había, en potencia, soluciones muy 
diferentes del propósito que inspiró su obra, y por eso todos los 
que llegaron a él o a sus continuadores con las inquietudes y las 
fiebres de las calles y de las plazas, tomaron el lenguaje y el 
método, para hacerlos servir de expresión a turbulencias o a 
intereses que debían defenderse, como se verá más adelante. 

4. — Con todo este modo de ver, ha desaparecido la acción 
práctica subordinada a principios cosmogónicos, religiosos o 
metafísicos, de los cuales era simplemente una consecuencia, 
derivación o aplicación. Los grandes sistemas filosóficos del 
siglo XIX valen, principalmente, por los hechos que ponen de 
manifiesto y por la concepción de lo real que se formula; lo 
ético, o no existe, o es casi un agregado sin consistencia. 



FILOSOFIA DE LAS RF.VOLUCIONES SOOIAI.ES 


109 


Pero como es necesario tener una orientación en la vida, van 
«urgiendo nuevas apreciaciones que quieren escapar a la lógica 
explicativa, y se han dado en llamar «juicios de valor», es decir, 
« convicciones que, en verdad, no pretenden ser una explicación 
del mundo y que no tienen, en ningún caso, valor más que rela- 
tivamente a las verdades fundamentales de esta vida». (^) 

A través de todo el siglo XIX puede verse la preocupación 
de salvar la orientación de la vida, a pesar de la imposibilidad 
de obtener las verdades absolutas. Los juicios de valor son un 
pasaje entre ese intento y el viejo criterio, pero la más atrevida 
concepción en ese sentido consistió en haber hecho surgir el 
pragmatismo como sistema ñlosófico. En efecto, se suprime la 
verdad como algo inconmovible y «juzgamos al árbol por sus 
frutos ». Aunque el pragmatismo no influyó directamente en 
la ideología revolucionaria, es un síntoma del nuevo espíritu. 
Eeligión, filosofía, ciencia, tienen que servir para algo: no valen 
por sí mismos. Y es a ese espíritu nuevo que se debe la orienta- 
ción de la religión para resolver problemas sociales; el derecho, 
la moral, como subordinados a un éxito de convicción o de feli- 
cidad. En toda la vida social este fenómeno nuevo de los resul- 
tados o frutos, que permiten solamente juzgar de las ideas, 
va llevando a proyecciones insospechadas. Y de eso al éxito 
inmediato, brutal, no existe sino un paso. 

Las grandes concepciones del pensamiento valen, pues, por 
la acción que provocan o por la convicción que despiertan: de 
no existir una u otra quedan como concepciones aparatosas y 
huecas. 

Es ése un nuevo aspecto de la lógica y metafísica que aparece 
paralelamente a la extensión de la corriente revolucionaria. 
Y aquí también vinculamos este hecho actual con otras situa- 
ciones históricas. «Si semejante tendencia ( la gnosis ) hubiera 
prevalecido, el cristianismo tendría que haber dej ado de ser un h e- 
cho moral, para convertirse en una cosmogonía y una metafísica 
sin influencia alguna sobre la moral de la humanidad». (^) 


( 1 ) Eucken. « Las grandes corrientes del Pensamiento Contemporáneo» 


( 2 ) Renán. Ob. cit. 



lio 


ANTOKIO U. GKOMPONE 


Con el socialismo se suplantó una cosmogonía o metafísica 
( discusión sobre los problemas de la vida, de la ciencia, del co- 
nocimiento ) por una explicación o investigación de problemas 
sociales ( economía política, sociología ) para convertirse en 
aspiración, en tendencia a alcanzar la justicia social. De ahí 
que su fuerza fuera la esperanza. 

El cristianismo creó una moral individual que satisfacía la 
aspiración, también individual, de justicia. 

El pensamiento moderno combatió las soluciones teológi- 
cas, suprimió el criterio atomista en la constitución de las socie- 
dades, considerando al individuo con una doble dependencia 
frente al medio natural y al medio social. Considerada imxjosi- 
ble la adquisición de la verdad absoluta, los sentidos debían 
darnos la significación de lo real; la vida en sus manisf esta- 
ciones orgánicas y como fenómeno vinculado a los otros fenó- 
menos físico-químicos, tiene sus exigencias y se presenta como 
el hecho orientador de toda actividad; la experiencia y lo cien- 
tífico son caracterizados por la concepción objetiva de los datos 
de nuestros sentidos. De ahí que en las formas del pensar, sola- 
mente puedan admitirse como científicas las scduciones sociales 
que tengan en cuenta esos elementos, y de ahí también que lo 
económico adquiera tal trascendencia como factor social, i)ues 
respondía al concepto biológico y a la noción del conocimiento, 
triunfantes. Las otras fórmulas que pudieron influir en las re- 
voluciones de principios del siglo XIX ( nacionalismo, soberanía 
popular, gobiernos constitucionales o republicanos ) podían 
tener influencia accidental, pero no provocaban esa sensación 
profunda de conmover los cimientos mismos de la organización 
social que era lo necesario. Conforme surgió una ética social 
que respondía a todos esos estados espirituales, esa corriente 
avasalló toda otra. El socialismo apareció cuando ya no era posi- 
ble continuar sosteniendo la moral individual, cuando toda ten- 
dencia a la acción debía ser colectiva, pero también cuando el 
pensamiento colectivo necesitaba déla experiencia para existir 
y tomaba las experiencias de la vida como finalidad de toda or- 
ganización, como valor para apreciar toda solución. 

4. — Si quisiéramos verificar más aún esa transformación 
de conceptos absolutos en relativos, en lo que se refiere a orga- 



FILOSOFIA I>E LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


111 


nización social, tenemos una noción que puede darnos una in- 
teresante comprobación: la noción de progreso. 

Aun cuando esta idea pueda encontrarse en filósofos antiguos, 
adquiere solamente importancia a partir de Leibnitz. La noción 
misma de progreso llegó a ser un término consagrado en la se- 
gunda mitad del siglo XVIII. Hasta entonces, la tendencia 
general era considerar el ideal de vida como algo inmutable, 
puesto que el ideal existió en el ser infinito, j todo consistía en 
aproximarse a él; si se alcanzaba no había más perfección po- 
sible. Condorcet esquematiza, en cambio, la noción de progreso 
indefinido, haciendo la apología délas transformaciones humanas, 
pues todas ellas contribuyen en un grado u otro al perfecciona- 
miento indefinido de la civilización, pero en el sentido del triun- 
fo de la libertad y de la razón. Pero el libro de Condorcet, es- 
crito en momentos en que su autor era perseguido y condenado 
en nombre de esa misma libertad, a pesar del cándido optimismo 
que de él desborda, demuestra que el progreso social puede estar 
en contradicción con la felicidad individual. 

Las fórmulas de progreso van apareciendo, no obstante, fun- 
damentadas en valores análogos. Es una marcha hacia un fin 
que se debe mostrar y el fin es lo difícil de indicar. El siglo XIX 
tuvo el deslumbramiento de su civilización. El progreso signifi- 
có en esos momentos el triunfo del hombre sobre la naturaleza. 

Se había dominado el vapor, se descubrió la electricidad, se 
producían las síntesis químicas, se acortaban las distancias con 
el telégrafo y el ferrocarril. Berthelot, en su entusiasmo místico, 
esperaba que la ciencia llegaría hasta lo absoluto. Pero confor- 
me se conciben así las cosas humanas se retorna a las concepcio- 
nes absolutas como fin. Spencer mismo, a pesar de fundamentar 
el progreso en la evolución, ¿ no lo paralizó en un momento 
dado en cuanto a lo social se refiere ? El socialismo que necesita 
de la transformación como justificativo, es, al final, contradic- 
torio con esa esperanza cuando concibe el triunfo definitivo 
de la justicia y la desaparición de la lucha de clases. 

Desde otro punto de vista, el progreso, como triunfo del do- 
minio del hombre sobre la naturaleza, a pesar de haberse creado 
con el optimismo, va siendo dominado por fermentos de disolu- 
ción. El maqumismo, progreso industrial, trajo consigo dos 



112 ANTONIO M. GKOMPONK 


factores contrarios a la felicidad délos hombres: la desocupación 
y la esclavitud del hombre a la fábrica. No están así del todo 
descaminados los que comparan la dependencia del obrero res- 
pecto a las organizaciones industriales, a la dependencia del 
siervo de la Edad Media con respecto a la tierra. Menos dura la 
servidumbre actual que la antigua, porque aparentemente y 
en derecho, no existe la posibilidad de obligar a quedar en depen- 
dencia, pero de hecho, ¿ qué hace el especialista si no se subordi- 
na a la fábrica ? La organización moderna produjo también 
algo de lo que ya indicaba Marx en su manifiesto: la concentra- 
ción de capitales. Basta considerar que las industrias más 
necesarias para la vida de la humanidad, como la de carnes y 
cereales, están controladas cada una por cuatro o cinco firmas 
en el mundo, para que se piense que la situación prevista por 
Marx ha ido realizándose. ¿No ocurre lo mismo con la produc- 
ción del azúcar, del acero, con los teléfonos ? El hombre esperó 
su liberación y de su esperanza surgió una organización que lo 
dominó individualmente. 

El progreso y la civilización dan, sin duda, una noción de lo 
que j)uede el esfuerzo humano; se producen obras que demues- 
tran el poder del hombre como conjunto, pero, ¿ ha dado la 
felicidad a los individuos considerados aisladamente ? He ahí 
todo el problema y toda la cuestión. Nos asombramos hoy de 
las Pirámides de Egipto, pero, al mismo tiempo, pensamos con 
tristeza que todo ello fué construido con lágrimas y sudores para 
la gloria aparatosa de un Faraón. ¿No estaremos nosotros 
también construyendo con lágrimas y sudores para la gloria 
aparatosa de una civilización, de una sociedad, que no traen la 
felicidad ? 

Cuando los hombres se formulan esta pregunta tienen que re- 
currir, para contestarla, al criterio corriente desde el siglo XVIII, 
es decir, a verlo todo a través de su concepción biológica y su 
concepto sensorial, a la eliminación de lo que sea dogma racional 
o lo que no tiene finalidad práctica. Han desechado así todo ideal 
que no les traiga la felicidad inmediata, y han debido poner toda 
su esperanza en la igualdad económica. Aparece aquí una délas 
mayores contradicciones de la corriente revolucionaria. Por 
nna parte, perseguir como ideal el obtener una situación que se 



FILOSOFIA r>E LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


113 


supone sea la indefinida continuación del reinado de la justicia, 
y por la otra, utilizar como crítica al estado actual, un criterio 
de transformación o de cambio, de proceso, en una palabra, 
que no puede coexistir con una esperanza de estabilización 
de un pasaje cualquiera de la vida Individual o colectiva. 



Capítulo VII 


1. Filosofía del socialismo. 

2. fía ideología. 

3. El programa económico. 

4. Origen íilosófico del marxismo. 

5. Marxismo y filosofía hegeliana. 

6. El pensamiento de la revolución. 

7. Filosofía y materialismo histórico. 

8. Revolución y mentalidad social: los valores indi 
viduales. 




1. — Hasta ahora sólo hemos destacado las circunstancias 
que han contribuido a formar el estado de espíritu de los hom- 
bres de nuestro tiempo cuy a^ acción ha producido el socialismo. 
Decíamos al principio que estudiar el origen de cada uno de los 
sistemas y las influencias determinantes de su construcción 
significaba tomar solamente un aspecto del fenómeno. Es ne- 
cesario, pues, distinguir claramente esas dos cuestiones. 

El estado de espíritu es, como se ha visto, la orientación sen- 
timental que espera una mejora, y cree que ella se producirá con 
una completa transformación social y con esa transformación lle- 
gará el tiempo de la igualdad efectiva y de la justicia verdadera 
en las relaciones sociales, suprimiéndose todos los privilegios y 
eliminándose todas las situaciones que actualmente perjudican 
a los desheredados. Ya vimos cómo se formó ese estado de espí- 
ritu: la inquietud de abajo coincidió con una crisis de arriba y 
ésta respondía a las esperanzas de los desheredados. Sus inquie- 
tudes encontraron, así, un eco en los intelectuales y éstos, por 
ser, también, un problema del instante, se preocuparon de jus- 
tificarlo. En la masa la preocupación era mejorar de cualquier 
modo, con cualquier organización. Los intelectuales tenían 
orientado su pensamiento por el pensamiento de la época, y 
esa orientación les obligaba, por una parte, a pensar en la im- 
posibilidad de toda solución basada en la ética racional o en dog- 
mas religiosos, preocupándose especialmente de soluciones que 
contemplaran la corriente de pensamiento de los tiempos nue- 
vos, y por la otra, consideraban al hombre como un ser con ne- 
cesidades, y debiendo adaptarse al medio. Cualquier solución 
debía responder a la satisfacción de su apreciación sensorial: 
fué pues, necesariamente, la búsqueda del bienestar o de la 
felicidad la finalidad perseguida. 



118 


ANTONIO M. OBOHPONN 


Todo consistía, por tanto, en encontrar qué organización so- 
cial podía responder a esa esperanza. El siglo XVIII había 
hecho surgir una ciencia cuyo desarrollo debía ser extraordina- 
rio: la economía política. Los problemas de carácter económico 
fueron considerados esenciales con respecto a los problemas 
sociales, y, desde luego, la economía política tuvo una parte 
básica en las soluciones futuras. Los fisiócratas en Francia, 
Adam Smith, Eicardo, en Inglaterra, se habían preocupado 
de analizar cómo se producían las riquezas y cómo se distribuían. 
Sin embargo, aunque no tuvieron el intento de estudiar la jus- 
ticia de las instituciones económicas, aparece con ello, indudable- 
mente, la noción de que, cualquier organización social que se 
planee en lo futuro, debe suponer el estudio de las leyes ecouó- 
micas, y la transformación de las relaciones económicas mismas. 

Por otra parte, ya un filósofo no economista como Eousseau, 
indicaba claramente qué importancia había tenido para el desa- 
rrollo de los pueblos la propiedad, como también la falta de un 
fundamento de justicia en este derecho. « El primer hombre 
a quien, cercando un pedazo de tierra se le ocurrió decir esto 
es mió y halló gente bastante simple para creerle fué el verda- 
dero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, 
asesinatos; cuántas miserias y horrores hubiera evitado al gé- 
nero humano aquél que hubiese gritado a sus semejantes, arran- 
cando las estacas del cercado cubriendo el foso: «Guardaos de 
escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los fru- 
tos son de todos y la tierra de nadie. » (^) 

Eousseau, por sí mismo, o a través de Kant, de H^el, indicó 
claramente cuál era el punto esencial a resolver: toda la econo- 
mía estaba determinada por la existencia de la propiedad indi- 
vidual y ésta se basaba en la injusticia. Era necesario volver, 
por tanto, al punto de partida y restituir esa propiedad a la 
comunidad. La revolución Francesa tomó algo de esta idea 
cuando consideró que la propiedad es el derecho de todo ciuda- 
dano a disponer de la parte de bienes que le ha sido garantida 
por la ley; pero esa orientación adquirió aspectos más importan- 
tes con Eobespierre y Saint Just, y se define claramente, por 


( 1 ) J. J. Rousseau. Ob. cit. 



FILOSOFIA D£ LAS KEYOLUCIONES SOCIALES 


119 


último, con Babeuf y sus partidarios. Está ahí todo el programa 
futuro del socialismo que sólo variará en sus detalles. El fin de 
la sociedad es la felicidad de todos. Las leyes que garantizan la 
propiedad, sacando a los unos para dar a los otros son una ofensa 
permanente al principio fundamental de la sociedad civil. De 
ahí han nacido las tres grandes plagas sociales: la herencia, el 
comercio y la diferencia de remuneraciones. 

Obligación de trabajo para todos, absorción de la propiedad 
por la colectividad dando origen a la propiedad nacional; du- 
ración máxima de trabajo y fijación de una remuneración que 
asegure a cada uno un mínimo necesario para su sustento, tales 
son las finalidades que el socialismo se propone, y que consti- 
tuyen los principios definidos de las inspiraciones revolu- 
cionarias que formaron la mentalidad de los doctrinarios. 

Indicada así la finalidad a obtener, surge la otra cuestión 
fundamental: la crítica del régimen actual, indicando, desde el 
punto de vista científico, la injusticia que lo fundamenta. Es 
así, pues, que los sistemas posteriores han de contemplar los 
dos aspectos característicos: la crítica del régimen social y el 
programa revolucionario. En ningún caso aparece tan clara- 
mente esto como en el manifiesto comunista de Marx y Engels. 

2. — Lo que se ha dado en llamar el materialismo histórico 
contempla sólo el primer aspecto, indicando cómo se han pro- 
ducido los acontecimientos históricos y estableciendo qué hechos 
actuales condicionan la acción revolucionaria. Además de esto 
existe el programa socialista que solamente trata de ponerse de 
manifiesto y que viene concretándose cada vez más desde el 
siglo XVIli. 

Para definir en qué consiste un sistema socialista deben, 
pues, considerarse estos tres aspectos: a ) creación intelectual 
que responda a la tendencia de los tiempos nuevos en el sentido 
de transformar la sociedad actual para obtener la felicidad del 
individuo; & ) ética del régimen actual, especialmente de las 
relaciones económicas; c ) programa que debe realizarse para 
obtener la supresión de la propiedad individual y la socializa- 
ción de los medios de producción. En un principio, la acción 
revolucionaria va determinando el sistema, pero cuando el 
movimiento adquiere ya una importancia mayor, los directores 



120 


ANTONIO M. GKOMPONE 


de las masas van influyendo en la ideología de las mismas. Tal 
es lo que aparece con caracteres bien determinados respecto a 
Marx, cuya acción ideológica fué tan extraordinaria que determi- 
nó todas las características del socialismo tal como actualmente 
se presenta. 

Esa ideología básica del socialismo fué concretándose a me- 
dida que éste se organizaba como fuerza en torno de las ideas 
de Marx y Engels. 

Así se obtenían dos finalidades bien definidas: formular lo 
que debía considerarse aspiración fundamental del socialismo 
concretado en principios teóricos y en esperanzas, y reducir, 
además, todo el socialismo a una transformación económica 
de la sociedad. Lo que hasta entonces podía parecer principal- 
mente como una consecuencia del esfuerzo de los hombres, 
aparecía como necesidad de hechos sociales, y la misma revo- 
lución social resultaba una consecuencia de la organización 
actual que, fatalmente habría de producirse con independencia 
de las voluntades individuales. 

El sistema de Marx tiene los principios esenciales del socia- 
lismo que ya se organizaba como fuerza política en la Interna- 
cional, en los socialistas revolucionarios, reformistas, etc. La 
separación y la diversidad debían tener origen en el modo di- 
verso de interpretar a Marx. 

En estos últimos tiempos, aún el comunismo ruso y la dic- 
tadura del proletariado que se quiso implantar, fueron consi- 
derados como un modo de realizar el verdadero pensamiento 
de Marx. 

3. — Hay así, en el sociabsmo, dos partes perfectamente 
definidas: la teoría sobre los fenómenos sociales, y la acción 
revolucionaria. Bajo el primer aspecto tenemos lo que se ha 
llamado materialismo histórico, el cual considera que la histo- 
ria de toda sociedad hasta nuestros días ha sido la historia de 
las luchas de clases y el factor económico. 

Analizando ese fenómeno en la sociedad de nuestros días 
se encuentra la lucha de burgueses, capitalistas y proletarios 
y se destaca la influencia, en el régimen actual, de la propiedad 
privada y del capital. La importancia que hubo de darse, por 
tanto, a la economía política originó, a la vez, las teorías sobre 



121 


FILOSOFIA HE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


organización del capital, especialmente, la concepción de la plus 
valia que tantas discusiones ha provocado entre los economistas. 
El materialismo histórico, así como casi todas las teorías eco- 
nómicas de Carlos Marx podrían servir de base a cualquier sis- 
tema político, aún a los no revolucionarios. No es forzoso 
tampoco aceptar el sistema como un todo definido, ni aún vincu- 
lar necesariamente las luchas de clases que aparecen en otros 
sociólogos con la influencia determinante del factor económico. 

El segundo aspecto de las ideas de Marx es el que se refiere 
a la acción revolucionaria y, en ese sentido, su programa de 
acción se presenta como úna consecuencia de la concepción 
científica, y, más aún, esa misma concepción científica sirve 
para demostrar que los acontecimientos han de producirse en 
el sentido de provocar fatalmente la revolución, indicándose 
los signos que la han de caracterizar. 

En el primer aspecto las doctrinas de Carlos Marx, las doctri- 
nas socialistas debemos decir hoy, pueden estudiarse concreta- 
mente investigando su origen y haciendo el análisis crítico 
de las mismas; esto no lo haremos aquí por cuanto sola- 
mente nos interesa su relación con el pensamiento filosófico 
de la época. En el segundo aspecto, lo interesante es que las 
vagas aspiraciones anteriores se concreten en una aspiración 
definida y ésta debía transformar el régimen actual, cam- 
biando la propiedad individual en propiedad colectiva. Lo 
asombroso en este asunto es que toda la aspiración a la justicia, 
a la felicidad, se aferra a este criterio y espera que, realizando 
la concepción marxista, se han de realizar las esperanzas que 
orientaban toda la acción revolucionaria. Lo que no ocurrió 
en el anarquismo, mezclado en sus aspiraciones revolucionarias 
con el comunismo primitivo para separarse de éste conforme 
se definieron su sistema y su programa, se produjo en el comu- 
nismo que filé sustituyendo todos los programas que a partir 
de Marx empiezan a llamarse utopistas, por la realización de 
los principios del que es, en este momento, el creador del dogma 
socialista. El éxito de los programas definidos sobre las espe- 
ranzas vagas, se explica porque estas últimas si bien sirven para 
el impulso inicial imprescindible, no pueden mantener por largo 
tiempo la acción para una transformación radical desde que 



122 


ANTONIO M. OKOMPONE 


ésta, al ir realizándose necesita cada vez más de concepciones 
tangibles que le expliquen la realidad y le presenten posibilidades 
de llegar a algo concreto. Esa misma fué la situación de los 
sencillos judíos cristianos ante el genial impulso de Pablo que 
los pone de acuerdo con el mundo y les determina una acción 
intnediata, como fué también el sistema de Tomás de Aquino 
que saca, una vez más, al cristianismo de las discusiones entre la 
fe y la ciencia para darle una acción, ya en un terreno intelec- 
tual, de acuerdo con la mentalidad de la época. 

4. — Indicada así la importancia extraordinaria de Marx 
en el socialismo, importancia tai, que normalmente se considera 
al socialismo como sistema idéntico al sistema Marxista, se 
explica también por qué sería necesario en este caso, considerar 
en especial las influencias filosóficas que dieron origen al sis- 
tema. Marx y Engels han indicado en repetidas ocasiones la 
influencia que sobre ellos tuvieron Hegely los filósofos alemanes 
posthegelianos. Bastaría tomar algunos de los libros de Engels, 
especialmente «Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana» 
y el « Anti-Duhring » para ver lo que ellos mismos consideraron 
como influencia de la filosofía. 

La i)rimera impresión que se siente cuando se considera 
superficialmente esta influencia, es de confusión, y no se puede 
uno explicar cómo Marx y Engels han podido tener por Hegel 
la admiración que demuestran sus obras y, mucho menos, cómo 
un revolucionario del tipo de Bakounine pudo expresar su entu- 
siasmo en términos tan fuera de medida como lo hiciera. 

Es que en Hegel se han apoyado los conservadores alemanes, 
los que concibieron la influencia imperialista de Alemania 
como el ideal nacional, así como también surgió de Hegel el 
grupo que pretendió examinar sin prejuicios, a la luz de la 
razón, todos los problemas referentes al Estado. En Ale- 
mania se consideran hegelianos a los socialistas que partien- 
do del concepto del Estado que tiene aquel filósofo, le atribuyen 
todo el desarrollo de la vida económica; confiesan su influencia 
Marx y Engels y ya vimos que Bakounine, anarquista, también 
expresa su admiración por Hegel, y será así mismo, considerado 
hegeliano Stirner, otro anarquista. ¿ Cómo pudieron , pues 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


123 


salir de una misma filosofía, la concepción absolutista y el 
ideal revolucionario ? 

Si nos atenemos a las ideas de Hegel mismo esta diversidad 
de opiniones no debía haber existido. 

Se han indicado tres conceptos distintos del Estado en las 
obras de Hegel, pero ninguno de los tres podría inspirar lós 
sistemas revolucionarios. Al principio, Hegel, en su admira- 
ción por el Estado antiguo, y con la influencia de Montesquieu y 
Rousseau, lo concibe como la obra de los ciudadanos, 
quienes no admiten vida posible fuera de la comunidad; el pue- 
blo constituye, por tanto, una, totalidad moral. Posterior- 
mente, continuará creyendo que el pueblo debe constituir una 
totalidad moral, pero, en vez de estar refugiado ese espíritu en 
toda la colectividad establece la división de clases sociales, no- 
bleza, burguesía y campesinos, y solamente la primera aparece 
como la clase general, la clase absoluta, comprendiendo en ella 
todo el Estado. Su criterio definitivo se forma después délas 
guerras napoleónicas y ya movido por una política de oportu- 
nidad para Alemania. En este tercer período, el Estado, según 
Hegel, ya no reposa en la comunidad de sentimientos y costum- 
bres: surge del poder, es la realización de una idea, 
se funda, no en las voluntades individuales, sino en una poten- 
cia que reúne en sí los elementos individuales. Absorbe, pues, 
a los individuos y en él tienen valor principal no ya la clase 
aristocrática, sino los funcionarios que representan la concien- 
cia del mismo. El Estado señala así la « marcha de Dios por 
el Mundo » debiendo ser venerado como una divinidad terrestre. 
Es la realización de una idea racional. (^) 

El individuo solamente se acoge al Estado para obtener la 
protección a sus intereses, la seguridad de la propiedad y la li- 
bertad personal, pero esos individuos son instrumentos incons- 
cientes del espíritu universal que aquél encarna. No es, 
pues, directamente de este sistema de donde pudo salir la co- 


( 1 ) Hegel. Sistema de Etica y Filosofía del Derecho. — Hoffding. His- 
toria de la filosofía moderna. — Vorlander. Historia de la filosofía. B. 
Groethuyssen. La Concepción de l’Etat chez Hegel. Rev. Philosophique 
8.® année Nos 3 et 4 Mars - Avril 1924. 



124 


ANTONIO M. GROMPONE 


rriente revolucionaria y no fné la influencia directa de Hegel 
la que dió origen al anarquismo y al socialismo. El Estado de 
Hegel, realización de una creación de la razón, deberá estar en 
armonía con la idea, y está más cerca del estado imperialista 
que de la concepción revolucionaria. La misma apología de la 
guerra que Hegel formula con una precisión solamente compara- 
ble a la de Xavier de Maistre, pudo, lógicamente, originar el 
nacionalismo agTesivo, pero parece acordarse muy mal con el 
socialismo. Y, sin embargo, es innegable que de Hegel surgieron 
los revolucionarios: así lo confiesan los mismos creadores de 
sistemas y así se confirma con el análisis. Es que, antes que un 
sistema político, Hegel había ibdicado varias fórmulas que po- 
dían dar fundamento a la crítica del Estado antiguo y justificar 
las aspiraciones renovadoras. 

Por otra parte, concluía su sistema con la exaltación de la 
historia, es decir, de la vida del género humano, y era también 
como un desarrollo de la Idea, pero esta traía consigo la concilia- 
ción de dos principios que se habían mantenido inconci- 
liables: la realidad y la razón. En efecto, se buscaba en la reali- 
dad el concepto del Estado futuro y toda modificación, en de- 
recho, por ejemplo, debía de ser una consecuencia del espíritu 
nacional, tal como lo sostenía en un campo reducido Savigny 
y la escuela histórica, o se daba autoridad a lo racional y el 
concepto del Estado era construcción independiente de la expe- 
riencia. Hegel da la fórmula de conciliación que Engels mismo 
considerará como principio fundamental de su sistema: sos- 
tiene que todo lo real es racional y todo lo racional es 
real. (^) 

La construcción lógica de un Estado en el cual se realiza el 
bienestar de los individuos, era, pués, una posibilidad real. La 
fórmula contenía así, un fermeñtó jévolucionario, aunque podía 
servir también para la reacción. Así Hegel a pesar de ser el gran 
enemigo de los descontentos de la vida, de los agitadores, de los 
jacobinos, del humanitarismo enciclopédico, a tal punto que 
se pudo decir que, así como Rousseau fué el filósofo de la Revolu- 
ción Francesa, él fué el filosófo del Consejo Secreto de Gobierno 


( 1 ) Hegel. Filosofía del Derecho. 



FILOSOFIA 1>E LAS KF.VO LUCIO KES SOCIALES 


125 


y de la burocracia directora del Estado, Hegel, decimos, fué 
directa o indirectamente el inspirador del socialismo alemán. (‘) 

Aceptando lo racional como real se debía rechazar en primer 
término el Estado de la época, por cuanto no realizaba el bienes- 
tar individual concebido como finalidad. 

Pero, lo fundamental, fué la influencia de la dialéctica de 
Hegel y la parte que tuvo en el movimiento a través de los con- 
tinuadores del hegelismo, llamados comunmente los jóvenes 
hegelianos. 

Marx y Engels en diversas oportunidades indican todo lo 
que ha influido en ellos el método dialéctico de Hegel y cómo 
consideran esta parte de la filosofía el descubrimiento más 
grande de los tiempos modernos. 

La dialéctica de Hegel no establece un procedimiento lógico 
para la investigación de la verdad o para el razonamiento 
como los empiristas ingleses, por ejemplo. La suya es toda una 
filosofía. En efecto, él establece que la dialéctica es una propie- 
dad de nuestro pensamiento, la cual hace que un pensamiento 
aislado lleve a otros pero como la realidad entera es, para Hegel, 
una realización de la razón, lo que pasa en el mundo del espíritu 
se desarrolla en el mundo de lo real. De ahí el principio indicado 

antes: todo lo racional es real v todo lo real es racional. Todo 

«/ 

concepto lleva por la reflexión consiguiente a su contrario, a la 
negación del mismo, pero la negación implica un elemento posi- 
tivo cuyo enlace con el primero da origen a una unidad superior, 
a una síntesis que es, en realidad, un nuevo concepto. Es este 
el desarrollo del sistema por triadas. Se comienza por el con- 
cepto más abstracto, el de«qr: este concepto da origen a lo pues- 
to, es decir al ño ser, la nada, y la unidad de los dos conceptos 
origina el devenir. (^) 

Esta noción de la realidad debía producir la más profunda 
revolución en los espíritus influenciados por Hegel. Se concebía 
la realidad como independiente del espíritu y como algo estable, 
permanente, definitivo. 

( 1 ) Beaedetto Croce. Saggio sallo Hegel. 


( 2 ) Hegel. Lógica. 



126 


ANTONIO M. GROMPONE 


La dialéctica de Hegel concluye estableciendo que lo único 
real es el devenir, lo que algunos han llamado evolución, que 
niega toda posibilidad de estacionamiento y que presenta la 
transformación como una necesidad del pensamiento así como 
de lo real: quedan así, la evolución y la imposibilidad del Estado 
justificados. Hegel muestra a la naturaleza como arrastrada 
por un proceso constante. « Para el metafísico las cosas y sus 
copias en el pensamiento, los conceptos, son objeto de estudio 
aislado, que se consideran el uno después del otro y sin el otro, 
fijos, rígidos, dados una vez por todas. Su pensamiento es hecho 
de antítesis sin intermediarios: él dice: sí, sí; no, no, y todo 
lo que esté por encima de eso es malo. Para él de dos cosas una: 
o el objeto existe o no existe, una cosa no puede ser, a la vez, 
ella misma y otra; positivo y negativo se excluyen mutuamente, 
la causa y el efecto se oponen igualmente en una contradicción 
radical. Esta manera de ver nos parece, al principio, muy plau- 
sible, porque es lo que se llama manera de ver del sentido común.» 

La dialéctica, al contrario, toma las cosas y sus imágenes 
conceptuales esencialmente en sus relaciones, su encadenamien- 
to, su movimiento, su nacimiento y desaparición. Veamos los 
fenómenos biológicos, por ejemplo; el ser orgánico elabora ma- 
terias que le vienen del exterior y secreta otras; a cada instante 
hay células que se separan de su cuerpo y se forman otras; des- 
pués de un tiempo la substancia de su cuerpo se renueva total- 
mente; todos estos hechos son confirmaciones de su criterio. 

La dialéctica sólo puede ser una explicación de los cambios 
de la realidad, del progreso y de la regresión. La historia de la 
humanidad no aparece más, así, como un caos de violencias es- 
túpidas, sino como la evolución de la humanidad misma, y el 
pensamiento puede seguir entonces, el progreso gradual a través 
de todos los errores « y mostrar la necesidad interna a través 
de todas las contingencias aparentes ». (^) 

Es ése el primer fermento revolucionario y el punto de par- 
tida del materialismo histórico puesto que han de buscarse como 
cualquier otro fenómeno las leyes a que obedecen los fenómenos 
sociales, ya que las sociedades no se transforman arbitranamen- 

( 1 ) Engels. Filosofía, economía política, eocialiemo, contra Eugenio 
Duhring. Introdocción. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


127 


te. La dialéctica conduce, asi, al determinismo en la naturaleza 
y en las sociedades, y entonces tomando las ciencias biológicas 
en sus conclusiones y al hombre en la naturaleza con sus nece- 
sidades, la economía política sería la base necesaria de la ciencia 
social y, por tanto, el factor económico el único factor qu e puede 
dar la ley del desarrollo de las sf.ciedades y de la evolución de 
la humanidad. 

5. — Lo que caracteriza el sistema de Marx es el haber con- 
cretado, como ya se dijo, toda la aspiración revolucionaria en 
una consecuencia independiente de la voluntad de los hombres 
y que resultaba de la lucha de clases y del régimen capitalista 
actual. En los escritos del principio del siglo pasado se encuen- 
tra el origen de sus doctrinas económicas y sociales, pero en 
Marx todo ello aparece sistemáticamente organizado para in- 
dicar la necesidad de la evolución social. La doctrina del socia- 
lismo, dice Engels, parece resultar de los principios establecidos 
por los grandes enciclopedistas del siglo XVIII, pero la raíz ver- 
dadera reside en las condiciones económicas. (^) 

Los principios revolucionarios vinieron, pues, del medio in- 
telectual y social de los siglos XVII I y XIX e impulsaron a los 
espíritus investigadores hacia la justificación de esa orienta- 
ción revolucionaria, como ya lo indicamos antes. Demostrar 
que esa corriente estaba de acuerdo con la filosofía hegeliana, la 
filosofía de más influencia política en el siglo pasado, fué la 
finalidad que persiguieron Mai x y Engels, como medio, sin duda, 
de darle más fuerza a su sistema, es una razón de oportunidad 
que solamente podía tener vah»r pai*a la intelectualidad alemana 
de entonces. 

Consideradas la sociedad y la naturaleza como arrastradas por 
un proceso constante, el estado actual no podía mantenerse y 
debía ser modificado. Esa modificación por lo demás, debía 
efectuarse en la base económica de la sociedad burguesa, es 
decir, en el régimen de propiedad. Aplicando a la propiedad el 
principio de la dialéctica de Hegel ( a una afirmación se opone 
la negación y luego se llega a la síntesis en una verdad superior) 
se tiene que la primera forma de propiedad es la propiedad común 


( 1 ) Engelg. Ob. cit 



128 


ANTONIO M. (;JvOMPONi; 


es decir, una afirmación. Ese régimen será sustituido por la 
propiedad individual, que es la negación de lo anterior; la sín- 
tesis, es la aspiración socialista, es decir, la negación de la nega- 
ción en un régimen de propiedad comunista de los bienes y 
medios de producción creados por el trabajo mismo. Este ré- 
gimen realizaría la finalidad social o colectiva de la propiedad, 
al mismo tiempo que las aspiraciones individuales al bienestar. (^) 
Ese mismo procedimiento dialéctico se aplicó a las distintas 
partes del sistema de Marx, a la lucha de clases y al medio de 
hacerlas desaparecer, al régimen capitalista, etc. * Hace trein- 
ta años, cuando la dialéctica de Hegel estaba todavía de moda, 
critiqué su aspecto engañoso. Pero en el momento mismo en 
que escribía el primer volumen de « El Capital », la joven gene- 
ración, desagradable, pretenciosa y mediocre, que mantiene el 
predominio en la Alemania culta, tenía el placer de tratar a 
Hegel como Mendelsohn, en el tiempo de Lessing, trataba a 
Spinozza, es decir, de « perro reventado ». Me declaré entonces 
abiertamente el discípulo de ese gran pensador, y, en el capítulo 
relativo a la teoría del valor, puse aún una cierta coquetería 
en tomarle su vocabulario particular. El pensamiento místico, 
al cual conduce la dialéctica de Hegel, no impide que este 
filósofo haya sido el primero en exponer de una manera completa 
y consciente las formas generales del movimiento «. (^) Marx 
indica cómo ese principio puede ser convenientemente empleado. 
Para Hegel, el proceso del pensamiento es el creador de una rea- 
lidad, y ésta sólo es el fenómeno exterior de aquél. Para Marx, 
en cambio, el mundo de las ideas es sólo el mundo material, 
traspuesto y traducido en el espíritu humano. Esto, dicho en 
lenguaje más usual es lo mismo que indicó la filosofía no alemana 
de los siglos XVIII y XIX, es decir que el pensamiento del 
hombre recibe la influencia del mundo exterior a través de los 
sentidos y, como ya \dmo6, fué ésta la gran revolución filosófica 
producida por el empirismo inglés. En esto, Marx se pone de 


( 1 ) Aüti-DulLL'ing. 

( 2 ) K. Marx. Ei Capital. Prefacio a la 2a. edición. 



FILOSOriA 1>E LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


129 


acuerdo con el medio intelectual de su época y la reacción que 
él mismo indica contra Hegel es un episodio de la reacción 
contra toda la filosofía racionalista. Engels concretará, a su 
vez, un nuevo aspecto de esa reacción al indicar una contradic- 
ción en Hegel, quien mientras, por una parte, presenta la his- 
toria de la humanidad como un proceso constante, por la otra, 
pretende descubrir una verdad absoluta, en vez de aceptar simple 
mente, un concepto relativo y humano de esa verdad. (^) 

En los creadores de sistemas socialistas la influencia es la 
del medio intelectual francés. En Marx, y lo mismo podemos 
decir en Engels, la influencia de las ideas revolucionarias viene 
también de Francia, ya directamente por Rousseau, Montes- 
quie^i, los empiristas, o bien por influencia indirecta de los 
materialistas a través ya de Hegel, o de sus continuadores, o 
del mismo medio social en que se formaran y en el cual será co- 
rriente pensar con la ideología de los enciclopedistas del siglo 
XVIII. 

La ñlosofía de Hegel había reunido los elementos más diver- 
sos y había planteado problemas de interés vital para la filo- 
sofía. Los continuadores encontraron en él mismo, elementos 
para crear concepciones nuevas y esas concepciones hasta fueron 
contradictorias entre sí. La escuela hegeliana se dividió en tres 
corrientes bien diferenciadas que se llamaron, de acuerdo con 
una expresión de Strauss, derecha, centro e izquierda hegeliana, 
aplicando a esa filosofía la clasificación generalmente adoptada 
por los partidos políticos. La primera, que se inclinaba a consi- 
derar las ideas religiosas de Hegel en armonía con la Iglesia era, 
en política, conservadora y llegaba hasta la exaltación del Es- 
tado financiero o del nacionalismo, como vimos antes; la segunda, 
llamada también la corriente de los jóvenes hegelianos se ate- 
nía, principalmente, a la dialéctica de Hegel, y, en polí- 
tica, como en religión, era renovadora. El centro estaba 
constituido por hegelianos que no continuaron en la filosofía 
sino que se dedicaron unos a la historia, como Zeller, Kuno Fis- 
cher, al derecho otros, como Gans, ala estética, Fischer, o que con- 
tinuaron siendo partidarios del maestro con una fidelidad abso- 


( 1 ) Engels. Anti-Duhring. 



130 


ANTONIO M. OROMPONE 


luta como Michelet. Con excepción del centro hegeliano, sua 
continuadores coincidían, pues, en la tendencia a hacer de las 
concepciones filosóficas un instrumento de acción política, ya 
tomando el aspecto religioso, ya el político o ambos a la ve//. 
Era la influencia del ambiente fuertemente impregnailo de 
luchas, y que transformaba toda investigación científica o fi- 
losófica en programar la acción. 

6. — De todos ellos, los que interesan realmente son los jó- 
venes hegelianos, pues fueron ellos filósofos que, sin perder con- 
tacto con la realidad, sintieron que no podía construirse un sis- 
tema de filosofía abandonando en absoluto lo que constituye 
el progreso del conocimiento humano. 

Colocaron al hombre en su medio y lo mostraron influenciado 
por éste, plantearon los problemas de la evolución con Lamarck y, 
posteriormente, con Darwin, consideraron el materialismo triun- 
fante en lo científico, especialmente cuando se pudo formular, 
con Mayer, la ley de la conservación de la energía. Las conclu- 
siones que del materialismo podían sacar, wlgarizadas por 
Moleschott, Vogt, Büchner, hacían caer, en política, los viejos 
conceptos ante el impulso de la acción de los pueblos y la revo- 
lución estaba en todas las cabezas jóvenes contra el Estado y 
contra la religión que había servido al Estado. 

Si no hubiera existido la filosofía de Hegel que había penetra- 
do en los espíritus como un dogma, se hubiera producido en Ale- 
mania la misma situación que en los otros países: los hechos 
hubieran dado origen a sistemas revolucionarios en religión, 
política, filosofía, y nada más. Con la existencia de Hegel, se 
produjo el conflicto entre la corriente exterior y la convic- 
ción filosófica que adquiría, respecto a Hegel, una actitud casi 
semejante a la devoción religiosa. Basta, en efecto, leer lo que 
Sentían por él hombres como Bakounine para comprender cuán- 
ta fe y cuánto entusiasmo se puso en penetrar el sistema. En tal 
conflicto había una sola solución: abandonar las conclusiones 
del maestro y tomar solamente el instrumento de trabajo, su 
dialéctica, que serviría para desarrollar los elementos nuevos 
y los nuevos problemas. 

La izquierda hegeliana tendrá de Hegel solamente su dialéc- 



FILOSOFIA BE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


131 


tica y, así como la derecha, tendrá apuro en exagerar sus con- 
clusiones. Es ésa una situación que siempre se producirá en el 
espíritu que quiere trabajar por sí mismo cuando se encuentra 
frente a un dogma. La escolástica se orienta hacia las discusio- 
nes lógicas como medio de resolver el conflicto entre la autori- 
dad y la ciencia, la revelación y la razón. Los jóvenes hegelianos, 
en una menor escala, deben hacer lo mismo. El contenido de 
su filosofía será, por tanto, lo característico de los siglos XVIII 
y XIX, sólo que será expuesto como resultado del procedimien- 
to dialéctico hegeüano. Si las causas inmediatas que originaron 
el socialismo alemán pueden ser distintas a las de otras corrien- 
tes, el origen verdadero fué en realidad el mismo. Aceptaron el 
pensamiento de la reAnilución como consecuencia de la lógica de 
Hegel así como los revolucionarios de otros medios adoptaban 
las mismas conclusiones como necesidad de la mentalidad social 
a que pertenecían. 

Eecordaremos que estaban entre los jóvenes hegelianos los 
hermanos Bruno y Edgard Bauer, D. V. Strauss, Luis Feuer- 
bach. Ruge, Federico Engels, Lasalle y el mismo Carlos Marx. 

Con fórmulas abstractas, los jóvenes hegelianos expresaron 
todas las esperanzas ftituras de las generaciones de fines del 
Reino de Federico III y de Federico Guillermo IV. (^) 

Si se exceptúan a Feuerbach, Marx, Engels y Lasalle todos 
ellos se perdieron en abstracciones desde el punto de vista polí- 
tico. Sólo como reacción contra los ataques del gobierno 
alemán que, por sus represiones brutales les quitó toda ilusión, 
los hermanos Bauer no consideraban ya a la monarquía consti- 
tucional como ideal de gobierno, y Ruge empezó a hablar de 
revolución y de República; pero su influencia fué, más bien, 
indirecta. Strauss plantea problemas más relacionados con la 
acción al estudiar el origen del cristianismo pues presenta una 
nueva solución para el mito considerado, después de Voltaire, 
como historia o ficción consciente, al sostener, que si bien 
Cristo, como persona histórica nos es absolutamente descono- 


( 1 ) B. Groethuyssen. Les jeunes hegeliens et l’origine du socialis- 
me contemporain en iUlemagne. Rev. Philosophique. 48c et 49e année. 



132 


ANTONIO M. GROMPONE 


cido, representa, por el contrario, lo que la humanidad puede 
realizar a fuerza de sufrir, aspirar y trabajar continuamente. 

Es así como se inicia la nueva crítica del problema religioso, 
base principal del concepto anárquico, y que servirá también 
al socialismo, desde que éste presupone la no existencia de un 
ideal religioso y la necesidad de resolver todo idealismo humano 
como una realidad posible. Será, sin embargo, en Feuerbach 
donde hallaremos el punto más claro de la concepción religiosa 
de la izquierda hegeliana, así como la influencia más considera- 
ble se encuentra en Marx. 

Feuerbach sustituye el concepto bíblico del hombre creado a 
imagen de Dios por el concepto histórico de que el hombre creó 
los dioses partiendo de las necesidades de su corazón. Los 
dioses de un pueblo son sus ideales y estos pueden contener, 
según sean las circunstancias en que han nacido, lo más alto y 
sublime o lo más bajo y absurdo. En vez de la negativa del ateís- 
mo, aparece la exaltación del hombre, pero ese hombre continúa 
siendo como lo indica Engels, el hombre abstracto que figuraba 
en las filosofías de la religión. « Es que ese hombre no ha na- 
cido del seno de su madre: ha salido del Dios de los mono- 
teístas, y no vive en el mundo real, evolucionado y determinado 
históricamente; entra en relación, es verdad, con otros hombres, 
pero esos hombres son todos, en tanto que lo son, tan abstractos 
como él mismo ». (^) 

Aunque Feuerbach, en expresiones aisladas, parece dar gran 
importancia al aspecto económico del problema humano ( « no 
se piensa lo mismo en un palacio que en una cabaña », « cuando 
a fuerza de hambre y de miseria, tú no tienes materia en el cuer- 
po, tú no tienes ya en la cabeza y en el corazón materia para la 
moral » ) sin embargo, le faltó hacer de esas conclusones aisladas 
la base de su sistema sociológico. Como se ve, estamos ya bien 
lejos del sistema absoluto de Hegel que conducía a una idea 
mística de la realidad y tenemos reducida la religión a un con- 
cepto humano. Feuerbach podrá conciliar, adoptando el sen- 
sualismo, la filosofía con el materialismo, haciendo po.sible el 
acuerdo de los sistemas filosóficos con los resultados de la cien- 


( 1 ) Engels. Luis Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLDCIONES SOCIALES 


133 


cia. Por otra parte, el ambiente iba preparando la necesidad de 
la revolución. La tendencia de Carlos Marx sería, así, de las 
teorías salidas de Hegel la « única que ha dado frutos »> como lo 
decía Engels, porque se tomó la concepción materialista para 
justificar la nueva sociología. Para ello, debió, simplemente, 
considerar las sociedades con el carácter de realidad que tenían 
para Hegel e interpretar el materialismo desde el punto de vista 
económico. Se produjo lo que ya indicamos antes con respecto 
a los sistemas filosóficos: no transforman la mentalidad social 
y no adquieren fuerza, mientras no se orientan como sistemas 
éticos abandonando toda discusión abstracta. 

7. — Las palabras mismas de Marx mostrarán cómo se pro- 
duce el pasaje de la especulación a la acción, siendo el punto de 
partida la dialéctica y el' concepto evolutivo de Hegel: « Todo 
lo que existe, todo lo que AÚve sobre la tierra y bajo el agua, 
no existe, no vive sino por un movimiento cualquiera. Así, el 
movimiento de la historia produce las relaciones sociales, el 
movimiento industrial nos da los productos industriales. Lo 
mismo que a fuerza de abstracción hemos transformado toda 
cosa en categoría lógica, también con sólo hacer abstracción de 
todo carácter distintivo de los diferentes movimientos se llega 
al movimiento, al estado abstracto, al movimiento puramente 
formal, a la fórmula puramente lógica del movimiento. Si se 
encuentra en las categorías la substancia de toda cosa, se ima- 
gina encontrar en la fórmula lógica del movimiento el método 
absoluto, que no solamente explica toda cosa, sino implica 
todavía el movimiento de la cosa». (') 

Como lo dijimos antes, no hay necesidad de estudiar ni la 
teoría del materialismo histórico, ni los orígenes de la economía 
política de Marx, ni el concepto revolucionario que contiene 
el manifiesto del 48, pues todo ello es una consecuencia de los 
conceptos filosóficos que hemos indicado ya y de la idea de Marx 
sobre la evolución social. En efecto, la evolución de la sociedad 
se caracteriza por la evolución económica, la cual, en un momento 
determinado, se encuentra con que la superestnictura jurídico- 
ideológica no ha evolucionado, mientras lo económico ha cam- 


( 1 ) OajioB Marx. MíBoria de la Filosofía. 



134 


ANTONIO M. GROMFONK 


biado esencialmente, surgiendo entonces una serie de evoluciones 
que cambian el tipo de producción, por resultar éste anticuado. 
Así se han presentado los diferentes tipos de producción: asiá- 
tica ( barbarie ), antigua ( esclavitud ), feudal, ( propiedad de la 
persona ) y burguesa ( salario ). Cada época social lleva en sí 
los gérmenes de la siguiente hasta que estos gérmenes son capa- 
ces de destruirlo y de dar origen a otro. (^) 

i, Cuál es, sin embargo, el concepto ético que puede surgir 
de este sistema ? Por una parte, el materialismo histórico pare- 
cería considerar la evolución social como independiente de la 
voluntad de los individuos y llevar todo el proceso a un fatalis- 
mo que pesara sobre las acciones de aquéllos. Por la otra parte, 
la revolución deberá producirse por la acción de los proletarios, 
clase explotada, que suprime el régimen de producción burguesa 
y al mismo tiempo la lucha de clases y el capital, con lo cual 
parece admitirse que el hombre puede dirigir, en determinados 
momentos, los acontecimientos sociales. 

Según Marx, en las sociedades antiguas y en las asiáticas 
la transformación del producto en mercadería ocupa un lugar 
secundario no existiendo, por tanto, los pueblos mercaderes. 
Las relaciones inmediatas pueden caracterizarse, pues, por rela- 
ciones de despotismo y esclavitud. Existe poco desenvolvimien- 
to de las fuerzas productivas del trabajo, desapareciendo sólo 
ese criterio, que es a la vez el de las religiones, cuando las condi- 
ciones de la vida cotidiana entre los hombres y entre éstos y la 
naturaleza presentan caracteres de relaciones netamente ra- 
cionales. El ciclo de la vida social pierde su velo místico cuando 
la sociedad aparece como un conjunto de hombres libremente 
asociados y ejerciendo un contacto consciente y metódico. 
Para llegar a ese ideal la sociedad debe tener una base material 
o deben existir condiciones materiales de vida, producto natural 
de una larga y penosa evolución. (*) 

Por una parte, pues, el ideal consistiría en ensalzar lo racio- 
nal y la actividad libre del hombre; por la otra, el proceso será 


( 1 ) Carlos Marx. El Capital. 


( 2 ) Marx. El Capital. 



FILOSOriA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


135 


evolutivo, es decir, independiente de la voluntad de los hombres. 
Se pueden originar así dos interpretaciones, y de ahí que el 
marxismo se dividiera bien pronto en dos corrientes: la de 
aquellos que pretendían obtener la transformación social por 
una evolución ininterrumpida que seguiría el proceso necesario 
de transformación social, y la de quienes concebían la necesidad 
de una revolución que, implantando francamente una dictadu- 
ra del proletariado, transformara la sociedad actual por este 
medio. Las dos soluciones son posibles en la ética marxista 
por cuanto una confía sólo en la acción colectiva y la otra man- 
tiene la posibilidad de la acción individual. Esa contradicción 
interna existe, pues, en la ética marxista, como existe también 
en toda la ética del siglo XIX cuando quiere reducir la moral 
a simple estudio de fenómenos objetivos. 

Habría una forma de explicar las dos posibilidades y es acu- 
diendo al método dialéctico de Hegel, de síntesis de los contrarios. 
Bn realidad, esa contradicción interna de Marx es una conse- 
cuencia de ese método y de la concepción de lo racional como 
idéntico a lo real, lo que implica aceptar que la asociación libre 
y racional entre los hombres puede ser, simplemente, una con- 
secuencia de la evolución social, sin necesidad de dar interven- 
ción a las voluntades individuales. Esa interpretación sería 
más admisible que la que se presenta en ocasiones como dando 
a Marx una ética posibilista. (^) 

En todos estos sistemas aparecen esas contradicciones, las 
que se mantienen en equilibrio gracias al desarrollo total del 
mismo, pero que, al irse aplicando parte a parte, y ante las con- 
diciones nuevas van haciendo necesaria la división por rup- 
tura de equilibrio. Es lo que ocurrió con Hegel, y es lo que está 
ocurriendo con el marxismo. Este, también, fué un sistema crea- 
do para responder a un movimiento de las masas. Se presentó 
con caracteres netamente científicos y como consecuencia 
necesaria de la aplicación de un método dialéctico. Hay un poco 
de desprecio para los revolucionarios al estilo de Poudhon, 
Pourier y aún para el mismo Saint Simón, quienes pusieron 

( 1 ) Adolfo Landry. Karl Marx en Etude de la Philosophie Morale 
áti XrX eiécle. 



136 


ANTONIO M. GROMPONK 


poco cuidado en la exposición sistemática y confiaron más en 
sus críticas al régimen actual o en sus concepciones de ñituro; 
sin embargo, entre ellos solamente hay diferencia de grado. El 
sistema de Marx tiene un fondo de investigación de hechos que 
tanto pueden servir a levantar al socialismo como a hundirlo: 
su economía política, como la orientación de todo el sistema y las 
consecuencias que de él se sacan, tienen el marcado acento de 
un alegato en favor de una tesis admitida de antemano. Ese 
tono de polémica, al mismo tiempo que le dió carácter de evan- 
gelio apto para la propaganda, le quitó serenidad de investi- 
gación científica. Eso mismo indica que, en Marx, lo revolu- 
cionario responde a la mentalidad de la época, un poco más 
engalanado de términos científicos o pseudo científicos, dialéc- 
tica, economía política, evolución de la producción, etc. A tra- 
vés de Feuerbach y aún de Hegel, quienes obscurecieron las 
corrientes de pensamiento del siglo XIX, son siempre las gran- 
des ideas revolucionarias las que predominan, Rousseau, Mon- 
tesquieu, Voltaire, el sensualismo. En esas aparatosas con- 
cepciones metafísicas que tanto mal han hecho al desarro- 
llo de la filosofía, relacionadas con el valor de la razón y el 
puesto del hombre en la naturaleza, en la sustitución de 
valores teológicos por valores humanos, hay solamente un 
reflejo, expresado en difícil, de lo que estaba haciéndose en 
todo el mundo: valorización de los datos de los sentidos y 
corriente empirista general, creación de las investigaciones psi- 
cológicas y de la diferencia individual del hombre, colocación 
de éste en el medio natural como un ser biológico tal como 
lo estudiamos antes. A pesar de que Engels ataca a Bacon y a 
sus continuadores, es esa corriente como la de Locke, Hume, 
Maine de Biran, Lamarck, índice del mismo estado de espíritu 
que, paralelamente, produce la revolución en la política, en 
la ciencia, en las relaciones sociales, hasta en el arte, haciéndolo 
más humano. Tomando cualquiera de esos hechos podríamos 
hacer ver cómo ese mismo estado de espíritu aparece hasta en la 
música, con ser la menos intelectual de todas las artes. 

Y a tal punto es todo sistema revolucionario una comproba- 
ción de esta tesis, que en estos últimos tiempos han surgido, 
con éxito dos corrientes filosóficas: la del pragmatismo, que 



FIÍ.OSOl-IA 11E LA.-:! RKVOI.VOIOKES SOCIALES 


137 


quiere juzgar al árbol por sus frutos, toda doctrina por su seo n- 
secu encías, y la de Bergson que explica la vida por un impulso 
íireador y de acuerdo con ellos aparece la doctrina revolucionaria. 
Esta no puede ser determinada como consecuencia pero repre- 
senta un producto de estados de espíritu análogos aplicados a la 
política: el sindicalismo, la revolución en acción, la violencia 
organizada sistemáticamente, no ya para obtener la supresión 
de las clases, sino para lograr el triunfo del proletariado sin que 
el régimen social actual pueda absorber esta fuerza revolucio- 
naria. 

8. — La relación armónica de las revoluciones con la menta- 
lidad de la época se manifiesta en dos sentidos. 

En la existencia misma del movimiento revolucionario, por 
la crisis que se produce en la apreciación de valores de la organi- 
zación social, la transformación de la mentalidad se orienta 
en un sentido crítico, especialmente, indicando la falla artifi- 
ciosa y la falta de justicia de las instituciones, ya sean éstas 
religiosas, políticas o económicas, frente al ideal humano que 
se va concretando en las aspiraciones a la renovación. 

Por la otra parte, la forma del pensamiento de los intelectua- 
es especializados determina las características de las soluciones 
y éstas siguen una escala gradual desde el punto de vista general 
humano, que predomina en un período histórico, hasta las for- 
mas particulares que caracterizan una escuela o un sistema es- 
pecial del pensamiento. 

Por eso el marxismo es, desde el punto de vista de la menta- 
lidad del siglo XIX, solamente una manifestación de la corriente 
revolucionaria, consecuencia ésta de una preparación generali- 
zada que hacía crisis con cualquier solución y con cualquier 
«istema; pero considerado en sus relaciones con la filosofía ale- 
mana es un })roducto de la manera de pensar de los hegelianos. 
Es así, también cómo en la actualidad la sustitución de las for- 
mas lógicas del siglo pasado por la concepción de la verdad en 
la filosofía de los valores, en el pragmatismo y en Bergson como 
una noción instable supeditada a la acción o a la vida, aun cuan- 
do permite mantener las corrientes revolucionarias impide se 
acepte la idea de una revolución que pueda realizarse totalmente 



138 


ANTONIO M. OROMPONB 


de conformidad con un programa pensado, para vivir la revolu- 
ción como desean hacerlo los sindicalistas. 

La separación se hace así bien clara entre la causa que origina 
la corriente revolucionaria y la forma de concebir o de pensar 
la revolución en los especializados por la función del pensa- 
miento. En Marx esto último era lo más original, y por eso la 
crítica a su sistema no lo es a la aspiración revolucionaria, sino 
simplemente a un modo de expresar la solución o de presentarla. 

El sistema de Marx sirvió, sin embargo, para indicarnos un 
caso típico de vinculación de ideología revolucionaria a la con- 
cepción general del mundo y del pensamiento humano, y eso 
mismo se hubiera podido obtener con cualquier otro sistema 
elegido, tal como se demuestra que con la transformación actual 
de la mentalidad se transforma también, la orientación de las 
soluciones. ¿ No están, acaso, los marxistas actuales, obligados 
a defender su ideología contra las nuevas concepciones que quie- 
ren presentar la bancarrota de su sistema ? Es que resulta con- 
trario a la experiencia expuesta pretender que las soluciones 
tengan ahora el mismo valor que cuando fueron pensadas y se 
adapten rígidamente a las actuales circunstancias. Sería dar- 
les valor de profecía, y al pensador, potencia de creador de la 
vida misma. 

Destacaban lo humano como un valor biológico y lo pensa- 
ban determinado por lo económico. Lo económico apareció así 
porque en el modo de pensar la historia, especialmente en la 
visión de los grandes períodos y de las masas sin las particulari- 
dades de cada momento, se destacaba siempre el elemento 
que más predominaba por estar relacionado con las necesidades 
vitales. Era también, en el modo de pensar de la época, lo úíiico 
que aparecía con caracteres materiales, capaces de presentarse 
contra la apreciación subjetiva que podía cambiarse según las 
esperanzas de cada uno. 

TodaAÚa quedaba el concepto de igualdad de todos los hom- 
bres, concepto básico del Renacimiento, y por tanto no podía 
admitirse que aquello, válido para la masa, en una visión de 
conjunto y a través de largos períodos históricos, no fuera válido 
también para cada uno de los individuos considerados aislada- 
mente. Se olvidaba así, el principio básico de toda construcción 




FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


139 


científica y es que cuando actúan muchas fuerzas en un momento 
dado, la resultante puede originarse por la destrucción de una par- 
te y éstas no aparecen, naturalmente, al final aunque hayan 
tenido su influencia en la producción del movimiento. 

Es ésta la falla principal del sistema; sobre la cantidad de 
factores que tienden a hacer uniforme la acción humana se 
destacan penosamente, sí, pero se destacan, las diferencias in- 
dividuales, y éstas no tienen el mismo valor en acción en todos 
los hombres, como no es idéntica la deformación social en todos 
los individuos. Sobre el determinismo absoluto que obedece 
a factores externos, es imposible concebir, aunque sea como ex- 
cepción, la individualidad con factores y elementos internos 
de determinación que no son los corrientes en la masa. En ellos 
están los gérmenes de innovación, y una posibilidad de libertad 
humana que justifica la preocupación de los individuos que quie- 
ren ser los orientadores de sus actividades biológicas y psíquicas, 
y no los esclavos de fuerzas que aniquilan su voluntad. 

El hombre libre, que es una afirmación de fuerzas en reacción 
frente al medio, está en contradicción con el sistema de solucio- 
nes socialistas. 




Capítulo VIH 


1. Anarquismo. 

2. Doctrinas y adeptos. 

3. Anarquismo y socialismo. 

4. Valor del individuo. 

5. El ideal anárquico. 

6. Sindicalismo. 




1. — Es imposible pensar en acciones revolucionarias, sin 
que se dirija el pensamiento de inmediato al anarquismo. Esa 
palabra ha servido para designar toda tendencia que pretenda 
conmover el orden establecido. Es frecuente, por lo demás, 
que se le defina como un sistema que proclama la violencia 
como medio de obtener la transformación del orden actual, 
sin duda porque se han titulado anarquistas los autores de la 
mayor parte de los atentados terroristas. Los hombres del or- 
den actual ven en ellos a los monstruos que atacan ese mismo 
orden: los socialistas los combaten porque no siguen su co- 
rriente; ellos mismos carecen de un programa, por lo cual, el 
primer escollo que se encuentra al estudiar el anarquismo es 
determinar sus características, así como sus relaciones con el 
socialismo. 

Puede indicarse aisladamente qué es lo que sostienen los au- 
tores de sistemas anarquistas y separar lo que ellos piensan 
de lo que piensan los socialistas; pero, en cambio, la diferencia 
es muy difícil de encontrar en la masa. 

El socialismo ha tendido, siempre, a actuar como organiza- 
ción nacional o internacional. Ya sea para la lucha política o 
para la lucha revolucionaria ha tratado de tener su programa 
teórico y su programa de acción inmediata y después del Mani- 
fiesto del 48, tuvo hasta su dogma; en los momentos en que ese 
dogma no había sido aún aceptado con carácter general, el so- 
cialismo tuvo siempre una concepción económica definida, in- 
mediata o lejana. 

El anarquismo, en cambio, empezó con sistemas aislados, que 
representaban convicciones o investigaciones individuales y so- 
lamente después han aparecido los adeptos. Los sistemas no 
tienen relación directa entre sí. 



144 


ANTONIO W. OKOMPONE 


La única continuidad manifiesta entre las doctrinas anar- 
quistas es debida siempre a relaciones personales de los agita- 
dores o de los teorizadores, antes que a una verdadera y propia 
vinculación o tradición doctrinal. (^) 

Hamon, preocupado solamente de la ideología anarquista en 
la socialización de los medios de producción considera al anar- 
quismo como una fracción del socialismo; pero si se investiga el 
fundamento de las dos tendencias, se presentan como irreduc- 
tibles. 

El anarquismo apareció, en primer término, con los creadores 
de sistemas, Stirner, Bakounine, Tucker, Grave, Malatesta, 
Kropotkine. Luego surgen los grupos de anarquistas teóricos que 
realizan la propaganda y que obran, al decir de Zocoli, como coe- 
ficiente de dilatación de los creadores de sistemas, adhiriéndose 
a sus tendencias específicas, tomando sólo aquello que puede 
servir para la acción, la parte crítica principalmente, con una 
vaga esperanza de la sociedad futura, divulgando todo ello 
aun cuando puedan ser, en ocasiones, corrientes o ideas contra- 
dictorias. Por último, aparecen los adeptos, los hombres de 
combate cuyo estado de espíritu es análogo al de la masa socia- 
lista, tal como se ha estudiado antes, aunque los medios de 
acción sean diferentes, por arraigar la convicción de que la vio- 
lencia, el terrorismo, deban ser procedimientos eficaces para 
llegar a la realización del ideal. Son estos últimos los creadores 
del anarquismo de hecho, los realizadores de la doctrina de la 
violencia contenida en algunas obras de agitadores. Los que 
sólo estudian superficialmente el problema, ven, en estos dos 
últimos tipos de anarquismo, toda la corriente anárquica. Estos 
revolucionarios han puesto toda su esperanza en la revolución 
social y no pueden hacerse diferencias, repetimos, entre el 
estado de espíritu de éstos y el de las masas socialistas. 

Es la misma esperanza en una justicia por llegar, la misma 
convicción de que el régimen actual establece desigualdades 
injustas, el mismo esceptismo por toda solución que no trans- 
forma radicalmente lo existente. 


( 1 ) Zocolla La anarquía. 



m.OííoriA 1 K i.As KEvoi.i ciokj:s SOOIALBS 145 

En cuanto a la manera de pensar, se diferencia por el mismo 
origen teórico, desde que en el anarquismo se agudiza el aspecto 
crítico, la tendencia a demoler instituciones sociales, mientras 
en el socialismo se conña en la socialización de los medios de 
producción, vale decir, en una organización futura. 

Desde el punto de vista psicológico, hay en los anarquistas 
un espíritu más inadaptado a la vida social que no puede com- 
prender ni aceptar una organización en la cual el individuo se 
subordina a la colectividad: es la rebeldía y la revolución 
que no ha llegado a construir su fórmula y que, por tanto, 
puede convulsionar un medio social sin realizar un programa. 
En los períodos revolucionarios de la historia han aparecido 
simultánea o sucesivamente, estas dos corrientes. Eoma nos 
presentó ya la actividad, cada vez más influyente, de los revo- 
lucionarios sociales conquistando posiciones, y las tendencias 
de crítica, de aquellos que reaccionan como inadaptados, con 
rebeldías, sin programa racional futuro, como las huestes de 
Catilina. En éste ven algunos anarquistas actuales el tipo del 
agitador moderno, y no el simple disoluto sin moral que acaudi- 
llara hordas de bandidos, como lo presenta Cicerón, el rico que 
temía por sus riquezas. 

2. — El anarquismo empieza, pues, por las doctrinas y luego 
aparecen los adeptos, por lo cual es, pues, esa doctrina lo que 
interesa principalmente. 

Como consecuencia de la renovación del problema del cono- 
cimiento, indicada anteriormente, se-hace del hombre el centro o 
el eje de toda comprensión, ya sea que se le considere como reac- 
cionando sensí'rialmente al medio, o como no pudiendo conocer 
ese medio, y s lamente tienen valor sus concepciones como 
realidad para él mismo, desaparecida la comprensión racional 
del mundo, que se consideraba antes como sujeto a leyes eter- 
nas que se podían conocer por una actividad inteligente. Si por 
una parte se va mirando ese medio, como formador o deformador 
del individuo y se da el primer puesto en toda construcción 
ideológica al dominio y utilización del mismo, por la otra se 
exaltan todas las condiciones individuales como única realidad y 
única fuente de toda actividad. 



146 


ANTONIO M. GROMPONE 


De este último aspecto procede el ataque a las instituciones 
sociales que pueden coartar o impedir la libre expansión del in- 
dividuo. La sociedad, la moral corriente y en un grado más 
avanzado, lo que se consideraba como la base de la sociedad 
actual, el Estado y la Ereligión, sufren los ataques de esa clase 
de espíritus. 

La literatura romántica nos da un índice de esa corriente 
en el terreno de los sentimientos. Espronceda, Musset, Hugo, 
Sand, Byron, poetizan al individuo reaccionando contra el me- 
dio, y lo social sólo representa lo ordenado, trivial, inferior, 
vulgar o anti- estético. 

Lo interesante es que, mientras en literatura y en arte en 
general, se destacaban cada vez más los valores personales, 
llegando, en Ibsen, hasta la más alta exaltación del individuo 
en lucha contra las fuerzas sociales, la política tendía a crear 
valores opuestos. Sólo aisladamente podían aparecer las con- 
cepciones de las masas como tipos, en las concepciones 
de Zola y en los ensayos de pintura de características sociales, 
de Millet. Volvemos, así, a observar cómo lo aparentemen- 
te contradictorio, o lo que sólo puede pensarse como contradic- 
torio, surge y tiene su causa en una misma corriente y actúa 
dentro del mismo impulso de vida colectiva. 

El individualismo pensado como orientación humana es, pues, 
otro de los elementos que trae ese siglo XIX. Pero en él deben 
destacarse dos tipos: el indicado por Xietzche como sistema de 
diferenciación que cree que suprimidas las barreras tiunfan 
los hombres superiores, y el individualismo anárquico de Kro- 
potkine o Stirner, en el cual lo anhelado es la misma posibili- 
dad para todos, con la esperanza de que suprimidos los obstácu- 
los, todos realicen por igual su destino. 

¿ Lo primero es un anarquismo f Lo único que allí existe, 
es una exaltación del individuo como resultado de un criterio 
personal que no se caracteriza por la propaganda Colectiva, ni 
tiene esa finalidad. El anarquismo surge cuando esas explosio- 
nes aisladas tienden a presentarse como un ideal práctico, rea- 
lizan una propaganda, se extienden, buscan adeptos y especial- 
mente cuando los hombres confían en una mejora social y se 
asientan en una crítica a lo existente. 



FILOSOFIA 1>E LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


147 


Para Nietzche toda la posibilidad de acción que se deriva de 
un pensamiento será siempre una posibilidad de selección. El 
dolor crece con la cultura, y es un índice de fortaleza superar el 
dolor. Su individualismo es el modo de exaltar a los fuertes, 
desde un punto de vista elevado de la vida. El individualis- 
mo anárquico es, por el contrario, un medio de eliminar las des- 
igualdades y privilegios actuales, buscando el reinado de la 
justicia, que, por una parte, permitirá la elevación de los hom- 
bres y por la otra, será una manera de satisfacer sus necesidades. 

3. — Si bien, ideológicamente y haciendo abstracción de 
hombres, pueden sintetizársela diferencia entre anarquistas y 
socialistas en el momento actual, hubo una época en laque apa- 
recen casi confundidos y es frecuente entre los propagandistas 
tildarse de anarquistas-comunistas. La misma separación de 
Marx y Bakounine obedeció, en un principio, a cuestiones per- 
sonales y de táctica, y no fundamentales. 

Pero lentamente van destacándose esas diferencias latentes 
y aparecen irreductibles en el campo del pensamiento. Bakou- 
nine no admitía la posibilidad de una revolución social «por 
decreto », como lo llamaba él, es decir, que se organizara una re- 
volución ya sea por una dictadura, la del proletariado, o por 
una asamblea constituyente, conforme parecía ser el propósito 
o la convicción de Marx; sólo admitía la posibilidad de la igual- 
dad por medio de la libertad. (^) 

Y en los últimos tiempos, Kropotkine en una carta a los tra- 
bajadores de Occidente, refiriéndose a la Eevolución Eusa, 
critica los « males inherentes a la dictadura de im partido que 
se ha acrecentado con las condiciones bélicas en que se debate » 
y considera que la tentativa de fundar una república comunis- 
ta con bases estables, fuertemente centralizadas, bajo la ley 
de hierro de un partido, tiene que resolverse en un fracaso. 

Es claro que en el origen, hasta que no se destacó el punto 
que marcaba la divergencia, pudieron confundirse anarquistas 
y socialistas. Fourier y Saint Simón dieron elementos a los anar- 
quistas; Proudhon y Blanqui tienen en sus doctrina caracterís- 


( 1 ) L. Fabbri. Bakounine, Man, Lenin. Rev. Peneiero e Volonta. N.® 
9 Roma 1924. 



148 


ANTONIO M. CPROMPONE 


ticas anárquicas, y en la Internacional organizada por Marx 
aparecen confundidos elementos anarquistas y socialistas, hasta 
que estalló la división entre ellos. La crítica económica de los 
socialistas sirvió, a menudo, de base a doctrinas anarquistas. 

Pero si tienen puntos de contacto en la crítica, no los tienen 
en la parte positiva de sus tendencias. El socialismo que de- 
fine su programa de acción con el manifiesto de Marx y Engels, 
se va organizando en partido y trata de crear una fuerza en 
todos los países donde se considere posible la revolución social. 
Reformistas, social- demócratas, comunistas, todos ellos van a 
adherir en primer término, a las bases que constituyen la ideo- 
logía socialista y aún aquellos grupos sin programa de acción 
política, y que repudian toda cooperación, tienen una finalidad: 
organizarse como fuerza para pensar, llegado el día, en la revo- 
lución. Los adeptos empiezan por considerar esos principios 
como bases que no pueden ser suprimidas ni discutidas, por 
cuanto lo que se hace es plegarse a ellas; no aceptarlas significa 
dejar de pertenecer al partido socialista. En esto se ha procedido 
con el mismo criterio que el sostenido por cualquier otro partido 
organizado, o por cualquier núcleo que presta su acatamiento 
a un principio religioso. Antes de establecerse los principios 
básicos, la discusión y la adquisición de elementos varía al in- 
finito; pero en un momento dado, alrededor de una de las con- 
cepciones se van agrupando los hombres. Se constituye, así, 
el dogma y se sienta el partido político, el socialismo o la Iglesia, 
según los casos. 

El socialismo, en ese sentido, indicó una nueva forma de or- 
ganizar los partidos políticos con un programa de acción. Pero 
esa misma acción establecía la necesidad de la organización 
social, y del principio de autoridad, ya como una finalidad per- 
manente en el socialismo de estado, o como una dictadura tran- 
sitoria para imponer luego el comunismo. 

El anarquismo, en cambio, no se organizó como partido ni 
consigue tampoco, tener un sistema que satisfaga a todos. 
Es, solamente, el criterio individualista el que los une; pero los 
separa el modo cómo cada cual entiende el problema. Mientras 
el socialismo, de un modo o de otro, sostiene el principio de or- 
ganización y de autoridad, el anarquismo se afeixa al concepto 



FILOSOFIA DE LAS BEVOLVCIONES SOCIALES 


149 


de libertad y a la supresión de cualquier coacción que pueda im- 
pedir la libre actuación de los individuos. El programa de 
acción único que puede resultar de aquí es la propaganda para 
formar hombres con el convencimiento de que en ellos mismos 
está la posibilidad de suprimir injusticias, y que la transforma- 
ción social sólo se obtendrá cuando el pueblo se eduque y tenga 
voluntad. La violencia es sólo un medio de propaganda y de atraer 
la atención, pero en modo alguno necesario, desde que como 
dicen muchos, preferirían perder, si para vencer debieran le- 
vantar horcas. (^) 

El anarquismo no cuenta, así, con una masa de adherentes, 
pero es, en cambio, mayor el número de creadores de sistemas. 

En otro sentido, la diferencia se hace más marcada aún: el 
punto de vista socialista es, como ya se indicó, de crítica econó- 
mica, mientras el punto de partida del anarquismo es un con- 
cepto filosófico del individuo; éste debe tener la posibilidad de 
desarrollar su vida. Deben, por tanto, suprimirse las organiza- 
ciones sociales que pesan sobre el hombre. Para Stirner y Ba- 
kounine, el núcleo del jirograma de acción consiste en la crítica 
de la religión y como consecuencia, intentan abolir la idea de 
Dios, el primero porque contempla el mal del cristianismo, y 
el segundo porque estudia el mal de todas las religiones. Para 
ellos fué la metafísica la base del sistema como más tarde debía 
ser para Kropotkine, Grave o Tucker el concepto biológico del 
individuo, y para Malatesta, la fuerza moral individual. En 
todos los casos, aunque se tenga en cuenta el factor económico 
él no sirve de fundamento a la crítica. 

Podemos, pues, sintetizar el problema del socialismo formu- 
lando la pregunta: ¿ qué debe modificarse en la sociedad actual, 
para obtener la supresión de las clases sociales e implantar la 
justicia entre los hombres ? Y la respuesta es ésta: las relacio- 
nes económicas, programa concreto de finalidad práctica. En 
cambio, el anarquismo se pregunta: ¿ qué es lo que impide a los 
hombres realizar su finalidad total de individuos ? Y la respues- 
ta es ésta: toda organización fundada en la religión, en la moral. 


{ 1 ) E. Malatesta. Anarchia e Violenza. Rev. Pensiero e Volonta. Nos. 
17 y 19 Set. Oct. 1924. 



150 


ANTONIO M. GROMPONK 


en el estado o en cualquier autoridad. Es por eso que el anar- 
quismo se mantiene, cuando investiga, en las asieras del pensa- 
miento puro y no puede admitir que los fenómenos exteriores 
maten la voluntad individual. 

La biología, que dió la noción de influencia del medio y predo- 
minio de la especie y de agrupación social, ha sido llevada en 
estos últimos tiempos por obra de Scháffle, Worms, Novicow a 
identificar las agrupaciones con los individuos biológicos. ( ¿ Y 
no es ése también, en medio de un palabrerío difuso, el mismo 
criterio de los que dan valor real a civilización, a la cultura, con 
prescindencia de los hombres que la originan ? ). 

^ Pero fué también la biología la que dió la noción de individuo 
como base de la especie, del hombre como elemento social, y 
ya Lamarck indicaba que las concepciones de especie y clasifi- 
cación eran sólo creaciones del hombre. Además, el sensualis- 
mo, y, en general, el empirismo, afirmaban que todo conoci- 
miento procede del hombre, considerado individualmente, y 
dan con eUo importancia a las características personales. Con 
Locke, Hume, Condillac, Maine de Biran, nace la psicología a 
base de experiencias, y donde el clasicismo había visto unifor- 
midad entre todos los hombres y la posibibdad de crear reflexiva- 
mente toda la psicología, se presenta el espíritu del individuo, 
distinto en cada uno, en el tiempo y en el espacio, en vez del ele- 
mento abstracto, o la entidad idéntica en toda la especie. 

Aquí también se va progresando apoyándose en dos nociones 
lógicamente contradictorias, pero que permiten tratar una doble 
serie de hechos que de otro modo no podrían ser sistematizados, 
y cada noción que se extiende tiene el germen de su propia des- 
trucción, como esos insectos que en el huevo que ponen, ya 
tienen el parásito que debe aniquilar su descendencia. La sín- 
tesis que soñaba Hegel resulta imposible, por cuanto lo único 
que va quedando, son posiciones no pensadas, sino simples ten- 
dencias, y se avanza con planteamientos nuevos y sustitución 
de soluciones pero dentro de las mismas orientaciones. 

El anarquismo toma, pues, un modo opuesto de estudiar al 
hombre comparado con el modo del socialismo. 

Para Bakounine, la gran frase del siglo XIX que Hegel no 
pronunció y que expresaron al mismo tiempo Comte y Peuer- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


151 


bach fué: « La metafísica se reduce a la psicología ». Y agrega: 
♦ Todos los sistemas metafísicos nunca fueron otra cosaque psi- 
cología humana desarrollándose en la historia ». (^) Al individuo 
biológico que tiene sus necesidades y sus características propias, 
se agrega el individuo psicológico que tiene mentalidad, ideali- 
dad, sentimientos y aspiraciones particulares. 

El criterio social no agota todo el problema, y aún satisfechas 
todas las posibilidades del hombre como ser perteneciente a una 
especie, queda margen para considerarlo como ser distinto a 
sus semejantes, dentro de esa misma especie. De ahí nace necesa- 
riamente una doble noción de libertad general como realización 
de las posibilidades de cada uno, y de libertad psicológica o me- 
tafísica, como afirmación de las características del individuo 
biológico o psicológico. 

En un principio, creyeron los anarquistas que era posible 
obtener todo eso con la simple solución del problema econó- 
mico-, ( Bakounine ), pero luego esa contradicción lógica que se 
ha indicado, se puso de manifiesto y apareció forzosamente el 
cambio de orientación. Y es de tal modo clara esa oposición, 
que algunos han pretendido orillarla sosteniendo que la igualdad 
y la solución económica sólo servirán como punto de partida, 
para que luego pueda producirse la evolución natural que se 
sustituya a la evolución artificial, característica de nuestras 
sociedades. 

¿ Pero se habría resuelto así el asunto ? 

Es que el mismo evolucionismo resulta contradictorio, por 
cuanto el elemento individual que aparece en la concepción la- 
marckiana ( la función crea el órgano ) o en la de Darwin ( se- 
lección natural ) va dando entrada al elemento social por la 
persistencia de los elementos asociados sobre los solitarios, y la 
Subordinación del individuo al medio. Y esa misma oposición 
se puede destacar, ya sea que aceptemos variaciones bruscas, 
mutacionismo, que siempre enfrenta dos extremos, el medio físico 
y las características internas del individuo, o el intercambio nu- 
tritivo, como influencia sobre las transformaciones. i Es inin- 
teligible lo real, entonces ? No es el momento de analizar eso. 


( 1 ) Bakounine. Dios y el Estado. 


ANTONJO M. OTÍUMPOXE 


ir*2 


sino el indicar que lo que parece imposible es captar lo real en 
una sola fórmula, pero que es parcialmente inteligible desde 
que va sirviendo de punto de apoyo a nuestra acción. Lo único 
que esto nos presenta es lo ilusorio de todo sistema que pretenda 
cerrarse a la contradicción que fatalmente debe tener, y nos 
indica cómo su destrucción viene del progreso de su contrario 
que va acumulando los elementos despreciados, hasta fundamen- 
tar una nueva convicción. 

4. — El anarquismo reivindica el valor del individuo. Por 
eso el primer elemento que se considera como un mal es el 
Estado mismo. « Las leyes sociológicas, que no deben ser 
una regla impuesta, sino establecida por la enseñanza 
han de limitarse a indicarnos el mejor medio para que 
el individuo pueda evolucionar en toda la plenitud de su ser ». 

( J. Grave ). A ese mismo criterio responden todas las conclu- 
siones y especialmente la que sirve de base: que el mal sólo 
tiene existencia por lo social. Así, a pesar de que Bakounine lo 
considera un espíritu de lo más falso, es Eousseau quien aparece 
como punto de partida inmediato de esa corriente: el hombre 
es bueno y la sociedad lo ha corrompido, afirmación que vuelven 
a tomar Stinier y Kropotkine especialmente. Suprimiendo las 
injusticias sociales, el hombre se creará un vínculo de intereses 
y su voluntad lo orientará al bien. Para ellos, el mal no tiene 
sentido fuera de nuestra sociedad actual. 

La noción de libertad es una consecuencia del concepto de 
individuo, como ya se ha dicho. La libertad significando fa- 
cultad de hacer dentro de un régimen de legalidad, no tiene sen- 
tido para los que nada poseen. 

« En la proclamación de la libertad en abstracto y en el juego 
de la libre competencia, la burguesía ve la base de su existencia. 
Pero qué base más mezquina ! La libertad nada vale sin la po- 
sesión que permite el goce de las cosas. A quien no posee bienes 
de fortuna y confía en la libertad, se le puede hacer el razona- 
miento siguiente: pero, ¿de qué quieres verte libre? ¿Del pan 
que solamente puedes comer o de tu dura cama ? Pues échalos. 
El concepto de libertad dentro del estado burgués es incapaz de 
satisfacer las legítimas satisfacciones del individuo. La libertad 
de poder tener un número infinito de cosas no basta para que 



KlLOf<'i'lA TíE LAS HLVOLLCIONES SOCIALLS 


éstas nos sean concedidas y podamos disfrutarlas. De la libertad 
no podemos sacar ventaja alguna, porque no tiene contenido 
propio. No sólo se deberá ser libre sino amo ». ( Stirner ). Con 
esto se liquida todo el individualismo del siglo XVIII que sola- 
mente vió la coacción política o religiosa y no pensó que pesaba 
sobre el individuo otra más terrible: la coacción económica. La 
reacción contra esta última fué el primer vínculo entre anarquis- 
tas y socialistas. 

El anarquismo, pues, en síntesis, mira al pensamiento y a la 
actividad espiritual del individuo como valores cuya expansión 
debe mantenerse, por lo cual la soñada revolución anárquica 
tiene más caracteres éticos que la socialista y no presenta el 
aspecto de partido, ni de dogma, que aparece en ésta. 

6. — La otra tendencia que debe estudiarse en el movimiento 
social de nuestro tiempo es la del sindicalismo. Las asociacio- 
nes gremiales de obreros, los sindicatos, fueron siempre agrupa- 
ciones que tendían al mejoramiento de la clase obrera. 

El sindicato puede servir de base a otras orientaciones. 
De hecho, ha servido pai’a realizar la acción terrorista directa, 
como en Barcelona, o para promover la acción proletaria en 
general, como en los sindicatos franceses. 

Teóricamente, se ha presentado el sindicato como elemento 
para realizar otra obra más vasta. Sorel sostiene que el socia- 
lismo, al organizarse como partido político y pretender dominar 
en el estado, debe fatalmente tomar el modo de ser de las clases 
dominantes y se aburguesa. Si en cambio se mantiene sólo al pro- 
letariado como fuerza revolucionaria, si triunfa en la revolución, 
no podrá tener la capacidad necesaria para organizar la sociedad 
y fracasará aún siendo triunfador. La revolución no se piensa 
como un sistema, sino que debe presentarse como un mito. 

Para realizar esto, el socialismo debe mantenerse como fuerza 
activa, revolucionaria, y para ello, al margen del estado debe 
organizarse en sindicatos. Lo fundamental en la S(!ciedad, lo 
mismo que en el organismo, es la producción y para producir se 
deben utilizar medios mecánicos. Las reformas graduadas sólo 
llegarán a modificar el medio mecánico manteniendo el mismo 
régimen de producción. Unicamente organizándose en sindi- 
catos para la acción, puede transformarse un día, violentamente. 



154 


ANTONIO M. GROMPONE 


el régimen de producción. (^) Eso es vivir la revolución y no 
pensarla, con lo cual H^el ha sido desplazado por Bergson. 
Directamente, esta corriente se ha mantenido en el dominio 
práctico. En un caso parece haberse realizado y es en el fascis- 
mo italiano; el estado, apoyándose en agrupaciones que se for- 
maron con carácter revolucionario y sustituyendo a las auto- 
ridades organizadas con el viejo criterio político. Nada más 
lejos del pensmiento inspirador del socialismo. Es que el sindi- 
calismo ha exaltado la idea de organización y esta idea, para 
mantenerse como noción de justicia, sólo puede desarrollarse 
en el dominio del pensamiento. Realizado por hombres, con sus 
apetitos y su mentalidad, la organización necesariamente con- 
duce a la subordinación del individuo y con ello se abre la puerta 
al predominio de los que pueden disponer de autoridad. 

Pero hay algo que alecciona y es que los sistemas arrastran 
principios que, una vez realizados, pueden ir en contra de la 
esperanza que movía a las masas, y la organización pensada 
puede ser realizada con un espíritu y una finalidad totalmente 
contradictoria a las aspiraciones de quienes soñaron con ella. 

Cambiar los espíritus, más bien que cambiar la legalidad, sería 
un programa valioso para los hombres. Mientras eso no se haga, 
la voracidad estará siempre acechando a los incautos. 


( 1 ) Sorel. Kéflexions sur la violeuce. 



Capituló IX 


1. L.OS movimientos revolucionarios. 

2. Ilógica y psicología de las revoluciones. 




1. — Todos esos movimientos sociales, socialismo, anarquis- 
mo, sindicalismo, ya se mantengan en el terreno ideológico o 
se encaucen en la acción, son fenómenos que determinan la 
crisis del pensamiento clásico y caracterizan el fin del mundo 
antiguo, o de la civilización que tenía su base de organización 
social en el criterio de la Edad Media o del Renacimiento. 
Discutirlos solamente como soluciones políticas o económicas 
que pudieran eliminarse una vez demostrada su imposibilidad 
lógica, es quitarles su verdadero sentido. No pueden oponerse 
viejos moldes a esperanzas nuevas, porque aquéllos no responden 
ya a la mentalidad de la época, ni a las necesidades del estado 
social actual, y por lo mismo, las corrientes revolucionarias, que 
pudieron ser ocasionadas en un principio por un grupo de des- 
contentos se convirtieron en un movimiento renovador de ex- 
traordinarias proporciones. 

En todos aquellos países donde los movimientos se hubieran 
generalizado, se habría arrasado con toda la estructura social, 
si el medio se hubiera mantenido inconmovible en su organiza- 
ción frente a esas aspiraciones, como ocurrió en Rusia. 

El socialismo tenía dos elementos que servían de incentivo 
para la lucha: el estado de espíritu de hombres ansiosos de feli- 
cidad y de justicia, por una parte, y, por otra, la necesidad de 
organizar la producción, pues se consideraba que de ella depen- 
dían las relaciones sociales. 

Aunque se consiga satisfacer todas las necesidades materiales, 
no podemos afirmar que los hombres, sólo con eso, alcanzarán 
la felicidad soñada. Entonces, quién sabe en qué nueva espe- 
ranza pondrán la finalidad de la vida. No obstante esto, el se- 
gundo aspecto del problema ha alcanzado un éxito no previsto. 

Fracasada la política a base de libertad individual, de respeto a 



168 


AN TOKIO M. GKOHPOKE 


los derechos agenos, de gobierno considerado sólo como garantía 
de orden, ha surgido el concepto de protección a los individuos 
y así el derecho y la protección a las mujeres y los niños, la asis- 
tencia social, la legislación del trabajo, el derecbo de prf)piedad, 
no pueden estar en contradicción con la utilidad o el interés social. 
El Estado se va, pues, orientando en el sentido de dar mayor 
bienestar a los hombres, en organizador de las actividades so- 
ciales, en vez de ser simple garantía y por eso se limitan los dere- 
chos individuales en beneñcio de la colectividad. Es ésa una co- 
rriente que se puede precisar y determinar en las legislaciones 
de todos los países, aún de los que realizaban el tipo clásico del 
liberalismo. 

Antes, los fenómenos económicos influían en los fenómenos 
sociales, pero los hombres se dejaban manejar por los aconteci- 
mientos. Ahora, se comprende la importancia de los fenómenos 
económicos y éstos ocupan el primer puesto en el pensamiento 
de los gobernantes. Ni antes, ni ahora se modificará el deterrai- 
nismo de los fenómenos naturales, pero jiensar nuestra acción es 
una forma de influir en ella aunque lo que surja no sea una crea- 
ción totalmente conforme con lo pensado. En ese sentido, el 
pensamiento puede considerarse como orientador déla activi- 
dad. Mientras nuestro pensamiento no pone de manifiesto una 
forma de presentar la influencia exterior, ésta aparece y domina 
sin que pueda ser modificada. Pensada, en cambio, se tiene la 
posibilidad de influir, o jior lo menos de intentar influir sobre 
ella, y ya eso significa crear una fuerza frente a lo exterior. 
El resultado podrá no ser exactamente el esperado, pero será, con 
seguridad, distinto a lo que hubiera sido sin el pensamiento. 
He ahí cómo, cuando el espíritu humano había sido hundido, 
empequeñecido, arrojado como cantidad despreciable, vuelve 
a aparecer como influencia. Pero, para ello, debemos considerar, 
no al medio sino al individuo, no a la organización, sino al hom- 
bre que quiere todavía pensar, y ser una individualidad. 

Así, pues, el socialismo, de hecho, contribuyó a transformar 
la organización social sin haber conquistado el poder, ni haber 
realizado totalmente sus aspiraciones. Llevaba en sí dos fuer- 
zas pero una de ellas no tuvo realización Cí.mpleta: el espíritu 
revolucionario, el ansia de justicia, tendía a desaparecer eoiifor- 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


159 


me se iba haciendo legal o aceptable el programa deseado. 
La realización quitó, a lo hecho, el valor y la belleza de la espe- 
ranza. La corriente del río arrastra con sus aguas el limo que 
formará el delta, pero el agua continúa y se separa del sedimen- 
to arrastrado. La fuerza de la esperanza arrastró y dió valor a 
soluciones que debían traer la felicidad a la tierra; pero una vez 
realizadas quedan siempre el dolor y el esfuerzo, y debe soñarse 
en un nuevo ideal. La civilización que se forma se ocupará de 
organizar la producción, pero cuando esa organización pierda 
la fuerza viva y se convierta sólo en una reglamentación que quie- 
ra imponerse y deformar las concepciones individuales, se pro- 
ducirá una nueva crisis, y una nueva mentalidad concebirá otra 
nueva aspiración. 

Ya la corriente revolucionaria fué dejando al margen del 
camino a ret'olucionarios que no confiaban en la realización 
de determinado programa: anarquistas y sindicalistas, en un 
principio, socialistas reformistas destacados del comunismo, 
después. En el mismo comunismo vemos las tendencias oficiales 
triunfando de los grupos comunistas opositores, y manteniendo, 
a pesar de todo, el movimiento revolucionario más important# 
de los tiempos modernos, después de la revolución francesa. 
Eso es, indudablemente, un éxito; pero cuando se leen los in- 
formes sobre organización de la industria, del comercio, de la 
administración, en la Rusia de los Soviets, aparece en todas las 
dificultades una verificación y es que el éxito ha hecho perder 
a la solución la sencillez mesiánica, que hacía esperar la felici- 
dad para todos. 

Los elementos que quedaron al margen de la corriente o que 
marcharon por caminos divergentes, mantienen el fermento 
producido por los descontentos y quizás de ahí surgirá la buena 
nueva futura. Sólo pueden indicarse vagas posibilidades tratán- 
dose del porvenir de la humanidad, pero la experiencia permite 
confiar en que ninguna estabilización pueden tener las solucio- 
nes humanas. (^) 

(1 ) Este libro ee terminó de escribir en enero de 1930. Por diversas circuns- 
tancias se publica recién ahora tal como fué pensado entonces. Quúás se 
crea que se debió renovar la bibliografía; mas nuestro propósito no fué 
nunca dar en este libro la última informa<,‘ión, sino investigar las caxacterís- 
tic-as generales de las revoluciones. Y estas características inducidas de las 



lüO 


ANTONIO M. GROMPONE 


2. — Volvemos, así, a la afirmación hecha anteriormente. 
Todas las concepciones de una sociedad futura pueden ser cri- 
ticadas lógicamente y se pueden desmenuzar en la cátedra, indi- 
cando imposibilidades de aplicación; pero lo que no puede estu- 
diarse lógicamente es que esas concepciones responden a un 
estado afectivo de los hombres y con ^to tienen una fuerza de 
realización que lleva por caminos no sospechados. Aunque no 
se cumpla toda la aspiración, después de cada convulsión la 
humanidad sale con una nueva concepción de la realidad que 
completa los conceptos anteriores. El error está en creer que 
los sustituye. A medida que los conceptos se van haciendo más 
complejos, el viejo espíritu no basta para resolver los nuevos 
problemas que surgen. Y en todos esos casos la crisis no está 
en la mentalidad que se transforma, sino en las organizaciones 

conmociones pasadas se verifican también en los mov imi entos últimos. La 
misma esperanza en la fórmula de justicia se pone de manifiesto en la revo- 
lución rusa, en la república española y en los movimientos chinos o americanos. 
En algunos casos se termina con el fracaso definitivo de la fórmula y en 
otros con el aniquilamiento del espíritu revolucionario absorbido por la preo- 
cupación de un éxito técnico y de organización. Esta última situación, la 
más frecuente, se realiza en el plan quinquenal ruso, en el cual el fin pri- 
mero, la felicidad y el bienestar de los hombres, ha sido sustituido por el fin 
actual: conseguir el máximum de rendimiento industrial de la nación, aunque 
no se obtengan los beneficios individuales esperados. En España, a la üusión 
de la república se sustituye la ilusión por resolver el problema agrario, que 
fué también la esperanza de Rumania, Bulgaria y Checoeslovaquia, como 
íuéun momento de embriaguez americano el confiar enlosgobiernos de hecho. 

Los últimos acontecimientos confirman, pues, nuestra tesis: o la orga- 
nización absorbe lo revolucionario o el triunfo de la revolución hace necesario 
pensar en otra fórmula, que, aún ensayada en otras partes, despierta todavía 
una esperanza. Por eso hemos creído innecesario aumentar los ejemplos de 
este libro con los nuevos sucesos. EUos repiten la lección de todos los tiempos: 
no se contienen fermentos revolucionarios con medidas violentas. Estas 
solo sirve para que, silenciosamente, se prepare con más fervor el elemento de 
destrucción cuyo estallido tendrá luego una intensidad tal, que lo arrasará 
con todo. 

El olvido de estos principios costó la vida al imperio ruso, como ya había 
sido causa de la destrucción de la unidad china: la aplicación tardía de las 
reformas presentadas como salvadoras, ya no satisfacen a los pueblos y la 
avalancha, una vez desatada, no respeta nada. Y, en todos los casos, las ansias 
destructoras se manifiestan con un vigor tanto más implacable, cuanto 
más se han pretendido de contener. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


161 


que se mantienen, cuando la mentalidad de la época ya no las 
sostiene. 

Es por eso que no puede hablarse de organización definitiva. 
El cristianismo cuando se constituyó en Iglesia acatada, no 
satisfizo las esperanzas de todos sus fieles y surgieron dentro 
de él las explosiones místicas, ya metafísicas como enEuys- 
broeck, o activas como las de San Francisco de Asís, y eso mis- 
mo ocurre con toda organización y con toda autoridad. 

Por otra parte, si la humanidad adquiere formas nuevas de 
pensar no es posible que al buscar soluciones, retorne a las an- 
tiguas. El nuevo espíritu no siente esas soluciones, que carecen 
de sentido y no despiertan ni interés, ni confianza: la originalidad 
del espíritu se destruye con ese retorno. 

En el siglo XIX Bonald y de Maistre parecen espíritus medio- 
cres porque quisieron representar una reacción. Y, sin embargo, 
había en ellos un gran espíritu lógico y un gran buen sentido, 
como tuvieron también necesidad de un gran carácter y de un 
fuerte espíritu de independencia para oponerse a la corriente: 
sin embargo, su acción para el progreso fué destruida simple- 
mente porque representaban la reacción. Miraron el pasado y no 
comprendieron el porvenir, y siendo mentalidades superiores, 
nos parecen hombres de pobreza espiritual y moral. 

Los contrastes marcan claramente cómo el espíritu de la hu- 
manidad va haciéndose más complejo y, quizás más perfecto. 
Condorcet, con un ingenuo optimismo que más parece apolo- 
gía forzada que entusiasmo sentido, afirma la continuidad del 
progreso del espíritu humano hacia la libertad y la felicidad. La 
libertad es un término vago y la felicidad un criterio relativo, 
pues depende de nuestros deseos y de nuestra ambición. Lo 
indiscutible es que el hombre, como conjunto, ami)hfica cada 
vez más su conocimiento, aunque no realice el ideal de Condor- 
cet. Individuos aislados podían concebir un sistema como el 
socialismo, y ya, hace siglos, en Aristóteles, pueden encontrarse 
los gérmenes de la economía política de nuestros tiempos. Las 
ideas de Marx pueden tener su origen en Eicardo, Eodbertus, 
Hegel o en cualquier otro, poco importa; lo interesante es que 
hace un siglo la masa no entendía el problema y, de pronto, 
siente que algo nuevo ha aparecido y que ya no puede confiar 



162 


ANTONIO lí. GROMPONE 


en los viejos sistemas. ¿ Lo nuevo contribuye o no a la felicidad ? 
I Es un bien o un mal ? No son problemas que puedan resolverse, 
desde que bien y mal tienen sólo sentido para nuestros intere- 
ses y, en abstracto, no representan nada. Pero, por lo menos, 
aunque fracasen como soluciones de felicidad y de justicia, será 
menos torpe, menos brutal la desigualdad. 

Para llegar a este resultado, fueron necesarios todos los en- 
tusiasmos y la ciega esperanza en un mejoramiento. De ahí 
la ventaja del movimiento revolucionario de nuestros tiempos. 
Adheridas al espíritu de renovación, al ansia de justicia, iban 
ideas que hubieran podido sostenerse con independencia del 
ambiente revolucionario, pero que sólo en él adquirían la po- 
tencia necesaria para imponerse. Vimos ya cómo el materialis- 
mo histórico pudo presentarse sin relación alguna con el socia- 
lismo y aún en oposición con él; pero el espíritu revolucionario, 
en crecimiento constante, lo hizo triunfar. 

La finalidad perseguida no se obtuvo tal como fué soñada, 
pero lo importante es que la humanidad amplió su conocimien- 
to. El espíritu de los pueblos se ensanchó para comprender 
en forma más completa los fenómenos sociales, y lo que era 
sólo del dominio de individuos aislados, pasó, así, al dominio 
colectivo: son ya valores adquiridos. 

Una experiencia y una esperanza se van imponiendo. La hu- 
manidad ha confiado en las soluciones definitivas del pensa- 
miento o ha despreciado la actividad del espíritu cuando han 
fracasado las concepciones ideológicas en la realización. Es 
que el valor de las mismas no estaba en que construyeran de 
una sola pieza el porvenir y debiera salir toda la vida futura 
de conformidad con ellas: su valor consistió, especialmente, 
en que indicaban la faUa de lo existente y daban un motivo 
a la renovación. En ese sentido, pues, todos los sistemas deter- 
minan el modo cómo los hombres esperan y viven, y conside- 
rados desde el punto de vista colectivo ellos no tienen nunca 
un valor absoluto sino un valor de complemento o de crítica 
a lo existente; en ellos sólo hay una verdad parcial, que la vida 
misma utilizará para ir preparando a tropiezos y con fracasos 
un porvenir distinto a la humanidad. 



FILOSOFIA DE LAS REVOLUCIONES SOCIALES 


163 


Hay, pues, una ilusión en todos los hombres que esperan 
una transformación, cuando creen que toda la verdad está 
en el sistema, cualquiera que él sea. Este sólo, una vez implan- 
tado, exige la reacción opuesta, como la tendencia renovadora 
solamente tiene sentido porque en la realidad está triunfante 
lo contrario. La libertad se opone a las dictaduras, la organi- 
zación económica a la despreocupación por este problema, 
la pedagogía de la experiencia y de la acción, al criterio del 
pensamiento como soberano. El extraordinario valor de las 
reacciones; he ahí la esencia de la vida social cuando parece orien- 
tada por el pensamiento. 




ÍNDICE 




Indice 


Introducción 

Págf. 

1. — Las revoluciones sociales. 2. — Organización y 
concepciones individuales. 3. — La mentalidad social. 

4. — El reinado de la justicia 5 

Capitulo I 

1. — Tendencias revolucionarias. 2. — El socialismo. 

3. — Convulsiones sociales y religiosas. 4. — Cristianismo. 

5. — Budismo. 6. — Las revoluciones egipcias. 7. — El 

carácter de las revoluciones religiosas 21 

Capitulo II 

1. — Eevoluciones políticas. 2. — La mentalidad re- 
volucionaria. 3. — Características de las revoluciones so- 
ciales 47 

Capitulo III 

1. — El estudio del socialismo. 2. — Definición. 3. — 

Los problemas. 4. — Los sistemas y la mentalidad so- 
cial. 5. — La esperanza en la justicia. 6. — El socialismo 
y nuestra época 61 

Capitulo IV 

1. — Psicología y socialismo. 2. — La forma de pro- 
paganda. 3. — Socialismo y religión. 4. — Las exalta- 
ciones populares *^6 




SECCION III 

OBRAS PUBLICADAS 

El Divorcio por Voluntad de la Mujer 
Su Eegimen Procesal 

Eduardo J. Gouture 

Los Tratados de Montevideo de 1889 

Carlos Alberto Aloorta 

Los Peculios en Nuestro Derecho Positivo 

Francisco del Campo (hijo)